'Road trip' por España: un coche, una ruta. Hoy: Vejer de la Frontera

En tiempo de pandemia, el coche se ha vuelto un protagonista irrebatible de nuestros viajes. Por eso empezamos hoy una serie de 'road trips' en los que te proponemos, con un vehículo diferente cada vez, escapadas al volante por nuestra geografía. Comenzamos con Vejer de la Frontera y alrededores... que sí, también se pueden disfrutar en otoño

Luis Meyer
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El destino

Nuestro destino en este ‘road trip’ es Vejer de la Frontera y sus alrededores. Sí, sabemos que este nombre enseguida evoca el verano, pero, aunque su proximidad a la playa es indudable, no debemos olvidar que se sitúa sobre un monte a 200 metros de altura, y se llega por una carretera serpenteante y estrecha entre laderas exuberantes que nos hacen sentir la montaña en todo es esplendor. 

Tomás Guardia Bencomo / ISTOCK


La “montura”

En cada ruta escogemos un coche diferente, de una marca diferente. Desde modelos grandes hasta deportivos biplaza, todo cabe. Para empezar, hemos elegido el Citroën C5 Aircross, que entra dentro del denominado segmento SUV, esto es: un coche con aspecto aventurero y carrocería elevada, y ciertas cualidades todoterreno.

AGNIESZKA-DOROSZEWICZ

Pero, al mismo tiempo, es una berlina de gran tamaño porque, una vez en marcha, no hay ni rastro de la rudeza que se le presupone a los vehículos de campo. Todo lo hace con suavidad, del exterior apenas llega un murmullo, y me veo rodeado de tecnología a la última que me hace sentir seguro (como un sistema que me avisa si me salgo de mi carril involuntariamente), cómodo (asientos que se regulan con solo darle a un botón) y certero: su eficaz sistema de navegación, en una enorme pantalla en mitad del salpicadero, ha sido en parte el responsable de que no me haya perdido ni una sola vez en esta escapada.

¡Arrancamos!

Disfrutar de la costa atlántica durante el otoño no solo es posible, sino que además puede volverse una experiencia inolvidable. No exageramos: en la zona suroeste de nuestro país el clima se mantiene relativamente cálido, y los pueblitos blancos siguen ahí, ribeteando los campos y montañas que quedan a los lados de la carretera. Hablamos, claro, de la provincia de Cádiz. 

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Desde la carretera nacional, circulo por la calle de la Cuesta de la Barca que me lleva por la ladera del cerro hasta la Plaza de España (también se conoce, extraoficialmente, como la Plaza de los Pescaítos por los peces que habitan su fuente central). Una vez allí, lo ideal es dejar el coche aparcado y pasear sus calles estrechas y sentarse en alguna de sus múltiples terrazas bajo las palmeras, a una tapa andaluza y, por qué no, algún pescaíto frito de la zona, que por algo llaman así a esa plaza.

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Y después, “el postre”, que en este caso no se come, se admira: me vuelvo a subir al coche, tomo la calle Santiago y la recorro hasta uno de los puntos más elevados de la colina, desde donde se ve todo Vejer, allí abajo, que sigue con su rutina pausada, ajeno a su belleza

Un viaje en el tiempo

La muralla que rodea Vejer es un polígono irregular de seis lados, donde el primer flanco corresponde al norte, el segundo al oeste, el tercero al sur y el cuarto, el quinto y el sexto al este. A su centro recoleto se accede por cuatro puertas: La Segur, Arco de Sancho IV, Arco de la Villa y Arco de la Puerta Cerrada. En el interior aprecio una arquitectura en la que confluyen diversos estilos por los múltiples capítulos históricos que han ido dejando huella en el pueblo: árabe, romana y medieval.  Todo mantiene su esencia con desconcertante naturalidad, como si no hubieran pasado diez siglos. 

Tomás Guardia Bencomo / ISTOCK

Pero volvamos al hecho de que estamos en otoño: Vejer de la Frontera aglutina todos los tópicos (en el buen sentido) de los bellos pueblos blancos de la región. Está a solo 50 kilómetros de Cádiz pero uno tiene la sensación de estar en una dimensión muy lejana del clásico estrés urbano. La temperatura suele estar cerca de los 20 grados, y no es habitual que baje de los 15. 

Martín Burguillo / ISTOCK

En estas condiciones climatológicas, pasear por las cercanas playas de arena casi tan blanca y fina como la sal, e incluso mojarte los pies (y, por qué no, darte un chapuzón espontáneo) no solo no es descabellado, sino altamente recomendable. Y aquí llegamos a lo que decíamos al principio de “experiencia única”: todo esto, sin masificación de turistas. Puede que incluso tengas la suerte de encontrarte alguna playa vacía. Por cierto, Vejer y las playas circundantes están orientadas hacia el oeste: eso garantiza unas puestas de sol espectaculares, otro motivo para venir en otoño. 

Echarle arte

Las virtudes paisajísticas y urbanísticas no son el único reclamo de este lugar. Después de pernoctar en Vejer (y comprobar que de noche, iluminado, es más bello si cabe) tomo la carretera en dirección Algeciras, y a unos 10 minutos, concretamente en el kilómetro 42, el desvió de la Dehesa de Montenmedio me lleva por un breve camino terroso (por suerte, el Citroën C5 Aircross tiene altura y tracción sobradas para que uno no tenga que ser campeón del París Dakar cuando sale del asfalto) me lleva hasta un pinar que oculta algo tan especial como inesperado: la Fundación NMAC es en realidad un museo de arte moderno al aire libre. No exageramos: allí exponen algunos artistas que también lo hacen en el MoMA de Nueva York, como el escultor James Turrell, de California, o la multidisciplinar Marina Abramovic, de Serbia. 

Cristina Ramírez

Merece la pena acercarse a los barracones de un antiguo asentamiento militar que acogen exposiciones itinerantes (la única parte “cubierta” de este museo), cuya sala de recepción ya es de por sí una obra de arte: sus paredes están decoradas por el pintor chino Yong Ping. 

Lo mejor, para el final

Mientras el sol comienza a inclinarse hacia el horizonte, me subo al Citroën C5 Aircross y enfilo la A-2230. Y me doy cuenta de que este viaje -por algo se llama ‘road trip’- también se disfruta al volante. Recorro la carretera que bordea las playas de El Palmar, otrora repletas de chiringuitos y bullicio. Hoy, se ve todo mucho más tranquilo, casi en silencio, mientras las escasas nubes, como jirones de algodón, empiezan a teñirse de rojo. 

JaviJ / ISTOCK

La pandemia ya dejó en verano esta zona a medio gas. Pero el otoño ha terminado de devolverla a su estado más salvaje. No veo mejor manera de culminar esta escapada.