Richard Ford, un Gran Viajero

El hispanófilo inglés estableció su residencia en Sevilla y Granada. Entre 1830 y 1833 el escritor más entusiasta de la "spanish adventure" viajó por todo el mapa, desde Andalucía hasta Galicia.

Meritxell Álvarez Mongay

Lord andaluz

El 29 de octubre de 1830 un barco procedente de Plymouth recala en Gibraltar. A bordo viajan un hombre de mediana edad, una dama enfermiza, tres criadas y tres niños; la gran cantidad de equipaje indica que vienen para quedarse. Es la familia de Richard Ford (1796-1858), primogénito de un tory del Parlamento inglés que, aunque estudió para abogado, nunca tuvo necesidad de ejercer. En 1824 se casa con Harriet Capel, hija del conde de Essex. Ahora está algo delicada de salud, y los médicos le han recetado buscar un clima cálido en el Sur. Así que se instalan en Sevilla -"una de las ciudades españolas más agradables para una larga estancia"-; en el barrio pronto les conocen, a ella, como doña Enriqueta; a él, como don Ricardo. El gentleman cambia la moda inglesa por el traje de majo, pero no abandona la costumbre de leer el Times -aunque llegue con muchas fechas de retraso- ni de cenar a las seis o''clock.

Las horas de calma chicha las aprovecha para estudiar español; aprende a torear de salón y hace sus pinitos como cantaor. Ávido de conocimiento, recorre la Península de abajo arriba, dibujando paisajes y tomando notas de sus pintorescas vivencias, ya sea en diligencia o sobre su jaca cordobesa. Toda una spanish adventure a la que pone fin cuando la situación política se complica y brota una epidemia de cólera en Andalucía. Después de tres años el viajero romántico regresa a Londres con las maletas llenas de souvenirs -velázquez y zurbaranes, azulejos de La Alhambra, libros...- y mucho que contar sobre "este curioso país, que oscila entre Europa y África, entre la civilización y la barbarie".

En 1845, quince años después de su viaje a España, Richard Ford publica A Handbook for Travellers in Spain and readers at home, una de las guías más difundidas entre los viajeros de habla inglesa que visitaban el país entonces: 1.064 páginas en total para conocer la exótica "tierra del moro" en profundidad, señalando los sitios que merecía la pena visitar, entre ellos La Alhambra. Aquí se aloja dos veranos el escritor, como hizo antes su amigo Washington Irving y siguiendo su recomendación. El texto a continuación pertenece al capítulo dedicado a Granada de su Manualpara viajeros por España y lectores en casa (Turner, 2008).

Quien no ha visto Graná no ha visto ná

Y ciertamente, el arte y la naturaleza se han juntado para convertir a Granada, con sus alpes, llanuras y Alhambra, en uno de esos pocos lugares que hacen realidad todo lo que uno se ha imaginado antes de positivo. Granada está construida sobre la ladera de las montañas que se levantan al nordeste hasta su más grande altura. Como Broussa, en Asia Menor, tiene su Olimpo, su valle y su palacio fortaleza. La ciudad domina la vega y está a unos 2.445 pies sobre el nivel del mar: esta altitud, junto al telón de fondo nevado, la convierte en una residencia de verano de lo más delicioso. La vega abastece de toda la producción imaginable de vegetales, y es "un lugar -dicen los árabes- superior en extensión y fertilidad a Ghauttah o el valle de Damasco". Comparaban las casas blancas y las granjas que relucen entre el eterno verdor a "perlas orientales engarzadas en una copa de esmeraldas". Estas moradas son llamadas Cármenes, de Karm, que significa viñedo.

Granada está sobre y en la falda de colinas: la parte a la derecha que cuelga sobre el Genil se llama Antequeruela, o sea, "la pequeña Antequera", adonde los naturales de esta ciudad huyeron después de la conquista, en 1410. La Alhambra está construida sobre una altura dominante que cuelga sobre el Darro, el cual separa a Antequeruela de Albaicín, Rabadhu-l-bayusub, o sea, "el suburbio de los de Baeza", a quienes fue asignado en 1227, cuando la conquista de esa ciudad por los cristianos: del término Rabad se deriva la palabra moderna arrabal, que es lo mismo que suburbio. Este distrito está rodeado de sus propias murallas y una larga pared, la Cerca del Obispo, llamada así por haber sido construida por el obispo don Gonzalo, que se extiende hasta San Miguel el Alto. La mejor parte de la ciudad está en la base, y nadie, excepto los pobres, vive en la parte alta. Los granadinos desprecian La Alhambra, dicen que es una casa de ratones, y desde luego es en lo que la han convertido.

La sociedad granadina es monótona. A los que llegan de Sevilla, los granadinos no les parecen ni bien vestidos, ni alegres, ni inteligentes. Hay menos majos y las mujeres son inferiores tanto en su modo de andar como de hablar; les falta el verdadero meneo y gracia, aunque se asegura allí que las granadinas son muy finas. Además, las casas son más pequeñas y menos orientales, porque Granada fue construida por refugiados empobrecidos y derrotados, no como Sevilla, por el moro en su momento de triunfo (...).

Granada vive estancada ahora en la más iletrada ignorancia: no tiene ni bibliotecas, letras, artes, ni armas. Como Córdoba, de ser una Atenas bajo los moros se ha convertido en una Beocia bajo los españoles de hoy en día; porque, en mejores tiempos, fue cuna de Fray Luis de Granada; de Lope de Rueda, el precursor de Lope de Vega y de los dramaturgos; de los historiadores Luis de Mármol y Hurtado Mendoza; de los escultores Juan Martínez Montañés y Alonso Cano.

El brioso escudo de armas de Granada es una "granada", con tallo y enhiesta: algunos, guiándose por el sonido y no por el sentido, han hecho derivar Granada de Granatum, pero el nombre moro era Karnattah y los moros nunca habrían tomado una palabra latina como nombre de su ciudad. Granada, porque las colinas están divididas unas de otras de manera parecida a este fruto. Pero entonces hubieran preferido su propia palabra, Rommañ, que, en efecto, dieron al Soto de Roma, y aún hoy en día la ensalada de granadas recibe el nombre de Ensalada Romaña (...).

El primer objeto del visitante es, por supuesto, La Alhambra; los ciceronis, verdaderamente españoles, son Mateo Jiménez, inmortalizado por Washington Irving, y un desertor francés llamado Louis. Ambos son profundamente ignorantes en todo lo que no sea la historia puramente local y las baladas locales, en las que los dos creen a pies juntillas, como también creen en las leyendas de los monjes, que ciertamente son más dignas de crédito que la mitad de la hagiografía de su Iglesia, aparte de ser doblemente poéticas. ¡Ay del frío escéptico que en estos lugares de auténtica leyenda y cuentos de Aladino trate de racionalizarlo todo excesivamente! Si las anécdotas no fuesen ciertas, y eso sí que sería una lástima, por lo menos han adquirido la solidez que el tiempo y la poesía tienen el privilegio de conferir. Gil Blas nunca se vio confinado a la torre de Segovia, ni tampoco vivió jamás Dulcinea en el Toboso. Estas ficciones de balada forman la historia más poética de La Alhambra, y así los que pongan en duda la veracidad de las manchas de sangre del Abencerraje deberían dedicarse a inspeccionar ganado selecto en las ferias y otras cosas de esas que nunca ofrecen lugar alguno a la duda. La Alhambra ha sido durante largo tiempo monopolizada por los pintores, los poetas y el género de quidlibet audendi que casi ha escapado a la jurisdicción de la árida historia; donde las hadas han bailado sus místicas danzas pueden surgir flores, pero nunca la simple hierba.