Reverte en Alaska, por Mariano López

"El río de la luz" es un apasionado relato por los lugares de Jack London y la fiebre del oro.

Mariano López

El nuevo libro de Javier Reverte, El río de la luz, narra el viaje del autor al río Yukón en busca de las huellas de uno de sus autores favoritos, Jack London, por los lugares en donde se desató la fiebre del oro que atrajo a miles de buscadores a la frontera de Alaska con Canadá, entre ellos al propio London. Se trata de un grandísimo viaje, por territorios casi vírgenes, salvajes, en los que aún hoy son más abundantes los osos que los hombres. Reverte utiliza avionetas, coches, trenes, transbordadores, autobuses, barcas, un remolque y una canoa para recorrer Alaska.Con la canoa, junto a unos amigos españoles, recorrió 750 kilómetros del Yukón. A remo, durante 13 días agotadores que le devolvieron la vida. Reverte llegó al Yukón con el ánimo aún atravesado por las secuelas del paludismo que le atacó en el Amazonas. El gran río de las selvas de América le había robado el ánimo. La navegación por El Dorado de Alaska se lo devolvió. "Un río -escribe- me había convertido en un pusilánime deprimido y otro río, cuatro años más tarde, me devolvía la alegría de vivir".

El oro apareció en Alaska en la última década del siglo XIX. El primer filón descubierto en Juneau, la capital, valía cinco veces más que el precio que los Estados Unidos habían pagado a Rusia, en 1867, por toda Alaska. Reverte viaja a Juneau y, desde allí, comienza a explorar los territorios de la gran locura. En Dyea, al comienzo de la estampida, se levantaron en un solo verano 46 hoteles, 39 tabernas y un número imposible de precisar de prostíbulos. Dawson City llegó a tener varios teatros, una ópera y bares con ostras y champán francés. En Fortymile durante un año no hubo ni sheriff ni cárcel ni leyes, pero había hombres graduados en la Universidad de Oxford que cuando estaban borrachos podían recitar de memoria poemas en griego clásico. Y en Nome se reunió la mayor concentración de hombres y mujeres carentes de principios de todo el planeta.

Javier Reverte soñaba con estos lugares desde niño, desde que su padre le regaló el primer libro de Jack London. Ahora ha podido recorrer las ciudades del oro y, como su admirado London, ha vuelto del Yukón con una mochila cargada de historias, que narra con su habitual maestría y enormes dosis de pasión. "Recuerde -dijo Jack London a un crítico- que todo lo grande se debe a la pasión". De las grandes historias destacan grandes personajes: el león del Yukón, Sam Steele, de la Policía Montada del Canadá; el bandido Soapy Smith, de Skagway; el famoso pistolero Wyatt Earp, que batió sus últimos duelos en Nome, y, sobre todos, Jack London, que luchó contra el hambre, los hielos y el escorbuto antes de abandonar la búsqueda del oro y comenzar la carrera que le haría rico como escritor.

Reverte narra, también, historias de osos y de naufragios, de trineos y de ballenas, y la pesca del primer salmón silver de la temporada, el campanu del Norte. En su viaje de vuelta, cruza Canadá de punta a punta, en tren, y se embarca en un carguero para disfrutar del lento paso del tiempo desde el Mare Tenebrosum, donde se hundió el Titanic, hasta Liverpool. Como decía, un grandísimo viaje. Y un grandísimo libro. En el prólogo, Reverte incluye una cita de Joseph Conrad: "Creía que era una aventura y en realidad era la vida". Podría ser el más breve y preciso resumen del nuevo libro: El río de la luz, el apasionado relato de viajes por Alaska y Canadá que acaba de alumbrar Javier Reverte.