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El refugio de Juan Echanove (65 años) es un pueblo valenciano de la huerta en el que su mujer le "convenció" para vivir: la casa de Blasco Ibáñez y estación modernista de los años 30

A ocho kilómetros de Valencia capital, entre naranjos y villas de principios de siglo, el actor madrileño ha encontrado en Rocafort —pueblo natal de su esposa, la gastrónoma Cuchita Lluch— su segunda casa y su particular reconciliación con la terreta.

El refugio de Juan Echanove es el mismo lugar en el que se casó con Cuchita, su mujer.

El refugio de Juan Echanove es el mismo lugar en el que se casó con Cuchita, su mujer. / Gtres / Valencia Turisme

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Hay actores que acumulan premios y hay actores que acumulan vida. Juan Echanove, que cumplió 65 años en abril de 2026, lleva cuatro décadas haciendo ambas cosas con una convicción que no admite matices. Dos Goya definen su trayectoria en el cine: el de mejor actor de reparto por Divinas palabras, en 1987, y el de mejor actor protagonista por Madregilda, en 1993, donde bordó a un Franco acomplejado que le valió también, ese mismo año, la Concha de Plata del Festival de San Sebastián. Pero la carrera de Echanove nunca ha cabido del todo en una sola pantalla. El teatro lo ha reclamado con la misma intensidad, y en los últimos años ha dado el salto a la dirección escénica con una solvencia que no tiene nada de accidental: en 2024 recibió el Premio Ópera XXI a la Dirección de Escena por su montaje de la zarzuela Pan y toros, de Barbieri, estrenado en el Teatro de la Zarzuela en octubre de 2022.

Este pequeño pueblo de Valencia es el que sirve como refugio de Juan Echanove.

Este pequeño pueblo de Valencia es el que sirve como refugio de Juan Echanove. / Valencia Turisme

Y todo esto sin dejar de ser Miguelón: durante más de doce años interpretó a Miguel Alcántara, el hermano mayor de Antonio en Cuéntame cómo pasó, ese hombre que había emigrado a Francia y volvía a España con la vida a medio deshacer. Un personaje secundario en apariencia que se convirtió en uno de los más queridos de la serie, hasta que los guionistas lo mataron de un infarto en 2017 —no por voluntad de Echanove, que dejó claro que su salida no fue por propia decisión.

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En 2017 el Consejo de Ministros le concedió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, reconocimiento que llegó a alguien que ya era mucho más que un actor de cine y televisión: miembro de la Real Academia de la Gastronomía Española, aficionado a los fogones, amigo de músicos y escritores. Un hombre de Madrid en la mejor acepción del término, con ese perfil de intelectual de barrio que sabe tanto de Valle-Inclán como de un buen guiso. Lo que nadie habría apostado, quizás, es que ese madrileño de pura cepa acabaría pasando parte de su vida en un pueblo de la huerta valenciana. Pero así es: hoy vive entre Madrid y Rocafort, un municipio de poco más de 7.700 habitantes enclavado en la comarca de l'Horta Nord que, hasta hace una década, pocos fuera de la Comunitat Valenciana habrían sabido señalar en un mapa.

El hombre que se dejó convencer... y que terminó en Rocafort

Todo empezó con una feria de gastronomía y un número de teléfono. Fue en la Casa de Campo de Madrid, durante la celebración de Madrid Fusión. Hasta allí acudió Echanove con su amigo Víctor Manuel, el cantautor asturiano. En los pasillos saludaron a muchos visitantes y, entre ellos, a Cuchita Lluch, entonces presidenta de la Academia de Gastronomía de la Comunitat Valenciana. Intercambiaron saludos y números de teléfono, quedaron en verse lo antes posible. Eso fue en 2014. Un año después, el 14 de mayo de 2015, Juan Echanove anunciaba en su cuenta de Facebook que se había casado con la gastrónoma Cuchita Lluch. "Ahora sí que sí. Nos hemos casado hace una hora en Rocafort Valencia", escribía el actor. La ceremonia tuvo lugar en el pueblo natal de ella, y para él era la segunda boda y para ella la tercera.

Calle de Rocafort, Valencia.

Calle de Rocafort, Valencia. / València Turisme

De aquella boda en Rocafort ha pasado más de una década, y el pueblo ya no es solo el escenario de una boda, sino parte del itinerario habitual de la pareja. Según se ha publicado en medios valencianos, Cuchita Lluch ha conseguido convencer al actor para vivir temporadas en la terreta —expresión con la que los valencianos nombran su tierra con un orgullo que no admite ironía—. Echanove, que ha confesado públicamente su amor a Valencia en distintas entrevistas, no parece haber opuesto demasiada resistencia. Cuando alguien le pregunta qué tiene Cuchita que los demás no tienen, su respuesta es tan sencilla que resulta desarmante: "Me contagia su alegría de vivir."

Cuchita Lluch no es solo la mujer del actor. Es una figura de la cultura valenciana con peso propio: fallera mayor infantil de Valencia en 1975, expresidenta de la Academia de Gastronomía de la Comunitat Valenciana, y en enero de 2026 fue designada por la alcaldesa María José Catalá como mantenedora de la Fallera Mayor Infantil de Valencia, Marta Mercader Roig. Junto a ella, el comunicador Boro Peiró ejercería como mantenedor de la Fallera Mayor. Para Cuchita, el encargo tenía un significado particular: volver al corazón de la fiesta, cinco décadas después, desde el otro lado del escenario. La gastronomía y las fallas: dos pilares de la identidad valenciana que su matrimonio con Echanove ha colocado de golpe en el centro de la vida pública española.

Terraza en Rocafort, Valencia

Terraza en Rocafort, Valencia / València Turisme

Un pueblo con más capas de las que se ven

Rocafort no llama la atención a primera vista. Con 7.751 habitantes según el INE 2025, pertenece a la comarca de l'Horta Nord, al noroeste de Valencia capital, a unos ocho kilómetros del centro. Podría confundirse con cualquier municipio dormitorio de extrarradio. Sería un error. Porque Rocafort tiene una capa histórica que necesita ser rascada, y una vez que empiezas a hacerlo no puedes parar.

El pueblo fue el lugar elegido por la burguesía valenciana de principios del siglo XX para instalar sus residencias de veraneo: un conjunto de villas de notable valor histórico patrimonial ubicadas en el barrio conocido como La Colonia, en las inmediaciones de la avenida Blasco Ibáñez y la calle Pintor Benlliure. Sus impulsores —principalmente empresarios, médicos, farmacéuticos e industriales— contrataron a arquitectos afamados de la época como Goerlich, Cortina, Gomez-Davó y Peset Aleixandre para dejar su impronta en unas mansiones que hoy se mantienen junto a una vegetación consolidada. Ese paisaje de villas y jardines es el que rodea la avenida que lleva, precisamente, el nombre de Vicente Blasco Ibáñez.

Parque en Rocafort, Valencia

Parque en Rocafort, Valencia / València Turisme

El autor de La Barraca y Cañas y barro vivió en Rocafort sus últimos años en España antes de marchar al exilio en Francia, entre 1921 y 1923. Su chalet, conocido popularmente como "La Barraca", se conserva en el pueblo y funciona como espacio conmemorativo vinculado a su figura. El nombre crea cierta confusión —la novela La barraca no transcurre en Rocafort sino en la huerta valenciana en general—, pero la conexión del escritor con el pueblo es real y documentada. Blasco Ibáñez escogió Rocafort porque era el refugio de la burguesía ilustrada valenciana, el sitio donde se veía con amigos y se alejaba del ruido de la ciudad sin alejarse demasiado. Resulta irónico, o quizá perfectamente lógico, que un actor que conoce el poder del territorio —y que lleva años vinculado a lo valenciano a través de su mujer— haya terminado por aterrizar en el mismo municipio.

La joya arquitectónica más visible es la estación del trenet, integrada hoy en la línea 1 de Metrovalencia, en la Avenida Dr. Eugenio López-Trigo. La línea que pasa por Rocafort tiene sus orígenes en el ferrocarril inaugurado el 13 de agosto de 1891, que conectaba Valencia con Bétera pasando por Burjassot, Godella y Rocafort. El edificio de la estación, con su arquitectura de factura modernista, es uno de los reclamos visuales del pueblo y un testimonio directo de cuando el trenet era el vínculo entre la huerta y la capital.

Iglesia de Rocafort, en Valencia.

Iglesia de Rocafort, en Valencia. / València Turisme

El casco antiguo tiene también su propia dignidad. La iglesia parroquial de San Sebastián data de la segunda mitad del siglo XVII; los picapedreros de la Fàbrica de Murs i Valls tenían una ermita dedicada a San Sebastián que cedieron en 1434 a los monjes agustinos para levantar el convento. La iglesia actual sufrió una ampliación a inicios del siglo XX, una vez que fue declarada parroquia. Hoy posee torre campanario, interior con capillas laterales y claustro. Ese claustro agustino anexo, con dos galerías y un aljibe en el centro, contiene una colección de azulejos de los siglos XVI-XIX que sorprende a quien se toma la molestia de buscarlo.

Y luego está el episodio que menos se menciona en las guías de turismo pero que merece atención: durante los años 30, cuando el Gobierno Republicano se desplazó de Madrid a Valencia al inicio de la Guerra Civil, se incautaron en Rocafort 26 casas y 29 chalets que fueron ocupados por dependencias oficiales, embajadas y sedes de partidos. Uno de ellos, el chalet neoclásico Villa Amparo, fue la residencia de Antonio Machado y parte de su familia durante la contienda. La historia de España, en muchos de sus momentos más tensos, pasó también por este pueblo silencioso de la huerta.

Calle de Rocafort, en Valencia

Calle de Rocafort, en Valencia / València Turisme

Cómo llegar, qué ver y qué comer en Rocafort

La mejor forma de llegar a Rocafort es también la más lenta, que en este caso coincide con la más sensata: coger la línea 1 de Metrovalencia en el centro de Valencia. El trayecto desde la estación central hasta Rocafort dura unos 20-25 minutos, y el recorrido va dejando atrás el entramado urbano para adentrarse progresivamente en la huerta. Llegar en coche es posible, pero hacerlo en metro permite entender mejor la geografía de la comarca y reproducir, de algún modo, el viaje que los burgueses valencianos de principios del siglo XX hacían en el trenet para escapar al fresco de las villas. La diferencia es que hoy el trayecto cuesta menos de dos euros.

Una vez en Rocafort, el recorrido a pie por el casco antiguo y el barrio de La Colonia lleva menos de dos horas, pero merece hacerse con calma. La iglesia de San Sebastián, el claustro con los azulejos, las villas modernistas de la avenida Blasco Ibáñez y el entorno donde estuvo la casa del escritor dan para una mañana sin prisa. Después de eso, las rutas en bicicleta por la huerta son la extensión natural de la visita: los caminos entre campos de cítricos y hortalizas conectan Rocafort con municipios vecinos como Godella —que tiene su propia estación con una historia ferroviaria paralela—, Massarojos o Moncada. La huerta aquí es plana y generosa, perfeccionada durante siglos por el sistema de regadío de la Real Acequia de Moncada, y puede recorrerse sin esfuerzo incluso en una bicicleta sin marcha.

La Albufera queda a algo más de media hora en coche hacia el sur: lo suficientemente cerca para encadenar la visita con una paella frente al lago al atardecer, que es quizás la experiencia más profundamente valenciana que existe. Pero no hace falta salir de la comarca para comer bien. En Rocafort, L'Antic Molí se ha convertido en una referencia por su apuesta por la cocina valenciana tradicional con toque contemporáneo; sus arroces y croquetas caseras atraen tanto a vecinos como a visitantes que llegan desde Valencia. En el conjunto de l'Horta Nord, Ca Xoret, en el barrio de Roca de Meliana, trabaja las recetas más clásicas de la huerta desde una cocina abiertamente de territorio.

En cuanto a la mesa, la guía más fiable para quien visita esta zona es sencilla: pedir lo que mande la temporada y no pedir marisco en la paella. La paella valenciana auténtica lleva pollo y conejo, judía verde (ferraura), garrofó, tomate y azafrán; el resto son variaciones, legítimas o no, pero no la receta original. En temporada —primavera y principios de verano—, las clóchinas, el mejillón valenciano más fino y salino que el que llega del norte, son imprescindibles con limón y en cualquier bar que se precie. La horchata de chufa de Alboraia, a unos diez minutos de Rocafort, se bebe en vaso largo y con fartons: no hay mejor manera de cerrar la tarde. El all i pebre —anguilas o patatas con ajo y pimentón, plato de los alrededores de la Albufera— y la fideuà de Gandia, más al sur, completan el mapa gastronómico básico de quien quiera conocer la cocina valenciana desde sus raíces.