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El refugio de Ramón García (64 años) es la villa marinera de su infancia, a media hora de su Bilbao natal, con una "Puebla Vieja" medieval y la playa más larga de la región: "Eso sí que eran vacaciones"

No es el escondite del presentador que huye de los focos: es el pueblo donde un niño con katiuskas y bicicleta roja aprendió lo que significaba de verdad estar de vacaciones.

Pese a haber nacido en Bilbao, el presentador no olvida los veranos infinitos en esta villa marinera.

Pese a haber nacido en Bilbao, el presentador no olvida los veranos infinitos en esta villa marinera. / Istock

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Este verano, Ramón García vuelve a presentar El Grand Prix, que cumple 30 años en antena junto a Lalachus y con el debut de Gorka Rodríguez como primer copresentador masculino del concurso. Entre plató y plató, el bilbaíno sigue reservando un hueco para escaparse cada verano a un pueblo que conoció mucho antes de convertirse en el rostro de las campanadas: Laredo, la villa marinera cántabra donde pasaba los veranos de su infancia junto a sus abuelos.

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Allí, a media hora en coche de su Bilbao natal, el presentador era solo uno más de los niños que llenaban las calles empedradas de la Puebla Vieja, entre carreras, juegos y recuerdos que él mismo describió en una entrevista con El Correo: "Nos íbamos -en referencia a sus hermanas- con mis abuelos justo después de acabar el colegio y ya no volvíamos a Bilbao hasta mediados de septiembre. ¡Tres meses enteros! Eso sí que eran vacaciones».

Laredo, Cantábria

Laredo, Cantabria / Istock

La bicicleta roja, los amigos y las katiuskas

El corazón de esos veranos tenía una imagen concreta: una bicicleta BH roja con la que recorría el muicipio costero de punta a punta, mientras sus amigos de la infancia, Koldo y Joselu, pedaleaban a su lado en bicicletas de otros colores. Las tardes solían terminar en La Valenciana, donde caía el helado obligatorio antes de bajar a la playa, un ritual que se repetía casi cada día hasta la vuelta en septiembre, sobre unas calles que, a día de hoy, permanecen prácticamente intactas: el núcleo medieval de Laredo, declarada Conjunto Histórico-Artístico en 1970, conserva las seis calles originales trazadas en el siglo XIII, además de restos de la antigua muralla que protegía la villa.

Playa de Laredo

Playa de Laredo / Istock

En el centro de esta Puebla Vieja se levanta la iglesia de Santa María de la Asunción, un templo gótico cuya construcción se prolongó entre los siglos XIII y XVIII, y que guarda en su interior un retablo flamenco de Belén. A los pies de ese conjunto histórico se extiende el otro gran tesoro del municipio: la playa de La Salvé, con más de 4 kilómetros de arena que la convierten en una de las más extensas de todo el litoral cántabro. Y si quieres obtener la mejor panorámica, asciende hasta la Atalaya, un miradore que hace de balcón a las vistas al completo de la bahía.

iglesia de Santa María de la Asunción, Laredo

iglesia de Santa María de la Asunción, Laredo / © 2010 Laredo / Ayuntamiento de Laredo

Saber cuándo mirar al cielo

No todo era sol, el Cantábrico tiene sus propias reglas, y en Laredo eso significaba katiuskas a mano por si las moscas. Esta manía hoy continúa instaurada en los cielos del municipio, y deberás tenerla en cuenta si no quieres que la nube te pille por sorpresa.

Laredo tiene, además, dos citas que marcan su calendario festivo: la Batalla de Flores, declarada de Interés Turístico Nacional y celebrada el último viernes de agosto, y el Desembarco de Carlos V, de Interés Turístico Regional, que revive a mediados de septiembre el histórico paso del emperador por sus costas, ambas citas que determinarán, no solo tu viaje, sino tu pronto regreso a la ciudad cántabra.

Desfile de la Batalla de las Flores, Laredo

Desfile de la Batalla de las Flores, Laredo / Istock

Llegar a mesa puesta

Laredo se encuentra a poco más de media hora del Bilbao natal del presentador, y a unos 50 kilómetros de Santander, lo que la convierte en una escapada fácil desde cualquiera de las dos capitales.

En la mesa, dos platos resumen la cocina cántabra de la zona: el marmitako, guiso marinero de bonito y patata, y el cocido montañés, más propio de los meses fríos pero presente en muchas cartas todo el año. Para probarlos, el restaurante La Viña, especializado en marisco y pesca propia en pleno casco antiguo, sigue en activo con buena valoración entre sus clientes. También El Pescador, junto a la playa continúa recibiendo reseñas recientes por sus rabas y mariscadas.