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El refugio de Loquillo (65 años) es una villa medieval amurallada con una ciudad subterránea de bodegas: "Aquí he encontrado una nueva fuerza, he encontrado profundidad"

Del barrio del Clot de Barcelona a una fortaleza medieval sobre los viñedos de la Rioja Alavesa: José María Sanz Beltrán, Loquillo, lleva décadas escapando para poder crear, y en Laguardia —villa amurallada, subterránea, de piedra y vino— ha encontrado por fin lo que andaba buscando.

Este precioso lugar de la Rioja Alavesa es el que guarda el refugio de Loquillo.

Este precioso lugar de la Rioja Alavesa es el que guarda el refugio de Loquillo. / Istock

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Cuatro décadas en los escenarios dejan una marca diferente a la de cualquier otra profesión. No es el cansancio —el cansancio en el rock se lleva con orgullo, como una cicatriz— sino algo más parecido a la saturación, a ese momento en que una ciudad que te formó empieza a pesarte más de lo que te sostiene. Loquillo lo vivió en Barcelona, el barrio del Clot, la ciudad que lo convirtió en icono desde que en 1980 empezara a construir una de las carreras más longevas del rock español. Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, Premio Ondas, Medalla de Honor de Barcelona, novelista, articulista, figura que ha llenado estadios y que a los 65 años sigue de gira. La leyenda, de puertas afuera, está perfectamente ensamblada. Por dentro, hubo un momento en que necesitó otro aire.

Vista de Laguardia, en La Rioja.

Vista de Laguardia, en La Rioja. / Istock

La primera escala fue San Sebastián. Loquillo describió esa mudanza con la honestidad descarnada de quien no tiene nada que demostrar: "Necesitaba un lugar que me devolviera la luz porque o me quedaba en Barcelona y me hundía, o escapaba, y yo me paso la vida escapando. Me ha venido muy bien crear aquí." La ciudad vasca le dio lo que pedía, durante años. Pero el destino final llegó después, y llegó con nombre concreto: Laguardia, 1.400 habitantes, Álava, a veinte minutos de Logroño y a varios siglos del siglo XXI. Aquí se casó en abril de 2024 con la actriz, documentalista y escritora Susana Koska, tras cuarenta años juntos —"¡¡SII! ¡Después de 40 años juntos, Susana y yo nos hemos casado! ¡Que vivan los novios!", escribió en su Instagram—. Aquí vive. Aquí, según sus propias palabras al ser nombrado pregonero de la Fiesta de la Vendimia de Rioja Alavesa, "ha encontrado una nueva fuerza, ha encontrado profundidad." En Laguardia, el hombre que se pasó la vida escapando dejó de correr.

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Adriana Fernández

La fortaleza que el tiempo no ha terminado de devorar

Entrar a Laguardia a pie —única forma posible, porque el recinto amurallado no admite coches— produce una sensación que cuesta nombrar con precisión. No es exactamente retroceder en el tiempo, porque el tiempo aquí no ha retrocedido: simplemente no ha avanzado del todo. Las cinco puertas de la muralla —Santa Engracia, San Juan, Mercadal, Carnicerías y Páganos— siguen siendo los únicos accesos al casco histórico, igual que en el siglo XII, cuando Sancho VI de Navarra otorgó los fueros a esta villa fundada dos siglos antes como La Guarda de Navarra, puesto defensivo del reino. El perímetro amurallado es el mismo. Las calles empedradas se estrechan hacia el interior como si protegieran algo que no quieren mostrar demasiado rápido.

Calles de Laguardia, en la Rioja Alavesa.

Calles de Laguardia, en la Rioja Alavesa. / Istock

Lo que espera al fondo de esa contracción es la Iglesia de Santa María de los Reyes, y aquí conviene ir despacio. Iniciada en el siglo XII con planta románica, terminada en el XV, guarda en su portada gótica del siglo XIV uno de los conjuntos policromados más extraordinarios que existe sobre piedra en Europa: figuras de santos, apóstoles y escenas bíblicas que conservan la policromía casi intacta, protegidas durante siglos por una puerta de madera que las mantuvo a salvo de la intemperie. No es el tipo de hallazgo que se anuncia con cartel en la carretera. Hay que buscarlo, y cuando aparece, lo habitual es quedarse parado más tiempo del previsto.

La Plaza Mayor tiene otro ritmo. El reloj de autómatas que baila danzas tradicionales al dar las horas pone una escala humana a tanta piedra medieval. Cerca, casi enterrado bajo el suelo, el Estanque Celtibérico de La Barbacana —depósito de agua construido hace unos 2.100 años, con capacidad para 300.000 litros— recuerda que este promontorio lleva siendo habitado, y defendido, desde antes de que existiera cualquier concepto moderno de frontera. Para un artista que lleva décadas buscando arraigo sin perder libertad, Laguardia ofrece una paradoja seductora: es un lugar que lleva siglos sin moverse de su sitio, y precisamente por eso resulta liberador.

Calles de Laguardia

Calles de Laguardia / Istock

Ocho metros bajo las calles, el vino que explica todo

La singularidad más extraña de Laguardia no está a la vista. Está debajo. A unos ocho o nueve metros bajo las calles empedradas que recorre el visitante, una ciudad paralela de galerías excavadas entre los siglos XVI y XVIII se extiende bajo el casco histórico completo. Más de doscientos calados documentados —en su momento llegaron a ser más de trescientos— forman una red subterránea donde la temperatura permanece constante todo el año, entre diez y doce grados, perfecta para la crianza del vino. Cada casa señorial de Laguardia tiene su calado. Algunos llevan funcionando de forma ininterrumpida desde hace cuatrocientos años.

La bodega Ysios es la más famosa de la Rioja Alavesa.

La bodega Ysios es la más famosa de la Rioja Alavesa. / Istock / @jjfarquitectos

Que Loquillo haya encontrado aquí "profundidad" no es solo una metáfora, aunque también lo sea. Hay algo en la estructura literal del lugar —la vida en la superficie, el tiempo lento bajo tierra, la relación entre lo visible y lo que sostiene todo desde abajo— que encaja con cierta forma de entender la creación artística. El vino en Laguardia no es un adorno ni un reclamo turístico tardío: es la razón por la que el pueblo existe donde existe y como existe. La D.O.Ca. Rioja Alavesa abarca más de 13.000 hectáreas de viñedo en torno a la villa, con la Sierra de Cantabria cerrando el horizonte al norte como una pared. Los viñedos rodean Laguardia por los cuatro costados.

Bodegas Ysios, diseñada por el arquitecto Santiago Calatrava.

Bodegas Ysios, diseñada por el arquitecto Santiago Calatrava. / Istock

En los alrededores, el territorio ha añadido una capa de arquitectura contemporánea a esa herencia. Las Bodegas Ysios, diseñadas por Santiago Calatrava, se levantan a pocos kilómetros con una cubierta ondulada que dialoga —o que discute, según se mire— con las crestas de la sierra. El contraste entre esa vanguardia y los calados medievales bajo los adoquines es uno de los argumentos visuales más potentes de la Rioja Alavesa: un territorio que no ha renunciado a ninguna de sus épocas.

Guía para perderte por Laguardia y no perderte nada

Laguardia está a unos 20 kilómetros de Logroño (menos de 20 minutos en coche), a unos 60 de Vitoria-Gasteiz (aproximadamente 50 minutos) y a unos 90 de Bilbao (alrededor de una hora y cuarto). El trayecto desde Logroño por la A-124 es el más cómodo y tiene la ventaja de atravesar viñedos durante casi todo el recorrido. El acceso rodado llega hasta el perímetro de la muralla: a partir de ahí, el recinto es completamente peatonal. Conviene dejar el coche en los aparcamientos exteriores y entrar caminando por alguna de las cinco puertas, preferiblemente la de Santa Engracia o la de San Juan, que ofrecen las mejores vistas iniciales sobre el casco.

Calle empedrada en la villa medieval de Laguardia

Calle empedrada en la villa medieval de Laguardia / Istock / @jjfarquitectos

El circuito básico —muralla, Iglesia de Santa María de los Reyes, Plaza Mayor, Estanque Celtibérico de La Barbacana— no exige más de dos horas, aunque lo habitual es que se alargue. Las Lagunas de Laguardia, biotopo protegido incluido en el Convenio de Ramsar, merecen una parada aparte si se viaja con tiempo: son humedales de gran valor ornitológico a escasos minutos del casco urbano.

Una de las preciosas calles de Laguardia.

Una de las preciosas calles de Laguardia. / Istock / Michael Charles

Las bodegas visitables intramuros son tres y conviene reservar con antelación, ya que el aforo es limitado para proteger las estructuras históricas. Casa Primicia ocupa el edificio más antiguo de la villa —datado en el siglo XI— y su calado desciende hasta los nueve metros bajo tierra; su oferta de enoturismo ha recibido reconocimientos nacionales. El Fabulista funciona bajo el palacio natal del fabulista Félix María Samaniego —siglo XVII, siete metros de profundidad— y trabaja con maceración carbónica, método tradicional de la zona. Bodega Dorretxe es la más austera de las tres: una cueva sin intervención, con la roca al descubierto, que ofrece la experiencia más literal de lo que es un calado original.

Para comer, la Rioja Alavesa tiene platos que no se encuentran exactamente igual en ningún otro sitio. Las chuletillas al sarmiento —asadas directamente sobre las sarmientas de la propia vid— son el plato más identitario de la comarca, con un ahumado vegetal que no tiene sustituto. Las patatas a la riojana y los pimientos del piquillo rellenos completan una mesa que no necesita artificios. La calle San Juan y la Plaza Mayor concentran la oferta de pintxos del casco histórico, accesible y sin ceremonias, para quien quiera moverse entre bares antes o después de bajar a las bodegas. El orden correcto, en Laguardia, suele ser primero lo de abajo.

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