Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

El refugio veraniego de Pedro Porro (26 años) es el pueblo donde le criaron sus abuelos: "Yo lloraba mucho, lloraba por irme con mis abuelos"

Lo contó él mismo, sin dramatismo, como quien repasa una infancia que ya no duele pero que tampoco se olvida. Y ese llanto de niño es, todavía hoy, la brújula que le lleva de vuelta a Don Benito.

El pueblo al que Pedro Porro vuelve cada verano.

El pueblo al que Pedro Porro vuelve cada verano. / Istock

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google

Hace apenas unas semanas, Pedro Porro levantaba el trofeo del Mundial en el MetLife Stadium tras marcar en semifinales ante Francia, después de entrar en el torneo como suplente y acabar siendo titular indiscutible. Don Benito, su pueblo natal en las Vegas Altas del Guadiana, vive estos días una efervescencia poco habitual: el Ayuntamiento ha iniciado el expediente para nombrarle Hijo Predilecto, la Junta de Extremadura le concederá la Medalla de Extremadura y el pleno municipal ya aprobó que la ciudad deportiva del club de sus inicios lleve su nombre. Todo eso llega apenas cinco años después de que la ciudad le entregara el Escudo de Oro, cuando era todavía un lateral en construcción.

La iglesia parroquial de Santiago de Don Benito

La iglesia parroquial de Santiago de Don Benito / Istock / Carlos Soler Martinez (KarSol Photo)

Pero antes de los titulares hubo una casa con las luces encendidas de madrugada. Su madre salía a trabajar a las tres o las cuatro, y el niño Porro pasaba a manos de sus abuelos, que se convirtieron en la sombra fija de su día a día. "Yo lloraba mucho, lloraba por irme con mis abuelos y la verdad que ella también entendía esa parte", contó el futbolista en una entrevista a ABC. No fue una anécdota aislada: fue el abuelo, Antonio Sauceda, quien lo llevó a entrenar desde los cuatro años, quien durmió en el coche fuera de algún pabellón para no perderse un partido, y quien acompañó, sin saberlo entonces, los primeros pasos de un camino que terminaría en un Mundial.

Tiene solo 363 habitantes y es el paraíso de los jabones: el pueblo más curioso de Extremadura es también el 'balcón de Andalucía'

Adriana Fernández

Don Benito, la ciudad que creció mirando al campo

Don Benito no tiene el aspecto de un pueblo pequeño, y eso sorprende a quien lo visita por primera vez. Con cerca de 38.000 habitantes, es uno de los núcleos más poblados de Extremadura, y su fisonomía delata una prosperidad agrícola antigua, construida sobre la fertilidad de las Vegas Altas del Guadiana. El origen formal de la villa se remonta a la repoblación cristiana del siglo XIII, tras la reconquista de estas tierras en 1234, aunque la comarca ya registraba presencia humana desde mucho antes, en época romana.

Escuelas del Ave María (Don Benito, Badajoz)

Escuelas del Ave María (Don Benito, Badajoz) / Zarateman | Wikicommons

El corazón del pueblo late en torno a la Iglesia de Santiago Apóstol, un templo de los siglos XVI y XVII cuyas dimensiones —muros anchos, contrafuertes robustos, columnas corintias en la fachada— recuerdan más a una catedral que a la parroquia de un pueblo cualquiera. No es casualidad: fue el propio crecimiento demográfico de Don Benito, impulsado por la riqueza de sus tierras y su ganadería, lo que llevó a levantar un templo de semejante envergadura. Hoy está declarada Bien de Interés Cultural. Alrededor, la dehesa extremeña sigue marcando el paisaje y el pulso de buena parte de las familias del municipio, con el cerdo ibérico y la ganadería extensiva como señas de identidad que Porro llevó, de niño, muy cerca de casa.

El embalse que se hace pasar por playa, y cómo llegar hasta él

A unos treinta minutos en coche desde Don Benito, en el término de Orellana la Vieja, el paisaje se abre de golpe: aparece un tramo de arena, sombrillas, socorristas y el sonido inconfundible de niños chapoteando, todo a orillas de un embalse que el visitante distraído podría confundir con el mar. Es la Playa de Orellana, también conocida como Costa Dulce, y tiene un mérito que pocos destinos interiores pueden presumir: fue la primera playa de agua dulce de España en obtener la Bandera Azul, distinción que mantiene desde 2010.

Ayuntamiento de Don Benito (Badajoz)

Ayuntamiento de Don Benito (Badajoz) / Zarateman | Wikicommons

El entorno, declarado zona húmeda de importancia internacional, permite combinar el baño con la práctica de vela, piragüismo o windsurf, y atrae también a los aficionados a la observación de aves, gracias a la riqueza ornitológica del embalse. Para llegar desde Don Benito basta con tomar la carretera hacia Orellana la Vieja; el trayecto es breve y permite hacer noche en el pueblo y pasar el día siguiente en el agua, o al revés, sin prisa, como se hacen las cosas en esta parte de Extremadura.

Un día entre el pueblo y el pantano, con parada obligada en la mesa

Quien quiera repetir, aunque sea a escala turística, la infancia de Porro entre el pueblo y sus alrededores, tiene un plan sencillo: por la mañana, pasear por el casco de Don Benito, deteniéndose ante la Iglesia de Santiago Apóstol y la Plaza de España, remodelada en los años sesenta y con el Palacio Municipal como telón de fondo. Después, el desplazamiento hasta Orellana la Vieja para pasar la tarde en la playa de interior, con tiempo de sobra para un baño y una sesión de vela o piragua si el cuerpo lo pide.

Parque Municipal de las Albercas en Don Benito.

Parque Municipal de las Albercas en Don Benito. / Carlos | Wikicommons

Para comer, Don Benito conserva la cocina de siempre: el calderillo extremeño, guiso de carne y patatas que no falla en ningún mesón local, o el lomo de orza, macerado durante días en aceite y especias. Taberna Sebastian, en la calle El Reventón, se ha convertido en una referencia de esa cocina tradicional extremeña con algún guiño contemporáneo, y es una parada razonable para cerrar el día con el estómago tan satisfecho como debía de estarlo el pequeño Porro cuando su abuela le tenía la comida lista al volver de entrenar.

Antonio Sauceda, su abuelo, sigue recordando aquellos años con la misma nitidez que su nieto. Aquel niño que lloraba por irse con ellos terminó convirtiendo esa casa, esas calles y ese pueblo en el lugar al que siempre vuelve, con o sin medalla de por medio.