Reverte en Roma, por Mariano López

Es un placer leer este nuevo libro. Seguir a su autor por Roma. Compartir su mirada en los museos y las plazas.

Mariano López

El nuevo libro de Javier Reverte, Un otoño romano, tiene la forma de un diario, pero podía haber sido una sucesión de poemas porque, en esencia, se trata de una historia de amor. Reverte está enamorado de Roma, seducido, más bien, y ha escrito un libro para expresar ese amor y dar cuenta de los lugares, ideas y momentos que explican su pasión por Roma. Para empezar, la singular belleza de Roma. Reverte se pregunta qué es lo que hace tan hermosa a Roma, cómo esta ciudad es capaz de cautivar a todos sus visitantes, a pesar de su falta aparente de equilibrio, de armonía, sus múltiples exageraciones y excesos, entre otros los que protagonizan, a diario, sus vecinos. Pero Roma acoge todos los artificios y los naturaliza; y en esa naturalidad, afirma Reverte, sostiene la primera razón de su belleza.

Reverte ya conocía Roma con anterioridad, de muchos viajes y muchos años, pero el diario de Un otoño romano nace de su última estancia: los tres meses que permaneció, el otoño del pasado año, alojado como becario emérito en la Real Academia de España en Roma. Cada mañana, Reverte bajaba la colina del Gianicolo, en cuya cima se encuentra la Academia, y salía al encuentro de Roma. Sus rutas a veces se confunden con las de los turistas, pero su mirada le distingue. Camina con lentitud, atento, sobre todo, a la huella de los grandes artistas que han iluminado Roma. Caravaggio, en especial, le conmueve. En otros libros de Reverte se narran historias de exploradores y grandes viajeros; en Un otoño romano su autor nos habla de artistas: el portentoso Miguel Ángel, el infortunado Rafael, Bernini y su enemigo Borromini, y Donato di Angelo, el Bramante, cuyo más famoso hijo, el templo conocido como el tempietto, manifiesto en piedra del Renacimiento, se encuentra dentro de la Real Academia de España en Roma.

"En Roma -escribe Stendhal-, hasta una simple cochera suele ser monumental". En sus paseos, Reverte busca, también, rincones que en otra ciudad apenas serían nada, pero que en Roma resultan soberbios. En su deambular, nos deja excelentes consejos prácticos. Un ejemplo: "Cruzo el río por el puente Sisto y me voy a comer a Augusto, en la Piazza dei Renzi. Hoy tienen unos estupendos raviolis rellenos de espinacas y requesón. Me los tomo acompañados con una ensalada de puntarelle mojada en salsa de anchoas y una frasca de vino rojo".

Por las tardes, Reverte suele regresar pronto a su estudio para disfrutar de los grandes textos que se han escrito sobre Roma. Algunas de las más bellas palabras sobre Roma de Mark Twain, Dickens o Stendhal se encuentran en Un otoño romano. También poemas de Virgilio, que no podían faltar en un libro enamorado, y el homenaje de Reverte a Giuseppe Gioachino Belli, un poeta satírico romano del siglo XIX, ateo, descarado y obsceno, quintaesencia de lo romano, a quien el pueblo levantó una estatua, junto al puente Garibaldi, por suscripción popular.

Es un placer leer este nuevo libro de Reverte. Seguir a su autor por Roma. Compartir su mirada en los museos y las plazas, las iglesias y las strade. Acompañarle hasta que regresa a su apartamento en la Academia, se come un buen bocadillo de porchetta y se planta en la cumbre del Gianicolo para disfrutar de los mejores atardeceres de Roma. Asomado a una terraza en la que a veces se posan los estorninos, pero a la que podrían encaramarse, sin que nos extrañara, los pelícanos o las monjas. Porque así es Roma, la Roma que se despliega en Un otoño romano. ¡Pura bellezza!