El refugio de Rosario Flores (62 años) es una pedanía gaditana de 480 habitantes: caminos de tierra, dunas vírgenes y el Faro de Trafalgar como único vecino en el horizonte
No hay avenidas ni carteles luminosos en el rincón de Cádiz donde la cantante desconecta cada verano. Solo un puñado de casas, dunas y el Atlántico a un paso de la puerta.

Desde su infancia, este refugio en el extremo sur de la Península conforma su lugar de confianza. / Istock
Rosario Flores lleva un año subida a los escenarios de medio país presentando "Universo de Ley", el disco-gira con el que ha vuelto a grabar sus primeros éxitos a dúo con otras voces de la música hispana, treinta y tres años después de "De Ley". Entre fecha y fecha —este verano suma parada en Almodóvar del Campo el 11 de julio y en el Festival Jardins Terramar de Sitges el 10 de agosto—, hay un lugar al que la artista vuelve sin excepción cuando el calendario se lo permite, y que no tiene nada que ver con escenarios ni focos.

Adriana Fernández
Cádiz es, para Rosario, mucho más que geografía. Es la tierra de su madre, Lola Flores, nacida en Jerez de la Frontera, y también la tierra de su hermano Antonio, cuya música sigue sonando como hilo conductor de la familia. Es el escenario donde cada verano se reúne el clan al completo, y donde la artista deja de ser la voz que llena pabellones para convertirse, simplemente, en una vecina más. "En mi casa de Cádiz. Nos pilló allí y, gracias a Dios, hemos estado en el campo", contaba a ¡Hola! recordando el confinamiento, y esa misma casa —discreta, sin nombre en ningún cartel— sigue siendo hoy su punto de fuga particular, el lugar al que regresa entre concierto y concierto para, como ella misma ha resumido en más de una entrevista, dejar de ser un personaje y volver a ser persona.

Costa atlántica cerca de Barbate / Istock
El pueblo que no quiere ser pueblo
Zahora no aparece en las guías con letra grande. Es una pedanía de Barbate, en la comarca de La Janda, con apenas 480 habitantes repartidos entre chalets bajos y huertas, y a la que se llega por carriles de tierra donde el asfalto se rinde antes de tiempo. No hay paseo marítimo, ni hoteles de cadena, ni la promesa de vida nocturna que persigue a otros puntos de la Costa de la Luz. Lo que hay es una playa de arena fina apoyada en el Tómbolo de Trafalgar, con un sistema dunar que la mantiene casi virgen, y el Faro de Trafalgar dominando el horizonte como única referencia vertical en kilómetros de costa plana.

Parque Natural La Breña y Marismas del Barbate, Barbate / Istock
Rosario tiene casa en Zahora desde hace unos cinco años, en primera línea de playa y con vistas directas al faro. Una vivienda de estilo andaluz, muros encalados y techos de madera, pensada más para vivir puertas adentro que para exhibirse. Allí, según ha contado en distintas ocasiones, "a mis hijos no los conoce nadie. Ser famosa te marca. Y para mí sería muy egoísta hacerles a ellos famosos". Esa misma lógica —la de un lugar sin cámaras donde nadie pide una foto— es la que explica por qué una artista con casas posibles en cualquier rincón del mundo elige un núcleo de población que ni siquiera tiene ayuntamiento propio. En Zahora, Rosario compra el pan donde compra todo el mundo, y su presencia genera, como mucho, un saludo desde la otra acera del carril de tierra.

Playa de Los Caños de Meca / Istock
Lo que rodea al refugio
A tres kilómetros, Los Caños de Meca conserva desde los años setenta un espíritu hippie que nunca ha terminado de irse: playas salvajes, puestas de sol convertidas casi en ritual y la Hierbabuena como su arenal más fotografiado. Entre ambos núcleos se extiende el Parque Natural de La Breña y Marismas del Barbate, cinco mil hectáreas de pinares y acantilados donde el sendero litoral regala una de las caminatas costeras más completas de Andalucía, con el mar rompiendo abajo durante buena parte del trayecto y tramos de bosque mediterráneo que ofrecen sombra justo cuando más se necesita.

Parque Natural La Breña y Marismas del Barbate, Barbate / Istock / 5
El Cabo Trafalgar merece parada aparte: aquí se libró en 1805 la batalla naval que cambió el equilibrio de poder en el Atlántico, y hoy el faro blanco que corona el cabo es tan mirador como monumento, con el Estrecho abriéndose al fondo en los días claros y, con suerte, la costa africana insinuándose en el horizonte. Y a veinte minutos en coche, Vejer de la Frontera ofrece el contrapunto urbano: un pueblo blanco encaramado en una colina, de callejeo medieval y ambiente que combina tradición y vida cosmopolita, con el mercado de La Corredera como parada obligada para quien busca algo más que playa y quiera perderse un par de horas entre tiendas de artesanía y terrazas con vistas a la vega.

Faro de Trafalgar en Caños de Meca / Istock / Alejandro Tapia
Cómo organizar una escapada
Llegar hasta aquí no es complicado, aunque exige coche: desde Sevilla, la carretera se resuelve en hora y media; desde Madrid, en torno a tres horas. No hay estación de tren cercana, así que la ruta por carretera es, en la práctica, la única opción razonable, y conviene calcular tiempo de sobra en los meses de más tráfico veraniego en la N-340.
Para comer, Venta Curro es la referencia clásica de la zona, con parrilladas y marisco fresco que llevan años llenando su terraza —las albóndigas de choco y gamba son de esos platos que no aparecen en todas las cartas de la comarca—; Arohaz completa la oferta con cocina mediterránea bien resuelta y buena relación calidad-precio. Quien busque solo un cóctel frente al mar al caer la tarde encontrará en los chiringuitos de la playa, como La Palapa, el ambiente informal propio de la costa gaditana en verano, con mojitos generosos y la banda sonora de fondo que solo pone el propio Atlántico. El producto de referencia sigue siendo el atún rojo de almadraba de Barbate, en temporada entre abril y junio, cuando los restaurantes del puerto trabajan la pieza entera de mil maneras distintas: tartar, mojama, encebollado o a la plancha con un chorrito de aceite y poco más, porque en esta costa el mejor condimento suele ser no estropear la materia prima.
La mejor época depende de lo que se busque: mayo y junio combinan atún de temporada y playas todavía tranquilas; julio y agosto garantizan el mejor clima, aunque agosto —coincidiendo, no por casualidad, con la reunión anual de la familia Flores— es también el mes de más afluencia. Quien prefiera Zahora sin gente, la primavera sigue siendo la apuesta más segura, con noches ya templadas pero sin las colas de julio para conseguir mesa.