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El refugio de Pepe Rodríguez (58 años) es el pueblo donde nació entre fogones y del que nunca quiso irse: “Es donde he nacido, me he criado, donde he pasado mis momentos de infancia"

El chef de El Bohío y jurado de MasterChef mantiene un estrecho vínculo con esta localidad toledana donde dio sus primeros pasos en la cocina y donde sigue al frente del restaurante familiar.

El pueblo manchego al que Pepe Rodríguez siempre vuelve

El pueblo manchego al que Pepe Rodríguez siempre vuelve / iStock / GTres

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Aunque su nombre ha llegado a millones de hogares gracias a la televisión, Pepe Rodríguez nunca ha dejado de señalar a Illescas como el lugar que mejor lo define. Allí nació, allí aprendió el oficio en el restaurante familiar y allí decidió seguir construyendo una carrera que hoy figura entre las más reconocidas de la gastronomía española.

Iglesia de Santa María y Fuente de los Leones en Illescas, Toledo

Iglesia de Santa María y Fuente de los Leones en Illescas, Toledo / Wikimedia Commons / Zarateman

Su trayectoria profesional es más que reconocida gracias a MasterChef y a la cocina de autor de El Bohío, pero nunca ha dejado atrás el pueblo donde nació. "Es donde he nacido, me he criado y donde he pasado mis veranos de la infancia", ha explicado en distintas entrevistas al hablar de esta localidad donde la cocina forma parte de su historia mucho antes de que llegaran los focos.

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Adriana Fernández

Un restaurante familiar que no ha perdido su esencia

La historia de Pepe está íntimamente ligada a El Bohío. Valentina, la abuela del popular chef, abrió las puertas del restaurante en 1934 como una casa de comidas familiar. Según cuentan, Valentina llegó de Cuba a Illescas y al notar que en la carretera entre Madrid y Toledo no había ningún lugar donde “repostar” decidió abrir este restaurante para que todos parasen a probar su famosa receta de perdices escabechadas.

Pepe comenzó a trabajar allí siendo muy joven, con apenas 17 años, aprendiendo el oficio entre fogones antes de completar su formación con otros cocineros y regresar para hacerse cargo del negocio familiar. Eso sí, confiesa que nunca había tenido en la cabeza hacer de esto su profesión, pero la vida tenía otros planes para él.

Con el paso de los años, el restaurante evolucionó hacia una propuesta gastronómica de alta cocina basada en el producto manchego y en una reinterpretación contemporánea de la tradición. Aquí se reinventan "con respeto y cariño" platos tan tradicionales como las lentejas con butifarra, la sopa de ajo o la pringá del cocido.

Ese trabajo le permitió obtener una Estrella Michelin, reconocimiento que El Bohío mantiene desde 1999, convirtiéndose en uno de los grandes referentes gastronómicos de Castilla-La Mancha.

Pese a la proyección nacional e internacional alcanzada por el chef, nunca se planteó trasladar el restaurante a Madrid u otra gran ciudad, ya que la apuesta de Pepe siempre ha consistido en seguir desarrollando el proyecto allí donde comenzó la historia de su familia.

Illescas, una ciudad con mucha más historia de la que parece

El Bohío está a poco más de 35 kilómetros de Madrid, en Illescas. Y aunque haya ganado fama por el famoso restaurante, la localidad tiene un patrimonio que va mucho más allá de la gastronomía.

Santuario de Nuestra Señora de la Caridad

Santuario de Nuestra Señora de la Caridad / Wikimedia Commons

Uno de sus grandes atractivos es el Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, donde se conserva uno de los conjuntos más importantes de obras realizadas por El Greco fuera de la ciudad de Toledo. Además del retablo mayor, el artista pintó para este templo cinco lienzos (como La Virgen de la Caridad), considerados una referencia.

Torre de la Iglesia parroquial de la Asunción de Nuestra Señora de Illescas

Torre de la Iglesia parroquial de la Asunción de Nuestra Señora de Illescas / Wikimedia Commons / Guillermo Sánchez Madrigal

Si tienes la suerte de probar el restaurante, aprovecha para pasearte por el casco urbano de Illescas, que es bastante compacto. Podrás visitar la iglesia de la Asunción con su torre mudéjar, plazas tradicionales como la de los Infanzones y disfrutar del ambiente tranquilo de una localidad que ha sabido crecer sin perder completamente su identidad manchega.

Al estar a medio camino entre Madrid y Toledo, es una escapada muy sencilla para quienes buscan combinar patrimonio, gastronomía y cultura en una misma jornada. Un plan ideal para un día sería comenzar recorriendo el centro histórico y las obras de El Greco para terminar alrededor de la mesa.