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El refugio de Miguel Ángel Silvestre (44 años) es una ciudad mediterránea con una torre vigía del siglo XVI: tiene un casco histórico de aire modernista y el primer planetario de la Comunidad Valenciana

El actor de 'Sky Rojo' siempre vuelve a Castellón de la Plana, la ciudad donde creció. Mar, azahar y arroces para entender por qué un galán internacional no termina de soltar sus raíces.

Su refugio es una de las ciudades menos turísticas de España, pero también una de las más bonitas.

Su refugio es una de las ciudades menos turísticas de España, pero también una de las más bonitas. / Istock

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Pocos actores españoles de su generación han llegado tan lejos manteniendo un perfil tan bajo como Miguel Ángel Silvestre. Nacido en Castellón de la Plana el 6 de abril de 1982, empezó estudiando fisioterapia antes de que la interpretación se le cruzara en el camino, y de aquel chico que se dio a conocer como El Duque en Sin tetas no hay paraíso queda ya poco: por medio han pasado Velvet, la serie de las hermanas Wachowski Sense8, Narcos, 30 Monedas o Sky Rojo, además de su reciente salto al cine con La Fiera, sobre los pioneros del salto base en España. Una carrera de alcance internacional que, sin embargo, no le ha cambiado el acento ni el sitio al que regresa cuando se apagan los focos.

Catedral de Castellón y campanario

Catedral de Castellón y campanario / Istock / Vicente Sargues

Porque si por algo destaca Silvestre, más allá de los papeles, es por cómo gestiona la fama: con discreción, naturaleza y un apego casi terco a su tierra. Vive a caballo de Madrid por trabajo, pero presume de una finca rural en la provincia de Castellón donde practica el autoabastecimiento —"vivo en un bosque, en mitad del bosque", confesaba en una entrevista en 2024— y, sobre todo, vuelve siempre a la ciudad que lo vio crecer. Esa que huele a azahar y a salitre, y que para él tiene nombre de infancia.

Tiene un castillo de origen islámico, unas torres de acceso y esconde un conjunto de pinturas rupestres Patrimonio de la Humanidad: es el pueblo amurallado más bonito de España, y está en Castellón

Adriana Fernández

La ciudad a la que el actor no deja de volver

A Silvestre se le nota el orgullo de origen en cuanto habla de Castellón. Lo ha animado a sus seguidores sin rodeos —"descubrid este paraíso", ha escrito en redes junto a imágenes del litoral y del Desierto de las Palmas—, y a quien quiera escucharle le cuenta que pasear por sus calles es, sencillamente, volver a casa.

La torre de El Fadrí en Castellón de la Plana

La torre de El Fadrí en Castellón de la Plana / Istock

No hace falta, en todo caso, ningún testimonio para entender el tirón del sitio. Castellón de la Plana es una capital de provincia poco dada al postureo, de las que aún conservan un aire auténtico que las grandes ciudades han ido perdiendo. Tiene mar a un lado y montaña al otro, playas amplias y poco masificadas incluso en agosto, y un ritmo pausado que explica por qué alguien con la agenda de un actor internacional elige este rincón para recargar pilas. La ciudad nació arriba, en el cerro de la Magdalena, protegida por el Castell Vell, y bajó al llano a mediados del siglo XIII para crecer junto al Mediterráneo; cada marzo lo celebra con las fiestas de la Magdalena y su multitudinaria romería, en la que miles de castellonenses suben con cañas verdes al cerro de los orígenes.

Calle peatonal en la ciudad de Castellón de la Plana

Calle peatonal en la ciudad de Castellón de la Plana / Istock

Del Fadrí al planetario: qué ver en Castellón

El paseo por el casco histórico arranca, como casi todo en la ciudad, en la Plaza Mayor. Allí se alza el símbolo indiscutible de Castellón: el Fadrí, una torre campanario octogonal de finales del siglo XVI y unos sesenta metros de altura, curiosa por estar separada de la concatedral de Santa María —de ahí su nombre, que en valenciano significa "soltero"—. Quien tenga las piernas dispuestas puede subir sus más de doscientos escalones de caracol. A pocos pasos quedan la Llotja del Cànem, la antigua lonja del cáñamo del siglo XVII, y un puñado de edificios de sabor modernista que dan personalidad al centro: la plaza de la Independencia, conocida popularmente como la Farola, el llamativo edificio de Correos o el kiosco frente al Teatro Principal componen un recorrido amable para callejear sin prisa. Más a las afueras resiste la Torreta Alonso, una torre defensiva del siglo XVI levantada, como tantas en esta costa, para avisar de los ataques de los piratas berberiscos.

Vista en ángulo alto de Castellón de la Plana con el Ayuntamiento

Vista en ángulo alto de Castellón de la Plana con el Ayuntamiento / Istock / Sergio Formoso

La otra Castellón, la marinera, está en el Grao, el barrio del puerto, con su viejo faro, su paseo marítimo que se estira hasta Benicàssim y playas urbanas como la del Pinar o el Serradal. Y es ahí, junto al mar, donde aguarda una de las grandes curiosidades de la ciudad: el Planetario, inaugurado en 1991 y, en aquel momento, el primero de toda la Comunidad Valenciana. Su cúpula blanca de veinticinco metros, asomada al azul, se ha convertido en un símbolo del barrio; a sus pies recibe al visitante La Hembra del Mar, escultura del castellonense Juan Ripollés, y dentro esperan un péndulo de Foucault y el centro de interpretación de las Islas Columbretes, ese archipiélago volcánico que emerge frente a la costa y que es un paraíso para el submarinismo.

La Cocatedral de Santa María

La Cocatedral de Santa María / Istock / Lisa Strachan

En la mesa, mar y arroz

La cocina de Castellón es la coartada perfecta para alargar la visita. Manda el arroz en todas sus formas —el arroz a banda, con su caldo potente de pescado y su all i oli, es la apuesta segura—, y el barrio del Grao, frente al mar, concentra buena parte de las arrocerías donde pedirlo bien hecho; en temporada alta conviene reservar. Pero si hay un rito que define a la tribu local es el cremaet: un café con ron quemado, azúcar, canela y unos granos de café que acompaña el almuerzo de media mañana y que ningún viajero debería saltarse. Tomárselo en una terraza, con el rumor del Mediterráneo de fondo, es quizá la manera más sencilla de entender por qué Miguel Ángel Silvestre, con el mundo entero a sus pies, sigue volviendo aquí.