Reverte en China, por Mariano López

El Yangtsé recorre 6.300 kilómetros por la cuenca más poblada del planeta. Javier Reverte lo retrata.

Mariano López
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Foto: V. Iglesias

El nuevo libro de Javier Reverte, Un verano chino. Viaje a un país sin pasado, narra un viaje extraordinario que nació de una sencilla pero irresistible tentación: la posibilidad de recorrer un gran río a bordo de un barco viejo, de línea regular, seguramente incómodo, vetusto y destartalado. A Reverte le gusta esa manera de viajar, a bordo de barcos que le permiten compartir camarote y cubiertas con gente común, lejos del atildado personal de los cruceros. Así navegó por el Amazonas, el Congo, el Yukón, y así lo ha hecho ahora por el Yangtsé, el cuarto río más largo del planeta, un gigante que parece cortar por la mitad, de oeste a este, la inmensa China.

Pekín, que en cuatro décadas ha pasado de carecer por completo de automóviles privados a sufrir continuos, agobiadores atascos -"una pesadilla de la metrópolis de Fritz Lang", dice Reverte-, fue la primera etapa de un viaje que pronto le llevaría al curso alto del Yantgsé, el río que, según los lamas, pasa por el cielo; un caudal que nace al pie de un solitario y elevado glaciar tibetano, recorre luego 6.300 kilómetros por la cuenca más poblada del mundo y estalla, finalmente, en un delta que desemboca en el Pacífico, al norte de la populosa Shanghái. Quinientos millones de personas viven junto a este río, una de cada doce personas del planeta levanta su casa frente al Yangtsé.

Reverte viaja junto al gigante. Cruza, sin papeles, la frontera del Tíbet y alcanza al Yangtsé cuando aún se encuentra a más de 5.000 metros de altura. Luego, le acompaña en trenes, autobuses, barcos o taxis de alquiler. Varios meses de viaje. Siempre en compañía de un amigo, Pere Boix, y de una guía, Xiao Yishuang, que habla un español de jerga, barriobajero, que aprendió en el Camino de Santiago. Xiao, 27 años, pequeña melena cortada a tazón, tímida, gafas de miope, acné juvenil, protagoniza los momentos más divertidos del relato, desde su aparición en el aeropuerto de Pekín -"detesto China, creo que soy española, lo que más me gusta en el mundo es el jamón"- hasta su última frase, dedicada al "tío Javier", en el barco que asiste al violento encuentro del Yangtsé con el Pacífico.

Con su amigo y la joven guía, Reverte viaja por los rápidos del Salto del Tigre, los canales de la misteriosa Lijiang o las calles de Chengdu, donde se dice que viven las mujeres más bellas de China. Visita también otros lugares singulares: el pueblo en el que nació Mao, el bar del hotel de Shanghái donde bebía Charles Chaplin o el lugar elegido por los chinos para situar el mito de Shangri-La. Es un gran viaje, que Reverte cuenta con su habitual maestría, entretejido con una bella historia de amor y con momentos clave de la historia contemporánea de China: la revuelta de los bóxers, que retrató -mal- la película 55 días en Pekín, la Larga Marcha de Mao, las guerras del opio o la poco conocida matanza de Nanking, la mayor masacre cometida en la historia humana antes del holocausto hitleriano.

Es un gran libro, el primero del autor que no persigue el rastro de sus mitos literarios y el primero en el que manifiesta, en numerosas ocasiones, preocupación, desapego, rechazo por muchos de los paisajes y las costumbres que ve. Al final, el autor se enamora de Shanghái -"me fascinó a primera vista"- y con ese estado de exaltación se embarca para narrar el último golpe del Yangtsé, protagonista, junto con el retrato actual de China, de una historia de amor y muchas, muchas dosis de humor, de la última y excelente novela viajera de Javier Reverte.