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La región donde veranea la élite de Madrid tiene piscinas naturales en roca volcánica, y no son las Islas Canarias: un refugio para aves migratorias rodeado de aguas cristalinas

Entre roca volcánica y agua turquesa, este rincón de Almería se ha ganado fama de refugio discreto entre quienes veranean lejos de Madrid. Su verdadero motor, sin embargo, es mucho menos glamuroso: una salina centenaria y un humedal protegido desde 1989.

Es uno de los lugares más privilegiados del Mediterráneo.

Es uno de los lugares más privilegiados del Mediterráneo. / Istock

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Hay destinos que se transmiten en voz baja, de boca en boca, entre quienes prefieren la discreción a la multitud. En ciertos círculos de Madrid lleva años circulando el nombre de un rincón de la costa almeriense donde el mar entra en calas volcánicas casi vacías incluso en pleno agosto, lejos del ruido de otros enclaves de moda en el Mediterráneo. La roca que enmarca esas aguas no es una casualidad geológica reciente: se formó hace entre quince y ocho millones de años, cuando una cadena de volcanes submarinos empezó a levantar, muy despacio, lo que hoy es la formación volcánica más extensa de toda la Península Ibérica.

Agua Amarga en Cabo de Gata.

Agua Amarga en Cabo de Gata. / Istock / Cristian Baitg Schreiweis

Lo que atrae a ese público selecto, sin embargo, tiene muy poco de artificio turístico. Lo que se ve desde el sendero que baja hacia la costa no es una piscina de recreo, sino la primera pieza de un sistema hidráulico que lleva más de un siglo alimentando una explotación salinera capaz de producir 40.000 toneladas de sal al año. Bienvenidos a las Esclusas de las Salinas, en pleno corazón del Parque Natural Cabo de Gata-Níjar.

La única construcción que se ve desde el espacio está en España: ni la Muralla China, ni las Pirámides de Egipto

Adriana Fernández

Un recorrido de 1.500 metros que empieza junto al mar

El nombre de este lugar no responde a una ocurrencia turística. Las esclusas cumplen una función muy concreta dentro de la actividad salinera: controlar y conducir el agua del Mediterráneo hasta las grandes balsas de evaporación situadas tierra adentro. El mecanismo comienza prácticamente a pie de costa. Unos motores bombean el agua marina hasta varios depósitos emplazados a una cota ligeramente superior a la del mar. A partir de ahí, la propia pendiente hace el resto. El agua avanza por gravedad a través de un canal de alrededor de 1.500 metros hasta alcanzar las Salinas de Cabo de Gata, donde empieza el proceso que terminará convirtiéndola en sal.

Salinas del Cabo de Gata.

Salinas del Cabo de Gata. / Istock

Es una infraestructura sencilla en apariencia, pero perfectamente adaptada a un paisaje en el que abundan dos ingredientes esenciales para esta actividad: sol y viento. Durante los meses de producción, ambos aceleran la evaporación del agua almacenada en los charcones hasta que, poco a poco, los cristales de sal quedan depositados sobre el fondo.

La explotación tiene más de un siglo de historia. Fue impulsada a comienzos del siglo XX por la familia Acosta y, lejos de haberse convertido en una pieza de arqueología industrial, continúa funcionando. De hecho, es la única salina que mantiene actividad industrial en Andalucía oriental.

Vista aérea de las salinas rosas y estanques de evaporación en Cabo de Gata

Vista aérea de las salinas rosas y estanques de evaporación en Cabo de Gata / Istock

Cada año salen de aquí aproximadamente 40.000 toneladas de sal. Una parte encuentra su destino en la gastronomía, con productos más refinados como la flor de sal. El grueso de la producción, sin embargo, tiene aplicaciones mucho más prácticas: grandes cargamentos viajan hacia el norte de Europa, donde se utilizan para combatir el hielo y la nieve en las carreteras durante el invierno.

El contraste resulta difícil de imaginar cuando se contempla el paisaje en verano. La misma lámina de agua que desde lejos parece formar parte de una postal mediterránea inicia aquí un proceso industrial que termina, meses después, sobre una carretera helada a miles de kilómetros de Almería.

Cabo de Gata y la iglesia de Salinas

Cabo de Gata y la iglesia de Salinas / Istock

Un humedal decisivo para las aves que cruzan el Mediterráneo

La importancia de las salinas no termina en su producción. A su alrededor se extiende uno de los espacios húmedos más relevantes del sureste peninsular y una zona de enorme valor para las aves migratorias.

El humedal de las Salinas de Cabo de Gata está incluido desde 1989 en la lista Ramsar de humedales de importancia internacional. Más adelante, en 1997, quedó integrado en la Reserva de la Biosfera de la UNESCO que protege el conjunto de Cabo de Gata-Níjar. También forma parte de una Zona de Especial Protección para las Aves.

Humedales de Cabo de Gata.

Humedales de Cabo de Gata. / Istock

No es una acumulación de figuras administrativas sin consecuencias visibles. Estas lagunas reciben cada año a decenas de especies que encuentran aquí alimento y descanso antes de continuar sus desplazamientos. Más de ochenta tipos de aves pasan por el humedal o permanecen en él durante el invierno. Entre todas destacan los flamencos. Durante el verano pueden congregarse varios miles de ejemplares, dibujando una de las imágenes más conocidas de las salinas. Su presencia responde a una circunstancia geográfica privilegiada: Cabo de Gata se encuentra situado frente a una de las grandes vías naturales que unen Europa y África.

Para muchas especies migratorias, este extremo de la Península representa un punto de descanso estratégico antes de cruzar el Mediterráneo o después de completar el trayecto desde el continente africano. La belleza del enclave, sin embargo, ha generado cierta confusión. Algunas imágenes compartidas en redes sociales presentan las Esclusas como si fueran piscinas naturales abiertas al público. No lo son.

Flamencos en la laguna costera con vista a la torre, en Cabo de Gata

Flamencos en la laguna costera con vista a la torre, en Cabo de Gata / Istock / t

Las balsas y el sistema hidráulico forman parte de una propiedad privada y el baño está prohibido. La restricción no responde únicamente al carácter industrial de las instalaciones. Todo el conjunto se integra en un ecosistema protegido extremadamente sensible a las molestias, por lo que entrar en el agua, alterar los canales o aproximarse a las zonas restringidas puede afectar tanto al proceso salinero como a las aves que encuentran refugio en ellas. Aquí la mejor manera de disfrutar del paisaje es precisamente dejarlo intacto.

El Mediterráneo abierto empieza unos metros más allá

La prohibición de bañarse en las Esclusas no supone precisamente quedarse sin mar. Cabo de Gata ofrece kilómetros de costa donde nadar, navegar o bucear en un entorno que conserva todavía una apariencia excepcionalmente poco transformada.

Arrecife de las Sirenas.

Arrecife de las Sirenas. / Istock / Alberto Carrera

Uno de los puntos más emblemáticos se encuentra junto al faro de Cabo de Gata. A sus pies emerge el Arrecife de las Sirenas, un conjunto de antiguas formaciones volcánicas que sobresalen del agua y que se ha convertido en una de las imágenes más reconocibles del parque natural. El paisaje continúa bajo la superficie. La reserva marina protege fondos rocosos, comunidades submarinas y extensiones de posidonia que explican por qué esta parte del litoral almeriense atrae a tantos aficionados al submarinismo. Sus aguas transparentes y la variedad de relieves permiten encontrar zonas muy distintas en distancias relativamente pequeñas.

También es un territorio especialmente agradecido para recorrer en barco. Desde el mar aparece otra dimensión del parque: acantilados inaccesibles desde tierra, pequeñas ensenadas, perfiles volcánicos y playas aisladas que ayudan a entender por qué navegar se ha convertido en una de las formas más deseadas de descubrir esta costa. San José es uno de los principales puntos de referencia para quien visita el parque. Desde allí se accede a playas como Los Genoveses o Mónsul, dos nombres inseparables de Cabo de Gata y de esa imagen de Mediterráneo sin grandes urbanizaciones que todavía define a buena parte del litoral.

Mónsul, Almería.

Mónsul, Almería. / Istock / Jose Luis Mari

Hacia el interior, Rodalquilar cuenta una historia muy distinta. El pueblo conserva las huellas de la explotación minera que durante décadas buscó oro entre estas montañas. Lo que en otro tiempo fue una actividad frenética ha dejado paso a una localidad pequeña y tranquila, rodeada de restos industriales y de un paisaje árido que le concede una personalidad difícil de encontrar en otros lugares. Más al norte aparecen Las Negras y Agua Amarga, dos núcleos costeros que han ido construyendo una reputación ligada a un turismo más discreto. Propietarios nacionales y extranjeros, viajeros recurrentes y visitantes que buscan tranquilidad coinciden en pueblos donde el atractivo reside precisamente en la ausencia de grandes complejos hoteleros y de una vida turística demasiado estridente.

La Isleta del Moro completa ese recorrido por algunos de los rincones más reconocibles del parque. Sus casas blancas frente al agua y su pequeño puerto pesquero conservan todavía la escala de una localidad marinera, lejos de la transformación sufrida por otros enclaves del Mediterráneo.

Cabo de Gata, Almería.

Cabo de Gata, Almería. / Istock / Unai Huizi

Esa mezcla de privacidad, paisaje y ausencia de grandes masas ayuda a explicar que Cabo de Gata se haya convertido en uno de los refugios favoritos de quienes abandonan Madrid durante los meses más calurosos y buscan un verano menos previsible.

Una cocina sin demasiados artificios

La mesa también forma parte del carácter de esta comarca. En un territorio marcado por el mar y por un interior seco y áspero, la gastronomía tradicional se ha construido con productos sencillos y recetas capaces de aprovecharlos casi sin disfrazarlos.

Puesta de sol en Cabo de Gata.

Puesta de sol en Cabo de Gata. / Istock

Los arroces marineros son una de las opciones más habituales, junto con pescados frescos y preparaciones de pulpo. Pero hay platos mucho más ligados al recetario almeriense, como los gurullos con jibia, en los que pequeñas piezas de pasta artesanal se cocinan con sepia hasta formar un guiso denso y lleno de sabor.

Otro clásico es la cuajadera de pescado, una elaboración de horno en la que el pescado comparte protagonismo con patatas, tomate y otras verduras. Es una de esas recetas que resumen bien una cocina nacida más de la necesidad y del producto disponible que de cualquier pretensión gastronómica.

Muy cerca de las salinas se encuentra el Restaurante Blanca Brisa, un establecimiento ligado a la zona desde 1974. Manuel Úbeda y Loli Román pusieron entonces en marcha el negocio, que con el tiempo pasó a manos de la siguiente generación. Hoy Patricio Úbeda dirige una cocina que mantiene referencias al recetario tradicional mientras incorpora una mirada mediterránea algo más contemporánea. La Guía Repsol le concedió un Solete en 2023, un reconocimiento que encaja con la filosofía del establecimiento: cocina reconocible, producto local y una propuesta accesible para quien recorre el parque y quiere sentarse a comer sin convertir la parada en una experiencia solemne.