Relatos de Louis Antoine de Bougainville

El militar y navegante fue el primer explorador francés en circunnavegar la Tierra, emulando las hazañas de Magallanes y de Elcano en un viaje científico y diplomático por aguas australes que duró casi tres años.

Más que una flor

Puede que hoy sea más popular la flor que se bautizó en su honor, pero Louis Antoine de Bougainville (1729-1811) pasó a la historia de la exploración por circunnavegar el globo terráqueo. Cierto que desde Magallanes y Elcano lo habían hecho ya unos cuantos, ¡pero hasta el momento ninguno de ellos era galo! Todo empezó en 1766, cuando Luis XV le obliga a devolver a España las Malvinas, disputadas islas que Bouganville había empezado a colonizar un par de años atrás. Vergonzoso viaje diplomático que este ilustrado francés, que cita en sus diarios de militar a Virgilio y a Montesquieu, aprovecha -ya que estamos en alta mar...- para dar la vuelta al mundo con las dos naves que le proporciona Su Majestad, La Boudeuse y L''Étoile, y un equipo expedicionario formado por un astrónomo, un cartógrafo, el naturalista Philibert Commerson y su ayudante, Jeanne Baret, una botánica que se disfraza de hombre para colarse en la tripulación

Los vientos son favorables cuando pasan por el Estrecho de Magallanes, así que aprovechan para visitar en la Tierra del Fuego a los patagones. La alegría con que les reciben no es nada comparada con el entusiasmo de los tahitianos, cuya voluptuosa tierra de senos descubiertos es rebautizada como Nouvelle-Cythère, en alusión a la isla griega del placer. Descubre la mayor parte de las islas Samoa, visita las Nuevas Hébridas, las Salomón, las Molucas... Y regresa en 1769 a Francia por el Cabo de Buena Esperanza, con varios descubrimientos científicos y geográficos izados en su fragata; entre ellos, la flor que embalsamó su reputación como explorador.

Dos años después de su periplo por el globo, en 1771 Louis Antoine de Bougainville pone su viaje por escrito y transforma su diario de a bordo en un vívido relato dedicado a Luis XV, su soberano. La detallada descripción de los nativos y de su envidiable modo de vida en la abundancia de esas idealizadas tierras paradisíacas causó en su época verdadero furor, y el texto no ha dejado de editarse hasta hoy. El fragmento a continuación pertenece al capítulo de Voyage autor du monde titulado Par la Frégata du Roi La Boudeuse et la Flute d''Étoile, sobre el paso del explorador por el Estrecho de Magallanes.

"El viaje del que voy a rendir cuenta es el primero de esta especie emprendido por los franceses"

Esta mañana, los patagones, que toda la noche habían sostenido hogueras al fondo de la bahía de Posesión, enarbolaron una bandera blanca desde una eminencia; respondimos izando la de los navíos. Estos patagones eran, sin duda, los que la Estrella vio en el mes de junio de 1766 en la bahía Boucault, y la bandera que enarbolaron era la que les fue dada por M. Denys de Saint-Simon en señal de alianza. El cuidado con que la han conservado anuncia hombres dulces, fieles a su palabra o, al menos, reconocidos a los presentes que se les ha hecho.

Divisamos también muy distintamente, cuando estuvimos en la gola, una veintena de hombres en la Tierra del Fuego. Estaban cubiertos de pieles e iban a todo correr a lo largo de la costa, siguiendo nuestra ruta. Parecían de vez en cuando hacernos señas con la mano, como si deseasen que fuésemos a ellos. Según la relación de los españoles, la nación que habita esta parte de la Tierra del Fuego carece de las costumbres crueles de la mayor parte de los salvajes. Acogieron con mucha humanidad a la tripulación del navío Concepción, que se perdió en sus costas en 1765. Hasta le ayudaron a salvar una parte de las mercancías de su cargamento y a levantar cobertizos para ponerlas al abrigo. Los españoles construyeron con los restos de sus navíos una barca, en la cual se fueron a Buenos Aires. [...]

En cuanto hubimos anclado hice echar al mar una de mis canoas y una de la Estrella. Nos embarcamos en ellas diez oficiales, armados cada uno con nuestros fusiles, y fuimos a desembarcar al fondo de la bahía con la precaución de tener nuestras canoas a flote y las tripulaciones dentro. Apenas habíamos puesto pie en tierra cuando vimos venir hacia nosotros a seis americanos a caballo y a todo galope. Bajaron de sus caballos a cincuenta pasos, y en el acto corrieron hacia nosotros gritando: ¡Chaua! Reuniéndosenos, nos tendían las manos y las apoyaban contra las nuestras... Nos estrechaban después en sus brazos, repitiendo a grito pelado: ¡Chaua, chaua!, que nosotros repetíamos como ellos. Estas buenas gentes parecieron muy contentas de nuestra llegada. Dos de los suyos, que temblaban al acercarse, se tranquilizaron a poco. Después de muchas caricias recíprocas, hicimos traer de nuestras canoas galletas y un poco de pan tierno, que les distribuimos y que comieron con avidez. A cada instante aumentaba su número y bien pronto se reunió una treintena, entre los cuales había algunos jóvenes y un niño de ocho o diez años. Todos vinieron a nosotros con confianza y nos hicieron las mismas caricias que los primeros. No parecían sorprendidos de vernos e imitaban con la voz el ruido de nuestros fusiles; nos hacían entender que estas armas les eran conocidas. Parecían atentos a hacer lo que pudiese gustarnos. Monsieur De Commerço y alguno de nosotros nos ocupábamos en recoger plantas; varios patagones se pusieron también a buscarlas, y traían las especies que nos veían coger. Uno de ellos, viendo al caballero Du Bouchage en esta ocupación, vino a enseñarle un ojo, en el que tenía un mal muy aparente, y a preguntarle por señas que le indicase una planta que pudiese curarle. Tiene, pues, una idea y un uso de esta medicina que conoce los simples y los aplica a la curación de los hombres.

Cambiamos algunas bagatelas preciosas a sus ojos por pieles de guanacos y de vicuñas. Nos pidieron por signos tabaco para fumar, y el color rojo parecía encantarles; tan pronto como veían en nosotros alguna cosa de este color, le pasaban la mano por encima y testimoniaban grandes ganas de tenerlo. Por lo demás, a cada cosa que se les daba, a cada caricia que se les hacía, el chaua comenzaba de nuevo con gritos capaces de aturdir. Se nos ocurrióhacerles beber aguardiente, no dejándoles tomar más que un sorbo a cada uno. En cuanto lo tragaban, se golpeaban con la mano en la garganta y lanzaban soplando un sonido trémulo e inarticulado que terminaba por un ruido con los labios. Todos hicieron la misma ceremonia, que nos proporcionó un espectáculo bastante extraño. Entretanto, el sol estaba próximo a ponerse y era hora de pensar en volver a bordo. En cuanto vieron que nos disponíamos a ello, parecieron enfadados, y nos hacían señales de esperar y de que iban a venir todavía más de los suyos. Les hicimos entender que volveríamos al día siguiente y que llevaríamos lo que deseasen; nos pareció que hubiesen preferido que durmiésemos en tierra. Cuando vieron que partíamos, nos acompañaron a la orilla del mar; un patagón cantaba durante esta marcha. Algunos se metieron en el agua hasta las rodillas para seguirnos más tiempo. Llegamos a nuestras canoas; fue preciso tener ojo atento. Cogían todo lo que caía bajo sus manos. Uno de ellos se había apoderado de una hoz; nos dimos cuenta y la devolvió sin resistencia. Antes de alejarnos vimos todavía aumentar su tropa con otros que llegaban incesantemente, a rienda suelta. No dejamos, al separarnos, de entonar un chaua que hizo retemblar toda la costa.