'Road trip' por España (II). Un coche, una ruta. Hoy, Picos de Europa

Seguimos con nuestra serie de escapadas al volante por nuestra geografía. En esta ocasión, a bordo de un Cupra Ateca por el paraíso en la Tierra al norte de España

Luis Meyer
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Foto: vvvita / ISTOCK

El destino

Picos de Europa es, hoy, uno de los espacios naturales protegidos más visitados de nuestro continente. Aunque ha cumplido un siglo como Parque Nacional, este macizo montañoso se formó hace 65 millones de años casi mojando sus pies en el mar Cantábrico, cuando a unas cuantas placas tectónicas les dio por chocar violentamente (caprichos de nuestro planeta). 

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Junto con la acción de los glaciares, esculpieron las formas irrepetibles de sus cumbres, sus valles y sus vaguadas. Picos de Europa se extiende a lo largo de casi 70.000 hectáreas, y muerde los extremos de tres comunidades autónomas: Cantabria, Castilla y León y Principado de Asturias.

La "montura"

Si alguien te dice que un coche tiene más de 300 CV, un chasis adaptable para una conducción deportiva, y que es capaz de acelerar de 0 a 100 kilómetros hora en menos de 6 segundos... Posiblemente pienses en algún bólido a ras de suelo. Nada más lejos de la realidad: el Cupra Ateca tiene todo esto, sí, pero con un envoltorio SUV. De manera que puedes disfrutar al volante de una conducción extremadamente deportiva, y al mismo tiempo, en los viajes largos, de la comodidad y la amplitud de este tipo de coches. 

¡Arrancamos!

Antes de nada, una confesión: mientras me acerco a la majestuosa cordillera de cumbres que arañan los tres mil metros de altura, no puedo evitar sentirme como el personaje de una de las novelas de J.R.R. Tolkien: la serpenteante carretera sigue el meandro tortuoso del río Cares, y ante mí, jirones de nubes acarician la falda de las montañas, como suaves gasas translúcidas. Tengo la sensación de que, en cualquier momento, va a saltar un elfo (o mejor un trasgu, ya que estamos en Asturias) de la vegetación que rodea la carretera, para entrar por la ventanilla del coche a contarme leyendas ancestrales. 

Miro a lo lejos, donde debería asomar el Naranjo de Bulnes. Cuentan por aquí que es "tímido", y que lo normal es que esté cubierto de nubes, como ahora. Mi intención era conocer su cumbre, con paredes verticales de más de 500 metros, uno de los destinos más codiciados por escaladores de todo el mundo, pero el mal tiempo me obliga a cambiar los planes. 

Me dirijo al pueblo de Liébana, al sur de Picos de Europa. Después de conducir un par de horas entre valles de tilos, encinas y robles, donde algunos árboles se aferran a las rocas con raíces que parecen manos de gigantes, me bajo del Cupra Ateca para caminar un poco por la zona, y enseguida entablo conversación con un escalador. Me cuenta que muchas de las vías de esta zona, plagadas de argollas atornilladas para poder pasar las cuerdas de escalada, fueron creadas a principios del siglo pasado. Ojo al dato: aquellos escaladores lo hacían a sin apoyo ni protección alguna, descalzos y con cuerdas de cáñamo.

chekyfoto / ISTOCK

Vuelvo a acomodarme en el asiento del Cupra Ateca y meto en el navegador el que será mi próximo destino, Fuente Dé. Me espera una hora y media de carreteras serpenteantes, y la verdad es que no tengo queja alguna, al contrario: este coche, a pesar de su aspecto, lleva un deportivo en su interior, se agarra al asfalto como si fuera mucho más bajo y pequeño, y llevarlo a buen ritmo es una experiencia segura y, sobre todo, muy disfrutona. 

Un par de experiencias vertiginosas

Por fin llego a Fuente Dé: una pequeña aldea de donde parte un teleférico que se eleva por un desnivel de 753 metros (casi un kilómetro, para entendernos) y en apenas cinco minutos estoy a 1.823 metros. Desde allí, la vista de Picos de Europa es algo que no se puede describir: ojo a quienes tengan tendencia al síndrome de Stendhal. 

Después de volver a descender, me pongo al volante y conduzco hasta Potes, una villa colocada justo donde interseccionan cuatro valles y se dan la mano los ríos Quiviesa y Deva. El clima de Potes es sorprendente, precisamente por su peculiar ubicación: de pronto, uno tiene la sensación de estar cerca del Mediterráneo.

Vilches / ISTOCK

Introduzco mi siguiente parada en el navegador: Caín, a otra hora y media de carreteras serpenteantes, paisajes exuberantes  y conducción disfrutona. Por allí pasa la Ruta del Cares, una delicia para los amantes del senderismo: recorre un camino excavado en la roca, por una garganta impresionante. 

Y de ahí, a Bulnes. Aquí dejo el coche aparcado, porque es el único pueblo de Europa al que solo se puede acceder en funicular, por un túnel de más de dos kilómetros. Aunque va mucho más lento que el Cupra Ateca, diré que la experiencia es tanto o más trepidante: especialmente, si tienes vértigo. 

Hay dos motivos por los que hay que visitar este pueblo si vas a Picos de Europa: su indudable belleza, y la fabada que sirven en Casa Guillermina. 

Lagui / ISTOCK

Y añadiré una tercera razón: desde aquí hay una vista insuperable del Naranjo de Bulnes. Atardece, y efectivamente, la roca se tiñe de naranja. La mejor postal para grabar en mi retina, y la mejor manera de culminar mi ruta por Picos de Europa.