Robinson Crusoe

Robinson Crusoe es una isla chilena que no sólo genera la ambición de quedarse allí para siempre sino la de pergeñar una y otra vez una lectura de la humanidad: el hombre es un lobo para el hombre, salvo que esté solo o que venga un hombre, incluso una mujer llamada "viernes", para compartir el resto de la semana.

Luis Pancorbo

Vamos a soñar islas con tesoros y más ahora que acaba el año y nos deja como estábamos, vivos, perplejos y ricos en horizontes. Pero vamos a soñar con precauciones, que el mundo no es como cuando un hombre llamado Man Friday vio su propia valla de Melilla en la espalda de un blanco despistado llamado Crusoe y le saltó encima y se quedó a vivir con él para siempre. Todos queremos un paraíso, aunque sus formas y presupuestos varíen mucho. Pues bien, un paraíso que llena es viajar, ir a respirar a un sitio diferente.

"Nada habrá tenido lugar sino el lugar", decía Mallarmé. Todo sigue ocurriendo en Robinson Crusoe, isla chilena menos conocida como Juan Fernández y Más Afuera. Es una isla que no sólo genera la ambición de quedarse allí para siempre (o sea, esperando un navío salvador al cabo de cierto tiempo para contarlo) sino la de pergeñar una y otra vez una lectura de la humanidad: el hombre es un lobo para el hombre, salvo que esté solo o que venga un hombre, incluso una mujer llamada Viernes, con quien se comparta el resto de la semana.

Y es que ahora que acaba el año con su cortejo de huracanes y terremotos, avalanchas migratorias, guerras irresueltas, hambres de siempre frente a dietas de adelgazamiento, sed y burbujas de cava, sigue siendo válido el paradigma de Robinson Crusoe. El hombre sólo limita con su sueño. Todo el mundo soñó alguna vez con alejarse a un sitio donde no poder contar con la sociedad, un sitio que se preste para ser inventivo e industrioso, como sólo un náufrago puede serlo. Crusoe no se deja llevar por la depresión, pone sus ganas vitales en sobrevivir salvando así de paso la naturaleza humana. En ese cuadro lo de menos es el paisaje.

Ahora dicen unos listos que han encontrado un tesoro en la isla chilena y con un ingenio llamado Arturito, un robot trazador de rutas. En la Bahía Villagra de Juan Fernández es donde se habría dado con ese tesoro, nada menos que el del buque Nuestra Señora del Monte Carmelo, 600 barriles de oro y joyas sueltas como anillos papales y estatuas de Moctezuma por un valor de 10.000 millones de dólares. Lo único realmente cierto es que en el año 1741 el pirata inglés Anson abordó ese navío español mandado por el capitán traidor José Esteban Ubilla y Echeverría. Si éste enterró en aquella isla una parte importante de ese tesoro, no se va a poder ver sino en otra película.

Robinson Crusoe, a unos 800 kilómetros del continente, se presta como pocas islas a lo que uno quiera ponerle. Cierto que en 1704 el escocés Alejandro Selkirk fue abandonado allí a su suerte en compañía de un fusil, una Biblia y un poco de tabaco. No se quedó quieto ni meditabundo en esa isla llena de riscos, nieblas y maleza, y hasta se hizo un gorro tipo cucurucho de mago y unas sandalias de piel. Se asilvestró él mismo, pero le rescataron en 1708 y a lo mejor eso fue lo que le hundió. Daniel Defoe, que era un escritor con buena oreja, oyó su relato en una taberna y de ahí construyó su Robinson Crusoe. Esa es la historia más usual.

Pero es que las palmeras y aguas tibias que pinta Defoe eran más bien del Orinoco. En la isla chilena el agua está tan fresca como los ojos de los lobos marinos. He nadado con ellos, sin llamarlos Calcetines, y he conocido al alcalde isleño, Leopoldo González Charpentier, que se deja llamar Polo, hombre consciente y soñador, de ojos claros por su ascendencia bretona. Para Polo, el tesoro de la isla no es el cuento dorado de Moctezuma sino la langosta local. No habría que esquilmarla. Pero en el fondo el mayor tesoro de Robinson Crusoe es seguir siendo una meta fabulosa, lo cual no está reñido con el rigor. Tim Severin, escritor inglés que ha ido en pos de Ulises como de Genghis Khan, de Jasón o de San Brandán, puso rumbo a Robinson Crusoe tras visitar la biblioteca de Defoe. Eso le dio la pista de Salt Tortuga, una isla en la desembocadura del Orinoco venezolano donde un náufrago inglés, el "esclavo blanco" Henry Pitman, había sobrevivido sin contacto alguno con el exterior. Tal parece que fue la genuina inspiración del libro de Defoe. No por eso Severin desconoce la historia de Selkirk, o lo de la Serrana y Serranilla, las islas colombianas donde se quedó varado Pedro Serrano, el verdadero precursor español de los robinsones varios. Si bien, ¿qué fue Adán durante un tiempo?