El refugio de Vicente Vallés (63 años) está en las Islas Afortunadas: "Es una preciosidad. Es como un pequeño continente"
El presentador de Antena 3 Noticias conoce el archipiélago canario "de memoria", isla por isla, y ha encontrado en él el contrapunto exacto a las noticias que narra cada noche.

Unas encantadoras y preciosas islas que son, literalmente, las joyas españolas. / Istock
Hay periodistas que necesitan silencio para desconectar y otros que necesitan distancia. Vicente Vallés ha elegido las dos cosas a la vez, y las ha encontrado en el mismo lugar. En una entrevista publicada en El Debate el pasado 20 de julio, el presentador confesaba sin rodeos cuál es su fórmula para alejarse del ruido político que lleva narrando desde hace más de tres décadas: nada de destinos de moda, nada de Bali, nada de Ibiza. "Mi recomendación para el verano, y también para cualquier invierno, son las Islas Canarias", aseguraba, descartando de un plumazo cualquier alternativa exótica que pudiera sonar más glamurosa en una revista de viajes.

Adriana Fernández
Lo llamativo no es solo la elección, sino el grado de conocimiento que hay detrás. Vallés habla de las islas "de memoria", asegura haber estado en todas ellas, "incluida La Graciosa, que es una preciosidad", y coloca a Tenerife en un pedestal aparte, definiéndola como "un pequeño continente". Esa expresión no es casual: en poco más de dos mil kilómetros cuadrados caben playas de arena volcánica, bosques de laurisilva casi impenetrables y el pico más alto de España, el Teide, que corona una isla que parece resumir por sí sola todo el archipiélago.

El presentador está especialmente enamorado de Tenerife. / Istock
Un nombre que viene de la mitología griega
Mucho antes de que Vallés o cualquier otro viajero contemporáneo pusiera el pie en las islas, los griegos ya las habían situado en su imaginario. Las llamaron Islas Afortunadas, o Islas de los Bienaventurados, y las describieron como un lugar de descanso eterno reservado a las almas virtuosas: un rincón de paisajes verdes y fértiles que quedaba más allá de las Columnas de Hércules, en el límite mismo del mundo conocido.
Autores clásicos como Plutarco, Plinio y Claudio Ptolomeo recogieron esta tradición en sus crónicas, identificando aquel territorio legendario con lo que hoy conocemos como la Macaronesia. La leyenda griega fue todavía más lejos y situó en el archipiélago el mítico Jardín de las Hespérides, aquel huerto custodiado por ninfas donde crecían manzanas doradas. No es casualidad que esa historia se haya asociado durante siglos con el Drago Milenario de Icod de los Vinos, en Tenerife: uno de los ejemplares más antiguos de su especie en el mundo, con un tronco que parece guardar en sus anillos toda la memoria del archipiélago.

Playa de Las Teresitas, con Santa Cruz y El Teide al fondo / Istock
Que un presentador de informativos elija hoy este mismo lugar para desconectar tiene algo de continuidad histórica. Las Canarias llevan siglos funcionando como territorio de refugio, aunque entonces fuera en el terreno del mito y ahora lo sea en el de la agenda de vacaciones.
Ocho islas, un solo vínculo
El apego de Vallés a Canarias no nació de un reportaje ni de un viaje de trabajo. Se remonta a más de una década atrás, cuando pasó unas vacaciones navideñas en Gran Canaria junto a su familia. Desde entonces ha vuelto de forma recurrente, y esa costumbre acabó convirtiéndose en algo más permanente: compró una vivienda en Abades, un pequeño núcleo costero del municipio de Arico, en el sureste de Tenerife, pensada para su jubilación. Casas blancas, playa de arena volcánica y un ritmo de vida que contrasta con el de los platós de Madrid — el rincón concreto donde piensa instalarse cuando llegue el momento, aunque no sea, ni de lejos, el único que conoce.

Iglesia en Arico, Tenerife. / Istock
Gran Canaria concentra en poco espacio dunas, barrancos y un casco histórico en Las Palmas que mezcla arquitectura colonial con vida de ciudad portuaria. Fuerteventura y Lanzarote presumen de paisajes casi lunares, moldeados por erupciones volcánicas que en el caso de Timanfaya siguen calientes bajo la superficie. La Palma, todavía reconstruyéndose de su última erupción, ofrece cielos tan limpios que alojan algunos de los observatorios astronómicos más importantes de Europa. Y luego está La Graciosa, la octava isla, la más pequeña y menos conocida, sin asfalto en sus calles y con un puñado de habitantes que viven de cara al Atlántico — la "preciosidad" que Vallés menciona con un cariño especial, como quien habla de un secreto que no quiere que deje de serlo del todo.

Arco de roca natural con vistas al Teide / Istock
Cómo moverse y dónde sentarse a comer
Llegar a Canarias es sencillo desde cualquier punto de la Península, con vuelos directos a los aeropuertos de Tenerife Norte, Tenerife Sur, Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura. Moverse entre islas exige un paso más: la manera más habitual es el avión, con trayectos cortos entre aeropuertos interinsulares, aunque para quien no tenga prisa el ferry ofrece una alternativa más pausada, especialmente entre las islas occidentales.

Paisaje de La Graciosa, en las Islas Canarias. / Istock
Si el plan pasa por seguir los pasos de Vallés y usar Tenerife como base, conviene reservar al menos tres o cuatro días para hacerle justicia a ese "pequeño continente": el norte, más verde y menos turístico, con pueblos como La Orotava o Icod de los Vinos; el sur, con el clima más estable y la infraestructura turística más desarrollada; y el centro, dominado por el Teide y su parque nacional, donde el paisaje cambia de color según la altura. Desde ahí, un salto de un día a La Graciosa - en ferry desde Órzola, en el norte de Lanzarote - permite conocer la isla que Vallés reserva casi como un tesoro personal.
En cuanto a mesa y mantel, Tenerife ofrece una de las escenas gastronómicas más sólidas del archipiélago. El Rincón de Juan Carlos, dentro del Royal Hideaway Corales Beach, es una referencia clara: los hermanos Juan Carlos y Jonathan Padrón trabajan el producto canario con una técnica que ha convertido su menú degustación en una experiencia de doce pases, con la vieja y el mojo de azafrán como estandartes de una cocina que entiende el territorio sin necesidad de disfrazarlo. Conviene reservar con antelación, porque las mesas se agotan rápido incluso fuera de temporada alta.
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