El refugio de Roberto Brasero (55 años) lleva casi diez años en la costa norte: "A mí me encanta el mar... siempre que puedo me escapo al mar en verano y en invierno"
El meteorólogo de Antena 3 repite desde hace casi una década el mismo rincón del Cantábrico. Y no solo cuando aprieta el calor.

Brasero es de interior, y quizá sea por eso que siempre busca volver al mar. / Istock
Roberto Brasero lleva desde 2005 delante del mapa de Antena 3, y en todo ese tiempo ha explicado casi cualquier verano imaginable: los tórridos, los que se rompían a mediados de agosto, los que no terminaban de arrancar... y quien le siga a diario habrá reparado en una costumbre suya que sucede a cada programa: cada cierto tiempo, la previsión acaba con una fotografía de Santander, y esto, no era improvisado.

Adriana Fernández
A los 55 años, el hombre del tiempo más reconocible de la televisión española tiene un sitio propio, y ese sitio no está en Madrid. Su vida cotidiana transcurre en la capital, entre el plató, los micrófonos de Onda Cero y las colaboraciones en televisión, pero el lugar al que vuelve queda seiscientos kilómetros más al norte, en la costa de Cantabria. Lleva casi diez años haciéndolo, verano tras verano: "A mí me encanta el mar... siempre que puedo me escapo al mar en verano y en invierno", ha llegado a decir.

Faro en Santander / Istock / Dzinnik Darius
El Sardinero, la playa donde España aprendió a veranear
El Sardinero son mil trescientos metros de arena partidos en dos por los Jardines de Piquío, que quedan colgados justo en el punto donde la playa se estrecha. A un lado, la Primera, más ancha y más concurrida. Al otro, la Segunda, que se estira hacia Mataleñas y donde el oleaje ya empieza a notarse. Detrás, un paseo marítimo continuo con hoteles, terrazas y el Gran Casino presidiendo la plaza de Italia.

Catedral Basílica de Santander / Istock
Santander veraneaba cuando el resto de España todavía huía del mar. La costumbre de bañarse por recomendación médica llegó aquí antes que a casi ningún sitio, y la ciudad remató la jugada regalándole a Alfonso XIII un palacio sobre la península de la Magdalena. La corte lo siguió, y con la corte llegaron los hoteles, el casino y la idea de que el norte también servía para descansar.

Palacio de la Magdalena / Istock
La península de la Magdalena es parque público y se rodea a pie en media hora, con el palacio arriba y los leones marinos abajo. Desde allí, el paseo marítimo lleva hasta El Sardinero sin coger el coche. En dirección contraria queda el Centro Botín, el edificio de Renzo Piano que abrió en 2017 sobre los Jardines de Pereda y cuyas pasarelas exteriores se pueden pisar sin pagar entrada. Y a cinco minutos, el Mercado de la Esperanza, hierro y cristal de 1904, donde se ve de golpe lo que da la región: anchoas de Santoña, bonito y quesos de picón.

Centro Botín / Istock
Brasero ha declarado su predilección por tres cosas de la cocina cántabra: sobaos, quesadas y cocido montañés. Ninguna de las tres es comida de verano. El sobao pasiego salió de los valles del interior como alimento de pastores —harina, mantequilla, huevo y azúcar— y tardó casi un siglo en cruzar la frontera de la región; para probarlo, Sobaos y Quesadas Luca, en Amos de Escalante 10. La quesada es su versión densa, más antigua todavía. Y el cocido montañés no lleva garbanzos sino alubias blancas y berza, con chorizo, morcilla, tocino y costilla, y se come cuando la niebla no levanta en todo el día. Para probarlo, Casa Mariano, en Vargas 23, a precio de menú de barrio y en cantidades que obligan a replantearse la tarde. Y para cenar cocina cántabra sin adornos, Bodega Fuente Dé, en Peña Herbosa 5, con anchoas y quesos de la zona.
Un fin de semana en la bahía
El tren desde Madrid tarda algo menos de cuatro horas y media y deja en pleno centro, a diez minutos andando de los Jardines de Pereda. En coche son seis largas por la A-1 y la A-67.
Con dos días da tiempo a lo esencial: la Magdalena y baño en la Primera por la mañana, Centro Botín y Puertochico por la tarde, y el domingo el faro de Cabo Mayor, en pie desde 1839 sobre los acantilados, con la senda costera de vuelta hasta Mataleñas. Ahí el litoral urbano se termina y empieza el Cantábrico de verdad.
Casi una década después de aquel primer verano, Brasero sigue bajando al norte con la misma insistencia, y sigue enseñando en pantalla fotografías de una bahía que no es la suya por nacimiento pero sí por elección. "A mí me encanta el mar", decía en entrevista con medios, "siempre que puedo me escapo al mar en verano y en invierno".
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