Rigodón de embajada por Jesús Torbado

Los testimonios de los españoles varados en Libia demuestran la incompetencia de nuestras embajadas y consulados.

JesúsTorbado
Es comprensible que muy pocos viajeros solitarios tengan memoria grata, afección verdadera e incluso respeto reglamentario hacia las embajadas y consulados españoles en el extranjero. Yo dejé de hacerlo hace 40 años, mucho antes de que Trinidad Jiménez y el embajador García Cerezo exhibieran su ofensiva incompetencia alrededor de los estruendosos sucesos de Libia.Resumiré aquella personal desventura. Sentado en plena noche en uno de los ghats de Benarés (hoy Varanasi), entre hippies bien fumados y mal alimentados que contemplaban, como yo mismo, el chisporroteo de los cadáveres piadosos, descubrí medio tirado contra la pared de un templo a un chaval envuelto en una costrosa túnica blanca, lloriqueante, que parecía agonizar. Me acerqué y descubrí que era español, que se llamaba Plácido y que procedía del mismo barrio en el que yo vivía entonces: Moratalaz, en Madrid. Padecía una forma de hepatitis bastante cruel. Decidí echarle una mano. Lo llevé conmigo a Nueva Delhi y desde la estación, con la ingenuidad de mis 27 inexpertos años, a la puerta de nuestra embajada. Me recibió un consejero, hombre joven, apuesto, bien vestido, simpático. Era barcelonés y me habló de que se dedicaba a enviar valiosas sedas a su ciudad por valija diplomática, con lo que se estaba enriqueciendo deprisa. Pero allí no había dinero para repatriar a Plácido y tampoco para encomendarlo a un médico. Lo sentimos, chaval. Con las mismas, y no sé bien por qué, me fui a la embajada francesa. Allí entregaron a Plácido un pasaje aéreo hasta Madrid, vía París, bajo la promesa de que devolvería su coste cuando le fuera posible. Supe luego que Plácido recuperó la salud y devolvió el dinero; me invitó en Moratalaz a un par de cervezas.Los muchos testimonios recogidos entre los españoles varados en Libia, unos 300 al parecer, viajeros pocos, es verdad, más expatriados de todo género, demuestran que las cosas no sólo no han cambiado sino que han empeorado. Recopilando las declaraciones y doctrinas de la ministra Jiménez, cordial amiga de Felipe González y de Zapatero, se diría que esta señora, como demuestra a diario, sabe poco más que airear su melena rubia y enseñar la pulcritud de sus dientes. Que no salgan de casa, que se mantengan informados, mandaremos un avión, etc. El heroico embajador no aparecía por ningún sitio, sus teléfonos no respondían, en Madrid se ignoraba todo, se reunían supuestamente funcionarios del ministerio y otros mandones en gabinetes de crisis, pero cinco días después de abierto el conflicto, los aviones se extraviaban o se desvanecían... Todos bailaban el viejo rigodón diplomático.Unos cuantos afortunados que actuaron por su cuenta y por sus medios lograron meterse en un avión portugués que gentilmente los trajo a Europa; otros muchos aprovecharon la habilidad y el esfuerzo de la empresa Repsol, cuya aeronave también consiguió aterrizar sin problemas en Libia mientras las de nuestro ministerio se estancaban en cualquier oficina burocrática madrileña. La rueda de errores, torpezas e incompetencias fue tan notoria y abundante que ni siquiera la prensa domesticada y pagada que soportamos -por no mencionar a la oficial, tipo tve- consiguió borrar por completo tanto despropósito.Y el desamparo y una desesperación que afortunadamente no provocó golpes irreparables pasaron enseguida al olvido. Aunque quizá los viajeros prevenidos dejen de llevar entre sus notas las direcciones de las empajadas de España en los países por los que vagabundean y sí, subrayado, el nombre de Luis Francisco García Cerezo para, como mínimo, evitar su contacto cuando sea imprescindible llamar a la puerta de una embajada.Pero tampoco tengo yo confianza alguna en que estos comportamientos diplomáticos desaparezcan. En mayo de 1997, 14 años hace, en esta misma página de esta misma revista publiqué una columna titulada Viajeros indefensos y olvidados, acerca de un Curro que durante dos semanas sufrió en la Cuba estalinista atropellos y extorsiones de todo género. Decía entonces: "Es casi una tradición que embajadores, cónsules, secretarios y demás funcionarios de Exteriores se desentiendan con cierta altanería de los problemas, grandes o pequeños, que a los españoles en viaje por el extranjero puedan ocurrirles, si no son los llamados VIP". Lo de Libia demuestra que la tradición sigue.