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El refugio de Roger Federer (44 años) está en la "Isla de la Calma": el destino balear al que siempre vuelve por su amistad con Rafa Nadal

Cada visita del suizo a Mallorca tiene el mismo origen: una amistad que sobrevivió a la rivalidad y que lo trae de vuelta, año tras año, a la isla de su gran rival.

El refugio de Federer es una preciosa isla de las Baleares.

El refugio de Federer es una preciosa isla de las Baleares. / Istock

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Roger Federer va a vivir un mes de agosto cargado de simbolismo. El 27 llegará a Newport para ser investido en el Salón de la Fama del Tenis, un honor reservado a los nombres que ya pertenecen a la historia del deporte y que él recibe en su primer año de elegibilidad, con veinte Grand Slams y 310 semanas como número uno a sus espaldas. Pero antes de esa cita en Rhode Island, el suizo ya había hecho otra parada, mucho menos protocolaria y bastante más personal: una vuelta a Mallorca para conocer el nuevo Rafa Nadal Museum, recién renovado en la Rafa Nadal Academy de Manacor.

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Adriana Fernández

No fue la primera vez ni será la última. Federer lleva años regresando a la isla, casi siempre por el mismo motivo: Rafael Nadal. Esta vez su amigo y eterno rival no pudo acompañarlo en el recorrido, así que fue el propio padre de Nadal, Sebastián, quien le hizo de anfitrión por las nuevas salas del museo, entre ellas una dedicada al llamado Big Three, que reúne memorabilia y contenido audiovisual de Federer, Nadal y Djokovic. "Es maravilloso ver todo esto. Es precioso", resumió el suizo al terminar la visita. Ninguna declaración suya vincula a Mallorca con una casa propia ni con planes de instalarse en la isla: lo que hay, documentado y repetido, es un patrón de visitas, de golf compartido y de cariño por un lugar que para él, sin necesidad de decirlo, funciona como refugio.

Roger Federer en las aguas de Mallorca.

Roger Federer en las aguas de Mallorca. / Gtres

El nombre que le puso un pintor

Mucho antes de que el tenis convirtiera a Mallorca en escenario de photocalls y visitas de leyendas retiradas, la isla ya tenía un apodo que la definía mejor que cualquier titular: la Isla de la Calma. Se lo debe a Santiago Rusiñol, pintor y escritor catalán que llegó por primera vez en 1893 y quedó atrapado por algo que no supo encontrar en ningún otro sitio: un ritmo de vida que parecía haberse detenido antes de que el siglo XX empezara a acelerarlo todo. Volvió varias veces, se quedó largas temporadas, y de esas estancias nació "L'illa de la calma", publicado en 1913 y ampliado en 1922, un libro que es mitad crónica de viajes y mitad manifiesto contra el ruido de la vida moderna.

Cala Contesa en Mallorca.

Cala Contesa en Mallorca. / Istock

En el prólogo, Rusiñol invitaba al lector "aturdido por los ruidos que comporta la civilidad" a seguirlo a una isla donde "los hombres nunca tienen prisa" y donde "el sol se queda más tiempo y la señora Luna camina más lentamente". No era solo literatura bonita: era una crítica directa a la sociedad industrial que él mismo había vivido y rechazado en Barcelona. Mallorca se convirtió, en su relato, en el reverso exacto de todo lo que consideraba enfermo en la vida urbana.

Port de Sóller, Mallorca.

Port de Sóller, Mallorca. / Istock / Markus Mainka

El apodo sobrevivió al siglo, aunque hoy suene casi irónico. En 2023 la isla recibió 17,8 millones de turistas, una cifra que Rusiñol jamás habría podido imaginar y que convive de forma incómoda con la calma que él describía. Y sin embargo, el sobrenombre sigue vivo, quizá porque esa calma nunca desapareció del todo: se retiró a los rincones donde el turismo de masas no llega con la misma intensidad, a los pueblos de la Sierra de Tramuntana, a las tardes largas de la costa noroeste. Es ahí, más que en Palma, donde el visitante todavía puede encontrar algo parecido a lo que enamoró al pintor.

Catedral, sierra y monasterio: la Mallorca que no cambia

Palma concentra el patrimonio más monumental de la isla, empezando por la Catedral de Mallorca, conocida como La Seu, una de las construcciones góticas más imponentes del Mediterráneo, levantada entre los siglos XIII y XVII sobre un acantilado que mira al mar. Su rosetón mayor, uno de los más grandes del gótico europeo, y la intervención que Antoni Gaudí hizo en su interior a principios del siglo XX la convierten en parada obligada, aunque solo sea para verla desde el Parc de la Mar al atardecer.

Cómo recorrer la isla

A Mallorca se llega en avión hasta el aeropuerto de Palma (PMI), con conexiones directas desde la práctica totalidad de aeropuertos españoles y buena parte de los europeos, o en ferry desde Barcelona, Valencia o Dénia para quien prefiera llevar coche. Una vez en la isla, moverse en vehículo propio es casi imprescindible para asomarse a la Sierra de Tramuntana con calma, aunque también existen líneas de autobús y el tren histórico entre Palma y Sóller para quien busque una experiencia más pausada.

Sierra de Tramuntana.

Sierra de Tramuntana. / Istock

Detrás de la ciudad se levanta la Sierra de Tramuntana, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, un cordón montañoso que recorre toda la costa noroeste y que concentra los pueblos que mejor conservan el espíritu que describía Rusiñol. Valldemossa es el más conocido, con su cartuja convertida en museo y su vínculo con Chopin y George Sand, que pasaron allí el invierno de 1838 y dejaron una huella que la localidad no ha dejado de explotar desde entonces, sin perder por ello su encanto de piedra y calle estrecha. Sóller, algo más al norte, ofrece otro registro: naranjos, un tranvía centenario y un puerto que todavía huele a pueblo de pescadores. Y no muy lejos de Valldemossa se pueden visitar los Jardines de Raixa, una finca del siglo XVIII con terrazas y estatuas que el propio Rusiñol llegó a pintar, prueba de que su idea de Mallorca sigue teniendo un lugar físico donde comprobarse.