Riesgos y placeres de viajar con uno mismo, por Carlos Carnicero

Hay riesgos que se esquivan peor estando solo, pero también he conocido mucha gente interesante.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Viajar solo es forzar la intensidad de la experiencia. Es un aprendizaje, la capacidad de observarse en el espejo y aceptarse como compañero exclusivo, cuando así se decide, en la vida y en los viajes. Estar solo por decisión propia es poder elegir compañía en cada momento. No se trata de rehuir el compromiso, en la línea que tan brillantemente describe Zygmunt Bauman en sus ensayos sobre las relaciones líquidas. Se trata de defender la capacidad y el placer de estar solo y decidir cuando estar acompañado.

He tenido muchas oportunidades de viajar solo. Mi oficio permite que los viajes de trabajo también sean una introspección por los destinos; el periodismo imprime carácter permanente. Y he tenido muchas experiencias gratificantes y algunas peligrosas. Conozco bien Caracas, que pasa por ser una de las ciudades más peligrosas del mundo. He recorrido sus calles tomando precauciones elementales que se adaptan a las condiciones de cada lugar. Deambular por el casco histórico exige un cierto disfraz, para camuflarse en el paisaje y tratar de pasar inadvertido. Una bien avanzada madrugada, salía del Palacio de Miraflores, residencia del presidente de la República, después de una larga conversación con Hugo Chávez en noche electoral. Fuera, en la calle, había fiesta. No había forma de tomar un taxi con aspecto de confiable. Y finalmente opté por arriesgarme con uno que no era en absoluto recomendable.

El trayecto era largo, hasta mi hotel en el barrio de Las Mercedes. Al poco descubrí, inquieto, que el recorrido no era el acordado. El chófer, corpulento, silencioso e inaccesible, conducía indiferente, con cara de pocos amigos. Llegados a este punto, le indiqué: "Perdone, y no se me vaya usted a poner bravo, pero me temo que usted y yo nos vamos a llevar un disgusto esta noche. Usted me quiere asaltar y se enfurecerá cuando compruebe que apenas llevo dinero. Y yo habré puesto en peligro mi vida".

El chófer se volvió, simulando indignación. Y yo me adelanté a su respuesta: "Mire, le ofrezco un trato, un acuerdo, que puede ser beneficioso para ambos. Usted me lleva directamente al hotel. Le pago el precio de la carrera y usted me espera a que suba a mi habitación para coger dinero y le doy una sustanciosa propina. ¿Le parece?". El taxista asaltante se tomó un momento para responder. Y sencillamente dijo: "De acuerdo". Y así fue. Llegamos al hotel, fingí que subía a por un dinero que llevaba encima, regresé y le di 25 dólares de propina. Un precio razonable por conservar la vida o aliviarme de unas golpizas.

He conocido mucha gente interesante viajando solo. Algunos han sido compañía efímera, agradable y enriquecedora. Otros han pasado a engrosar el archivo de amigos nuevos que han terminado por convertirse en amigos viejos.

En la esquina más inesperada hay una mujer o un hombre que tienen secretos que podemos compartir. Se aprende mucho más en estas conversaciones improvisadas que en los libros de historia o en las guías de turismo.

Dice un amigo mío, seductor por naturaleza, que las mejores amistades o conquistas se producen visitando solos acuarios y museos. Dice mucho de una persona su lenguaje corporal ante una obra maestra. Y también ante la evolución de los tiburones en cautiverio. Ese lenguaje, el corporal, es una herramienta imprescindible para un viaje en soledad. A lo mejor es necesaria una preparación ante el espejo para determinar cómo nos llegan a observar los demás. La pregunta inicial es crucial para el resultado de un nuevo conocimiento. Funciona muy bien la sencillez y ser directo. Ser periodista justifica bien la curiosidad para que no sea entendida como atrevimiento o injerencia.

Sigo soñando con un largo y tranquilo viaje a todas y ninguna parte, con el estado de ánimo de acumular experiencias humanas. Cazar sentimientos ajenos es el mejor safari en donde uno puede gastar tiempo y dinero. Claro que hay riesgos que se esquivan peor estando solo. Pero, ¿no hay bastantes peligros en la vida cotidiana como para no temer en exceso los que pueda proveer un viaje largo, tranquilo, solitario y sosegado, sin otro equipaje que uno mismo?