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El refugio de José Sacristán (88 años) es un pueblo con cuadros de Goya y la plaza más bonita de Madrid: "No había un sitio en el que se estuviera mejor"

A una hora de Madrid hay un pueblo donde José Sacristán aprendió lo que era la libertad, el miedo y el cine. Todo lo demás vino después.

Un pueblo que guarda la historia y las raíces del actor José Sacristán.

Un pueblo que guarda la historia y las raíces del actor José Sacristán. / Istock

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Pregúntale a cualquiera que ronde los ochenta por un actor que le acompañe desde niño y, antes o después, aparecerá su nombre. José Sacristán lleva más de seis décadas en activo, ha hecho más de 125 películas, tiene un Goya como mejor actor por El muerto y ser feliz, el Premio Nacional de Cinematografía y, desde 2022, el Goya de Honor que la profesión entrega cuando ya no hay nada que demostrar. Y aun así, a sus 88 años, lo que tiene en la cabeza no son los premios: sigue subiéndose a un escenario, todavía rueda, y cuando le preguntan por su secreto contesta hablando de ajos.

Chinchón es el pueblo que guarda las raíces de José Sacristán.

Chinchón es el pueblo que guarda las raíces de José Sacristán. / Istock / Jose Luis Stephens

No es pose. Sacristán pertenece a esa estirpe rara de intérpretes que han hecho de la dignidad del oficio una bandera —"ser cómico", dice él, sin que la palabra le pese— y que han pasado por la comedia popular de los setenta y por el drama más hondo sin dejar de ser reconocibles. Lo curioso es que todo ese mundo, las cámaras, los focos, los aplausos de medio país, nace en un punto muy concreto del mapa: un pueblo del sureste de Madrid donde para sus vecinos sigue siendo, simplemente, el hijo del Venancio.

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El pueblo donde aprendió a mirar

Ese pueblo es Chinchón, y Sacristán no lo cuenta como un folleto turístico. Lo cuenta como lo que fue: una infancia de posguerra, de hambre administrada con cariño, en una España partida en dos. Su padre, Venancio, campesino republicano, pasó años preso —en Ocaña, y antes en un campo de concentración en Toledo, donde el niño lo conoció a través de unas alambradas— y al salir tenía prohibido volver al pueblo. Su madre, la Nati, era el otro polo: "Mi madre era mi cómplice, mi alegría, cuando ella aparecía era todo celebración. No había un sitio en el que se estuviera mejor", confesó años después. Ahí, junto a ella, en aquel Chinchón de los años cuarenta, estaba su único refugio.

Plaza del pueblo de Chinchón.

Plaza del pueblo de Chinchón. / Istock

El pueblo también tenía su cara oscura, y Sacristán no la maquilla: recuerda calles por las que su abuela le hacía "pasar de largo", casas con un aire de victoria de unos y derrota de otros que un crío no entendía pero olía. Y en medio de todo eso, una tarde de diciembre de 1943, lo llevaron al Teatro Lope de Vega del pueblo. Sentado en la delantera del gallinero, vio su primera película. Allí nació su vocación —el pueblo lo recuerda con una estatua en ese mismo asiento— y, de algún modo, todo lo que vino después. Quizá por eso, cuando le piden balance, suelta una de esas frases suyas que valen una vida entera: "Lo formidable de todo esto es no perder nunca de vista al crío que fuiste".

Una de las calles de Chinchón.

Una de las calles de Chinchón. / Istock / SAMI AUVINEN

Una plaza distinta a todas y un Goya escondido

Chinchón es Conjunto Histórico-Artístico desde 1974, y se entiende en cuanto pisas su Plaza Mayor. No es una plaza cuadrada de manual: tiene forma irregular, nacida del crecimiento espontáneo de las casas, rodeada por más de 200 balcones de madera pintados de verde —los llaman "claros"— sobre tres alturas de soportales. Ha sido coso taurino, escenario de comedias y hasta plató de Hollywood: por aquí pasó el rodaje de La vuelta al mundo en 80 días, con la plaza convertida en ruedo. No hay otra igual en la Comunidad de Madrid, y por eso se gana el titular.

Balcones en Chinchón, Madrid.

Balcones en Chinchón, Madrid. / Istock / Thomas Faull

En lo alto, dominando el caserío, está la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, que empezó a levantarse en 1534 y no se remató hasta 1626, de ahí su mezcla de gótico, plateresco, renacentista y barroco. Pero el tesoro está dentro: en el altar mayor cuelga La Asunción de la Virgen, un Goya de 1812 que el pintor hizo a petición de su hermano Camilo, capellán de la parroquia. Dicen los que la conocen bien que, vista de cerca, la pincelada hace que la Virgen parezca vestir con transparencias —un atrevimiento que en su día levantó críticas—.

Fachada de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en Chinchón

Fachada de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en Chinchón / Istock

A un paseo cuesta arriba queda el castillo de los Condes de Chinchón, fortaleza renacentista levantada a finales del siglo XVI; es de propiedad privada y no se visita por dentro, pero sus muros regalan la mejor panorámica del valle. Y luego está lo que se huele y se bebe: el ajo fino, colgado en ristras por las fachadas, y el anís de Chinchón, digestivo de la casa que el propio Sacristán reivindica con sorna —"los ajos de Chinchón son mano de santo", asegura cuando le preguntan cómo se conserva tan bien a sus años—.

Vista de una de las torres de Chinchón.

Vista de un campanario de Chinchón. / Istock

Cómo recorrerlo (y dónde sentarse a comer)

Para el viajero, Chinchón se hace en un día y casi se hace solo. Lo lógico es aparcar fuera y bajar caminando hasta la Plaza Mayor, dejarse llevar por los soportales y subir después a la iglesia de la Asunción: las vistas desde su atrio, con todo el pueblo a los pies, justifican el repecho. De camino, la Torre del Reloj —"una torre sin iglesia", según el dicho local— y el Teatro Lope de Vega, con su placa y su estatua a Sacristán. Si te sobra tiempo, sube hasta el castillo aunque sea por fuera.

A la mesa, la cocina es de tierra adentro y sin complejos: cordero y cochinillo asados en horno de leña, productos de la matanza, judiones, y la imprescindible sopa castellana de ajo. Para vivirlo a lo grande, el Mesón Cuevas del Vino, con sus bodegas excavadas y sus tinajas gigantes, es una experiencia en sí misma. En plena plaza, con balcón asomado al ruedo, La Balconada y La Casa del Pregonero clavan el guiso y el asado; en el Restaurante Plaza Mayor caen bien los judiones de matanza y el cochinillo. Y si quieres cocido de verdad, el del Parador de Chinchón —en el antiguo convento de agustinos, restaurante El Bodegón— se sirve en dos vuelcos como mandan los cánones. De recuerdo, una botella de anís y un par de ristras de ajo. Lo mismo que se llevaría, intuyo, el hijo del Venancio.