Regresar para recordar, por Carlos Carnicero

Vuelvo una y otra vez a Biarritz porque ha sabido conservar la esencia del viejo balneario de moda.

Carlos Carnicero
 | 
Foto: Ximena Maier

Hay ocasiones que me motiva más regresar que descubrir. Lo entendí hace tan solo unos meses, cuando regresé después de mucho tiempo al Pirineo aragonés. Allí pasé algunos veranos de mi niñez en estadías que organizaba el colegio de los jesuitas donde estudié los primeros años del Bachillerato. Eran mis primeras salidas de la tutela directa de mis padres. Hay muchas cosas que se conservan acomodadas a la memoria que tengo de aquellos años. El pueblo de Canfranc ha quedado atrapado en el tiempo con la faraónica estación que prometía unir España con Europa a través del túnel ferroviario de Somport. Una apuesta que ha resultado fallida. La vía quedó en desuso y hoy la estación es una enorme edificación fantasmagórica a la que la crisis ha colaborado en no encontrarle uso alternativo. Intenté visitar el edificio, pero está sellado, esperando un emprendimiento que resucite un uso turístico.

El Collarada era la cima deseada. Justo encima de la estación de Canfranc. Entonces había un funicular de cremallera para uso de la central eléctrica que se alimentaba del agua del Ibón de Ip. Nos permitían utilizarlo. El ascenso en el vagón sin techar era una aventura fantástica a aquella edad. Y al llegar al lago, que en el pirineo recibe el nombre de Ibón, nos aguardaba agua helada del deshielo y aventuras, como remar en una balsa erigida sobre toneles vacíos. ¿Qué más se podía pedir? La excursión sigue siendo una de las más recomendables y sigue abierta a través de un camino empinado que serpentea entre bosques de pinos y boj.

Guetaria, en Guipúzcoa, sigue igual que estaba hace años. Incluso algunos establecimientos han sobrevivido a la modernización que tantos enclaves ha destruido. En un esquinazo del puerto sigue, en un primer piso, el restaurante Kaia Kaipe. Una espléndida carta de vinos a precio razonable donde priman las viejas reservas de Rioja. Y un pescado excepcional dorado a la parrilla de carbón. Recorrí a pie la vieja carretera que conduce a Zarautz y que bordea los acantilados de la costa, recordando las veces que la anduve en bicicleta, cuando las tardes se pasaban lentamente, al borde del mar. Recordé el camino que une Zarautz con Guetaria, por encima del monte Santa Bárbara, bordeando los viñedos de txakoli en donde colaboré en más de una vendimia.

Vuelvo una y otra vez a Biarritz porque ha sabido conservar la esencia del viejo balneario de moda a principios del siglo XX y que ha condensado el viejo sabor trasnochado con toques de modernidad sin alterar el resultado.

Quizá todo sea una búsqueda desesperada de las simientes de la propia identidad, perfilada en los años de la infancia y la adolescencia. La perspectiva del tiempo promueve la preocupación por no perder los orígenes, entendiendo que el comienzo y la estación término de la vida tienen que guardar un mismo sentido para que la existencia sea razonable y acomodada a lo que uno quiere ser. Me empieza a ocurrir con la literatura. Estoy volviendo a leer los libros que me han impactado. Descubro nuevos rincones en sus líneas y recuerdo circunstancias de cuando los leí por primera vez.

En el viaje que es la vida, regresar a las estaciones intermedias me convoca nostalgia y ansiedad por los momentos que no exprimí en toda su intensidad. Me excita escudriñar en los rincones que quedaron sin explorar.

Creo que es la primavera. A mí me promueve melancolía, lo que a otros les ocurre con el otoño. La sensación de que intentar abarcar nuevas experiencias con desesperación es una forma de malgastar el tiempo. Me aferro a las sensaciones de un atardecer al borde del mar o un café ante el Hotel de Ville de París, recreando mis primeros descubrimientos. Creo que me toca iniciar un viaje nuevo y brillante para sacudirme esta nostalgia.