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El refugio de Silvia Intxaurrondo (46 años) es un pueblo vasco de paisaje "inhóspito" en Las Encartaciones: "Soy feliz en el pueblo donde se crio mi padre"

La presentadora de La hora de La 1 eligió Sopuerta para ambientar su primera novela porque ese valle minero y medieval del noroeste de Vizcaya no es un escenario inventado: es el pueblo donde se crió su padre, el lugar donde los veranos de infancia dejaron una huella que acabó convirtiéndose en literatura. Las Encartaciones esperan al viajero con la misma mezcla de misterio y arraigo que recorre las páginas de Solas en el silencio.

Un precioso pueblo de Euskadi que tiene el corazón de la famosa periodista.

Un precioso pueblo de Euskadi que tiene el corazón de la famosa periodista. / Istock

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Pocas veces una novela de debut encierra una declaración de amor tan precisa a un lugar. Cuando Silvia Intxaurrondo publicó Solas en el silencio (HarperCollins Ibérica, 2025), los lectores encontraron un rural noir ambientado en un municipio del noroeste de Vizcaya que muchos tuvieron que buscar en el mapa. Sopuerta. Un nombre que no suena a postal turística ni a destino de fin de semana, sino a algo más antiguo, más quieto, más verdadero. Eso era exactamente lo que buscaba la periodista: "Necesitaba un municipio que recogiese aislamiento pero que a la vez yo lo conociese bien", ha contado en más de una ocasión. Y lo conoce bien porque es el municipio en el que se crió su padre.

Iglesia de Santa Maria de Sopuerta.

Iglesia de Santa Maria de Sopuerta. / Turismo de Euskadi

Intxaurrondo es hoy una de las caras más reconocibles del periodismo televisivo español. Codirectora y copresentadora de La hora de La 1 en TVE desde 2021, baracaldesa de nacimiento, criada en Santurtzi, afincada en Madrid. El perfil habitual de quien ha dejado atrás el norte húmedo para instalarse en la capital. Pero hay lugares que no se abandonan aunque uno se marche. Cuando en 2025 volvió a Sopuerta para presentar su libro ante los vecinos, los describió como "pueblo de novela" —y lo dijo con la seguridad de quien sabe que esas dos palabras resumen algo que no necesita más explicación. Ese regreso fue también, de algún modo, el de una viajera que nunca se fue del todo.

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El paisaje y la historia: cuando el invierno lo cubre todo

Hay valles del País Vasco que invitan, y valles que exigen. Sopuerta pertenece a los segundos. El municipio ocupa un territorio montañoso en la comarca de Las Encartaciones, a unos treinta kilómetros de Bilbao, surcado por el río Mercadillo y encerrado entre el monte Alén —que alcanza los 805 metros— y las cumbres de Mello y Longuitas. En invierno, la humedad se instala en el valle con una determinación que los forasteros encuentran severa. La propia Intxaurrondo lo ha reconocido sin rodeos: es "un paisaje inhóspito, digamos, en algunos momentos del invierno". No es queja. Es descripción. Y es exactamente ese carácter áspero el que convierte a Sopuerta en el escenario perfecto para una novela de misterio con raíces en la tierra.

Casa de Juntas de Abellaneda, en Sopuerta.

Casa de Juntas de Abellaneda, en Sopuerta. / Turismo de Euskadi

Pero el invierno no lo es todo. Las laderas se pueblan de roble y castaño, los caseríos aparecen dispersos en barrios que parecen independientes entre sí, y el territorio guarda una historia densa que el viajero curioso puede rastrear capa a capa. La comarca de Las Encartaciones fue durante el siglo XIX y buena parte del XX una zona de extracción minera intensa —hierro, principalmente— que transformó el paisaje y la demografía de estos valles. De esa época quedan los hornos de calcinación del barrio de El Castaño, declarados monumentos artísticos, y la Vía Verde Montes de Hierro, que recupera el antiguo trazado del ferrocarril minero y ofrece hoy uno de los recorridos más singulares del noroeste vizcaíno: varios kilómetros de ruta entre bosques, túneles y viaductos que cuentan, sin palabras, lo que fue esta tierra.

Valles en Sopuerta.

Valles en Sopuerta. / Turismo de Euskadi

Antes de las minas, la historia. El barrio de Avellaneda conserva la Casa de Juntas, un edificio de origen medieval —siglos XIV al XVI— donde los pueblos de Las Encartaciones celebraban sus asambleas forales, hoy convertido en Museo de las Encartaciones. Es uno de esos lugares que condensan el carácter de una comarca entera: austero, sobrio, construido para durar. Por el municipio se reparten también varias torres banderizas medievales —Garay, Loizaga, Puente, Urrutia— que recuerdan que estas tierras no siempre fueron tan silenciosas como parecen. Toda esa densidad histórica, esa sensación de que el suelo guarda más de lo que muestra, es el sustrato sobre el que Intxaurrondo construyó su ficción.

El vínculo familiar: la calle de la abuela y el caserío del padre

Los escritores de primera novela suelen tirar de lo que conocen. Intxaurrondo tiró de lo que quiere. Sopuerta no es un lugar elegido por su fotogenia ni por su accesibilidad, sino por algo más difícil de articular: pertenece a su memoria más temprana. "La calle de mi abuela La italiana, el bar del pueblo o el barrio de las casas donde mi padre tenía el caserío", ha referido la periodista al hablar de los materiales con los que construyó la novela. Son detalles que no se inventan. La calle de una abuela con apodo. El bar de pueblo, ese espacio que en los municipios pequeños funciona como plaza pública, notaría y archivo oral a la vez. El caserío del padre, con todo lo que esa palabra implica en el País Vasco: tierra, trabajo, continuidad, identidad.

Iglesia de San Pedro, Sopuerta.

Iglesia de San Pedro, Sopuerta. / Turismo de Euskadi

Esos veranos de infancia en Sopuerta dejaron la clase de poso que solo se acumula en la niñez, cuando los lugares se perciben con una intensidad que el adulto rara vez recupera. Intxaurrondo la recuperó escribiendo. Solas en el silencio no es una novela de turismo sentimental, sino un rural noir —un género que en los últimos años ha encontrado en el norte peninsular un terreno especialmente fértil—, pero el conocimiento del lugar que destila solo se adquiere viviendo, no investigando.

Para el viajero que llegue a Sopuerta con el libro bajo el brazo, la Casa de Juntas de Avellaneda y el Museo de las Encartaciones son la puerta de entrada natural a la memoria colectiva de esta comarca. El museo recorre la historia foral, etnográfica y social de Las Encartaciones con una perspectiva que permite entender por qué estos valles funcionaron durante siglos con lógicas propias, distintas a las del resto del señorío de Vizcaya. Es ese carácter diferencial —geográfico, histórico, humano— el que los convierte en un destino con personalidad propia, no en una variante del turismo rural genérico.

Cómo llegar, qué ver y qué comer en Las Encartaciones: el cocido ferroviario y las mesas

Sopuerta queda a unos 30 kilómetros de Bilbao por carretera —menos de media hora en condiciones normales—, lo que lo convierte en un destino perfectamente combinable con una noche o dos en la capital vizcaína. Desde Bilbao se toma la A-8 dirección Santander y se desvía hacia Las Encartaciones por Zalla o Balmaseda, según el punto de entrada que se prefiera. El valle se abre gradualmente y el cambio de paisaje es inmediato: se deja atrás la ciudad y se entra en un territorio donde la escala es otra.

Una vez en la comarca, la ruta patrimonial tiene varios anclas. La Casa de Juntas y el Museo de las Encartaciones en Avellaneda es visita obligada. Las torres medievales —especialmente la de Garay, bien conservada— ofrecen una perspectiva sobre la arquitectura defensiva de los linajes banderizos. La Torre de Loizaga, también en Las Encartaciones aunque fuera del término municipal estricto de Sopuerta, alberga supuestamente la mayor colección de Rolls-Royce del mundo con todos los modelos Phantom. La Vía Verde Montes de Hierro es ideal para recorrer en bicicleta o a pie: atraviesa túneles del antiguo ferrocarril minero y ofrece vistas sobre el valle que justifican por sí solas el desvío.

Para comer, Las Encartaciones tienen un plato que funciona como tarjeta de presentación: el cocido ferroviario. Alubias con sacramentos —tocino, chorizo, morcilla— cocinado históricamente al calor del carbón, plato de mineros y ferroviarios que ha sobrevivido a la desaparición de las minas con toda su contundencia intacta. Es comida de sitio, de clima, de historia: exactamente lo que uno espera de una comarca que no ha suavizado sus aristas para gustar a nadie. En Sopuerta, el Restaurante Mendiondo —referenciado en Guía Repsol por su cocina de proximidad con productos autóctonos— y el Hotel-Restaurante Batzarki, establecimiento de referencia en la comarca, son las dos opciones más sólidas para sentarse a la mesa sin improvisar. Los mercados locales de la zona son conocidos por el queso de oveja, la miel y la sidra de Las Encartaciones, que tiene su propia personalidad frente a la sidra asturiana: más ácida, más mineral, con el carácter del norte húmedo.

Quien llegue buscando el Sopuerta de Intxaurrondo —la calle de la abuela, el bar, el caserío— no va a encontrar una ruta señalizada ni un circuito literario. Va a encontrar un pueblo que sigue siendo lo que era: discreto, montañoso, ajeno a la escenificación turística. Y eso, en 2026, es casi un lujo.