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El refugio de Rozalén (40 años) es el "pueblo de las cascadas" al que ha vuelto a vivir tras frenar su carrera: "Necesito estar en mi pueblo, con la gente que quiero"

Tras quince años, casi 700 conciertos y un Goya, Rozalén ha hecho lo que pocos se atreven en pleno éxito: parar, y volver a Letur, el pueblo albaceteño donde se crió y donde todo empezó.

Este precioso pueblo repleto de agua es el refugio de la cantante.

Este precioso pueblo repleto de agua es el refugio de la cantante. / Istock

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El vídeo no duraba ni tres minutos y lo cambió todo. A principios de diciembre, Rozalén se sentó frente a la cámara de su móvil y anunció a sus seguidores que, a partir del 1 de enero de 2026, paraba. Sin fecha de vuelta. Quería "parar, descansar, reflexionar, masticar y digerir" todo lo vivido en una carrera que no se había detenido en quince años. Hablaba sin dramatismo, pero reconocía algo que casi nunca se dice en voz alta desde el escenario: "Estoy feliz, estoy orgullosa, pero también siento mucho, mucho agotamiento emocional".

Cascada en la localidad de Letur

Cascada en la localidad de Letur / Istock / ROBERTO Fernandez

Hablamos de una de las voces más respetadas de la música española: Premio Goya a la Mejor Canción Original, Premio Nacional de las Músicas Actuales, varios galardones de la Academia de la Música, cinco nominaciones a los Latin Grammy, seis discos y un debut teatral encarnando a Chavela Vargas. Y, sin embargo, lo que pedía no era un escenario más grande, sino lo contrario. "Necesito estar en casa, en mi pueblo, con la gente que quiero y a la que no he dedicado el tiempo suficiente", dijo. Ese pueblo tiene nombre, y no es Madrid ni Albacete capital: es Letur, un municipio diminuto encajado en la Sierra del Segura, al que ha vuelto a vivir y donde, medio año después, su descanso sigue activo.

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Martín Álvarez

Letur, la raíz que viene de un cura y una cantante de copla

Para entender por qué Letur, hay que remontarse a antes de que existiera Rozalén. Su padre, Cristóbal, llegó al pueblo en los años setenta como sacerdote, procedente de Balazote. Allí conoció a Angelita, una joven que cantaba copla y a la que en toda la comarca conocían como Angelita de Letur. Él colgó los hábitos por amor; de aquella historia nacieron una familia y una vocación. La propia artista lo ha resumido con una imagen difícil de mejorar: se crió en Letur, el pueblo de su madre, escuchándola cantar desde la cuna. La música no le llegó después; le llegó de casa.

Calle antigua en la ciudad de Letur, Castilla La Mancha

Calle antigua en la ciudad de Letur, Castilla La Mancha / Istock

El pueblo que la formó es de los que se ganan a la primera curva. El caserío trepa escalonado por la ladera, con calles estrechas y empinadas, coronado por un castillo de origen islámico y por la iglesia de la Asunción. A sus puertas se abre el Parque Natural de los Calares del Mundo y de la Sima, todo pinares, ramblas y barrancos. Es uno de los rincones más hermosos del sureste manchego, y Rozalén nunca lo ha tratado como un decorado de postal: lleva años peleando por él. Su festival, Leturalma, nació precisamente para plantar cara a la despoblación rural y ha convertido a este pueblo de apenas un millar de habitantes en un punto de encuentro musical cada verano.

Iglesia de Letur, en Albacete.

Iglesia de Letur, en Albacete. / Istock

Por eso su regreso, ahora, pesa más. El 29 de octubre de 2024, una DANA arrasó Letur. Seis vecinos perdieron la vida en la riada, que además destrozó el casco histórico del municipio. Un año después, el pueblo volvió a reunirse en la Plaza Mayor, bajo la lluvia, para recordarlos. No es casualidad que Rozalén haya decidido frenar y estar cerca justo cuando su pueblo sigue reconstruyéndose. Ella misma ha expresado, ante la tragedia, la impotencia de no encontrar palabras que alivien. Su vuelta no es un gesto turístico; es estar donde toca.

Un pueblo donde no hace falta actuar

Quien ha visto a Rozalén llenar un teatro sabe el ritmo que eso exige: promoción, giras, focos, redes, el cuerpo siempre en marcha. Lo que buscaba al parar era exactamente lo que Letur le ofrece y un escenario no: silencio. En su anuncio lo enumeró casi como una receta. Quería "viajar sin trabajar", recuperar el silencio, devorar libros y volver sin presiones, guiándose solo por sus emociones. Y dejó una frase que funciona como brújula de toda la decisión: "Parar también es una forma de seguir".

Fuente en Letur.

Fuente en Letur. / Istock

Aquí, lejos de los focos, no es una artista premiada: es la hija de Angelita, una vecina más que baja a por el pan y saluda por la calle. Cuando le preguntaron si el silencio era definitivo, lo descartó de plano: "No, por favor, qué va", y prefirió no marcarse plazos. "Me queda este mes y después no sé qué va a pasar, y me encanta no saber qué va a pasar", dijo entonces. Incluso defendió a otras compañeras que han frenado, como India Martínez, con una naturalidad reveladora: "Es normal. Nuestra profesión es igual que la de todos".

En verano, esa vida cotidiana tiene un epicentro: el Charco Pataco, una zona de baño natural con cascadas, cuevas y puentes en pleno casco urbano, donde el agua baja fría aun en agosto. Letur no esconde sus heridas ni su problema de fondo, el mismo que Rozalén combate desde hace años: el de los pueblos que se vacían. Quien venga lo notará. Pero verá también un sitio vivo, terco, que se niega a desaparecer.

Embalse del Cenajo, en Letur.

Embalse del Cenajo, en Letur. / Istock

Cómo llegar, qué ver y qué comer en Letur

Se llega bien desde Albacete capital, por la A-30 y carreteras comarcales, en algo más de hora y media; desde Murcia, frontera natural de la comarca, se tarda algo menos. Conviene bajar del coche en la parte alta y dejarse caer a pie por las callejas. Lo imprescindible: el Charco Pataco con sus cascadas y cuevas, el castillo medieval que corona el pueblo, la iglesia de la Asunción y, a las puertas, el Parque Natural de los Calares del Mundo y de la Sima, para quien quiera caminar de verdad.

Si vas a Letur verás siempre una cosa: mucha agua.

Si vas a Letur verás siempre una cosa: mucha agua. / Istock

La cocina es de sierra, contundente y honesta. El plato fuerte es el gazpacho manchego, también llamado galiano: nada que ver con el andaluz frío, sino un guiso de caza que se come sobre torta cenceña. A su lado, el ajoharina, los embutidos artesanos serranos y el cordero segureño, seña de identidad de toda la comarca. Una advertencia necesaria: dado el impacto de la DANA en la actividad del pueblo, conviene confirmar antes del viaje qué establecimientos están operativos. Y un apunte que aquí no es retórico: comer y gastar en Letur es, hoy, una forma directa de echar una mano en su recuperación.

Rozalén lo dijo a su manera, sin grandilocuencia: se va a tomar su "descanso de la guerrera". Que ese descanso sea precisamente aquí, y precisamente ahora, dice tanto de ella como de Letur.