El refugio de Jorge y César Cadaval (Los Morancos) es un barrio andaluz con 1.000 años de historia: "Mi casa, mi zona de confort, mi mejor espacio"
El dúo cómico más longevo de España no ha cambiado de barrio en más de sesenta años. Triana sigue siendo el centro de su universo.

El refugio de Los Morancos es uno de los barrios históricos de Sevilla. / Istock
Llevan más de cuarenta años haciendo reír a España y en 2026 siguen haciéndolo con el escenario lleno. Jorge y César Cadaval -Los Morancos- tienen en marcha Bota Antonia, su nuevo espectáculo, con fechas este verano en Marbella y Córdoba y una temporada ya confirmada en el Teatro Olympia de Valencia en septiembre. Pero cuando el telón cae y el autobús aparca, el destino siempre es el mismo: Triana. El barrio donde nacieron en la calle Juan Díaz de Solís, en el Tardón, y donde la mayor parte de la familia Cadaval sigue viviendo hoy. Jorge, el mayor, en la calle Castilla, a un paso del río, con su marido, el actor Ken Appledorn. César, en el casco histórico sevillano, aunque con Triana siempre a la vuelta de un puente.

Este famoso barrio de Sevilla es el refugio perfecto de Los Morancos. / Istock / FELIPE RGUEZ
No es nostalgia ni costumbre inercial. Es una elección que Jorge ha expresado con claridad en más de una ocasión: «Mi casa, mi zona de confort, mi mejor espacio», escribió en su Instagram, con esa precisión que solo tienen los que saben exactamente dónde están bien. En 2021, la Junta de Andalucía les otorgó la Medalla de Andalucía de las Artes, reconocimiento que selló décadas de trabajo que arrancó en la Nochevieja de 1985, cuando debutaron en el mítico Un, dos, tres… ante toda España. Desde entonces, Los Morancos no solo han sobrevivido a todos los cambios del humor televisivo; los han protagonizado. Y Triana, siempre ahí, ha sido el punto de fuga al que volver.

Redacción Viajar
Un arrabal con memoria larga
Cruzar el Puente de Isabel II hacia Triana es uno de esos tránsitos urbanos que no dejan indiferente. El puente de hierro —construido en 1852 y el más antiguo de España en su tipo— tiene apenas doscientos metros, pero al otro lado la ciudad respira de otra manera. El gentío del centro queda atrás; aquí los bares son más anchos y la orilla del Guadalquivir no es un decorado sino un lugar donde la gente vive de verdad.

Calles del barrio de Triana. / Istock / TONO BALAGUER
La historia de Triana arranca bastante antes de ese puente de hierro. El origen del barrio se remonta a época romana, pero fue durante el periodo islámico —siglo X— cuando los almohades construyeron el primer puente de barcas que lo unía con la ciudad, consolidando un arrabal que ya tenía marineros, artesanos y gente que vivía del río. De aquel pasado islámico queda el nombre: Triana, del árabe, aunque los etimólogos discuten aún sobre su raíz exacta. Lo que no discute nadie es que este lado del Guadalquivir forjó un carácter propio, una manera de entender Sevilla que no es exactamente la de Sevilla.
Durante el Siglo de Oro, Triana tuvo un protagonismo que va mucho más allá del folclore. Su Escuela de Mareantes formó a los navegantes que participaron en los viajes de Colón y en la primera circunnavegación del globo, la expedición Magallanes-Elcano. Los hombres que se tiraron al Atlántico sin saber muy bien qué había al otro lado salían de estas calles, de estas casas bajas y de esa orilla. El barrio no solo veía pasar la historia: la producía. Bajo el actual Mercado de Triana duerme todavía el Castillo de San Jorge, sede de la Inquisición sevillana de 1481 a 1785 y hoy visible a través de un yacimiento arqueológico integrado en la propia estructura del mercado. Es el pasado más incómodo del barrio, el que no sale en los postales, y por eso mismo vale la pena bajarse a verlo.
La otra gran seña de identidad es la cerámica. La calle Alfarería lleva el nombre que le corresponde: durante siglos fue el corazón de una industria que abastecía de azulejos a las iglesias y palacios de Sevilla y que exportaba a América. Cerámica Santa Ana, fundada en 1870 y todavía activa, es el establecimiento más antiguo del barrio en pie. Sus azulejos han decorado la Giralda y la Catedral, y sus talleres siguen trabajando con las mismas técnicas de siempre. En la calle Juan Díaz de Solís, donde nació la familia Cadaval, una placa recuerda que de ese portal salieron los dos cómicos que llevarían el nombre del barrio por toda España.

Puente de Triana, en Sevilla. / Istock / TONO BALAGUER
El ADN del cante y el humor
Triana no inventó el flamenco, pero sí inventó una parte esencial de él. La soleá de Triana —con sus cadencias más oscuras, más lentas, más cargadas de tierra que de tablao— es el palo que más hondo cala en este barrio, el que suena a callejón y a tarde de domingo. Los grandes nombres del arte flamenco andaluz han tenido aquí su escuela o su esquina favorita: la Plaza del Altozano, presidida por el monumento al Arte Flamenco y por la estatua de Juan Belmonte, el torero que nació en el barrio en 1892 y que cambió para siempre la forma de entender la lidia, es el nudo donde todo converge. Belmonte, que era también trianero de adopción del flamenco más puro, simboliza esa mezcla que hace único al barrio: el arte físico y el arte sonoro, el gesto y la voz.

Calles de Sevilla. / Istock
Camarón de la Isla actuó en los tablaos de Triana antes de ser Camarón, y muchos de los guitarristas y bailaores que definieron el flamenco de la segunda mitad del siglo XX pasaron por estas calles. El Teatro Flamenco Triana, el único teatro de Sevilla dedicado en exclusiva a este arte, con un aforo íntimo de 120 localidades, es hoy el mejor lugar para entender por qué este barrio no es solo un escenario sino una fuente.
En ese caldo de cultura popular crecieron Jorge y César Cadaval. Jorge ha contado en más de una entrevista que el sentido del humor de los Morancos venía directamente de sus padres, de la forma en que la familia Cadaval afrontaba una infancia de piso pequeño y muchos hermanos con una naturalidad que solo puede venir de un sitio con esa autoestima. «Vivíamos en Triana en un piso de tres habitaciones, seis hermanos y mis padres con muchas camas mueble. Nosotros tuvimos una infancia de diez, maravillosa», explicó en el programa Viajando con Chester. Triana tiene algo de eso: la capacidad de hacer mucho con poco, de convertir la escasez en gracia. Es posible que no sea casualidad que el dúo cómico más duradero del país saliera exactamente de aquí.

Campanario de la iglesia de Santa Ana en Triana, Sevilla / Istock
Cómo moverse por Triana y dónde comer bien
La manera correcta de llegar a Triana es a pie, cruzando el Puente de Isabel II desde el centro histórico. No por romanticismo sino porque el tránsito en ese puente de hierro del XIX —con la Torre del Oro a la izquierda y la calle Betis extendiéndose a la derecha— es en sí mismo la primera lección sobre el barrio. En unos minutos y sin coger ningún transporte, uno puede salir de la Catedral de Sevilla y estar tomando un café en Triana. Esa proximidad que no se parece a cercanía es uno de los secretos del barrio.
El recorrido lógico empieza en la Plaza del Altozano, donde la estatua de Belmonte marca el punto de entrada simbólico al Triana más auténtico. Desde allí, la calle Betis corre paralela al Guadalquivir con vistas al Arenal y a la Torre del Oro al fondo: es uno de esos paseos urbanos que uno no olvida. El Mercado de Triana merece una visita doble: arriba, los puestos de frescos y los bares de tapas; abajo, el yacimiento del Castillo de San Jorge, perfectamente señalizado y de entrada gratuita. El Centro Cerámica Triana, en la propia calle Alfarería, documenta con rigor la historia azulejera del barrio. La Iglesia de Santa Ana, del siglo XIV, es la iglesia más antigua de Sevilla y lleva el apodo de la Catedral de Triana, lo que dice mucho sobre cómo el barrio se entiende a sí mismo.

Casas coloridas en Triana, Sevilla / Istock
Jorge Cadaval no disimula su vínculo con el Mercado de Triana. «Los mercados hacen barrio», dijo en un reportaje reciente, «vengo desde chico con mis padres». Es el tipo de frase que lo resume todo: el mercado como lugar de encuentro, como hilo de continuidad entre generaciones, como excusa para seguir siendo de donde uno es.
En cuanto a la mesa, Triana tiene su plato: la fritura sevillana. Pescaíto frito en aceite de oliva, gambas al ajillo, caracoles en temporada cuando el tiempo acompaña. El barrio tiene bares donde eso se hace como en ningún otro sitio. Las Golondrinas, en la calle Pagés del Corro, es uno de los clásicos irreductibles del barrio: lleva décadas sirviendo su solomillo al whisky a quien sabe dónde hay que ir. Blanca Paloma, en la calle San Jacinto, tiene fama bien ganada por sus croquetas y su pescado. Y para quien quiera comer con el Guadalquivir delante, Mariatrifulca ocupa una posición privilegiada en el propio Puente de Triana, con terraza y vistas al río que justifican solos el desplazamiento.

Mercado de Triana, en Sevilla / Istock
Para flamenco en vivo, el Teatro Flamenco Triana —único teatro de Sevilla dedicado en exclusiva a este arte— ofrece un formato de aforo íntimo, ciento veinte localidades, que obliga al tablao a ser honesto. Aquí no hay turismo de saldo: el flamenco se escucha, no se fotografía.
Triana no es un barrio que necesite mucha ayuda para venderse. Tiene historia suficiente para tres ciudades, un carácter forjado durante siglos y la rara virtud de no haberse dejado convertir en escenografía. Que Jorge Cadaval, con todo lo que ha visto y recorrido, siga eligiéndolo como su mejor espacio posible dice algo más sobre el barrio que cualquier guía. Algunos lugares te ponen en su sitio. Este es uno de ellos.
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