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El refugio de Javier Cámara (59 años) es un cabo de la Costa Blanca donde apaga el móvil en verano: "A la calma, alma"

El actor más premiado y querido del cine español guarda su paréntesis particular en un cabo de la Marina Alta, donde el teléfono se apaga y la única obligación es mirar el Montgó desde la piscina.

El refugio de Javier Cámara es uno de los lugares más privilegiados de la Costa Blanca.

El refugio de Javier Cámara es uno de los lugares más privilegiados de la Costa Blanca. / Istock

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Lo primero que hace al llegar es un gesto pequeño y casi litúrgico: deja el guion encima de la mesa, boca abajo, y silencia el teléfono. A partir de ahí, durante unos días, Javier Cámara no es el actor de los dos Goya ni el hombre al que este 2026 le han vuelto a llover los premios -el Feroz al mejor protagonista de serie por "Yakarta", esa historia de bádminton y derrota que tanto le emocionó- ni el rostro que medio país acaba de ver en la comedia "53 domingos". Aquí, en su casa de Jávea, es solo un riojano de 59 años mirando el mar.

Fachadas del pueblo de Jávea, en Alicante.

Fachadas del pueblo de Jávea, en Alicante. / Istock / TONO BALAGUER

Cuesta imaginar a alguien con su agenda -la gira teatral con Pablo Remón, los rodajes, las alfombras- buscando precisamente esto: no hacer nada. Pero es lo que confiesa cada vez que comparte un rincón de su verano alicantino. "Solo quería unos días para descansar", escribió hace unos años al enseñar la casa en redes, "y nadie mejor que mi amiga del alma para pedirle un rincón de calma. A la calma, alma". La frase, con ese juego de palabras de actor que disfruta del idioma, se ha convertido en la mejor definición de lo que Jávea significa para él: un paréntesis.

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Adriana Fernández

Un cabo entre pinos, con el Montgó vigilando

Hay una montaña que no se puede ignorar en Jávea. Se llama Montgó, levanta sus 753 metros justo encima del pueblo y aparece, quieras o no, en cada foto que Cámara comparte desde aquí: al fondo de la piscina, recortada contra el azul, esa silueta de elefante tumbado que los habitantes de la Marina Alta reconocen desde niños. El municipio se extiende entre dos cabos -el de San Antonio al norte, el de la Nao al sur-, ambos protegidos dentro del entorno del Parque Natural del Montgó, con su reserva marina y sus acantilados cayendo a plomo sobre un agua que cambia de color según avanza la tarde.

Casas en la colina de Jávea.

Casas en la colina de Jávea. / Istock / Marc Venema

El actor eligió la zona del Cabo de la Nao, una de las más discretas y exclusivas del municipio. Aquí no hay paseo marítimo ni chiringuitos en fila: hay carreteras estrechas que serpentean entre pinos, parcelas amplias, villas que se esconden y miradores desde los que, en los días limpios, se adivina la silueta de Ibiza flotando en el horizonte. Las calas que rodean este tramo de costa están entre las más bonitas de la Comunitat Valenciana, y lo decimos sin titubear: la Granadella, con sus aguas turquesa encajonadas entre paredes de roca; la Bandida, más recogida, la que el propio actor frecuenta; Cala Blanca y el Portitxol, con su islote enfrente. No es casualidad que esta esquina concreta de la Costa Blanca, lejos de la masificación de otros puntos del litoral, se haya llenado de caras conocidas que buscan exactamente lo mismo que él: desaparecer. Pablo Motos tiene cerca la que ha descrito como la casa de sus sueños, y por la zona se han dejado ver desde Blanca Suárez hasta Sergio Ramos y Pilar Rubio. Pero ninguno viene a que lo vean. Vienen a lo contrario.

Casco antiguo de Jávea al atardecer.

Casco antiguo de Jávea al atardecer. / Istock

El pueblo de piedra, el puerto y la montaña

Sería un error reducir Jávea a su línea de costa. Tierra adentro, a un par de kilómetros del mar, el casco antiguo conserva un entramado de callejones de piedra tosca que giran alrededor de la iglesia de San Bartolomé, un templo del gótico valenciano levantado entre los siglos XIV y XVI que no parece una iglesia, sino una fortaleza: muros gruesos, aspecto de bastión, contrafuertes pensados para resistir. Y lo eran. En aquellos siglos la costa vivía bajo la amenaza constante de los ataques berberiscos, y el pueblo se replegó hacia el interior y se armó de piedra para protegerse. Pasear hoy por allí, entre fachadas de tosca dorada y balcones con flores, es entender de golpe por qué Jávea es mucho más que un destino de playa.

Sus playas: uno de los puntos fuertes.

Sus playas: uno de los puntos fuertes. / Istock

Abajo, junto al agua, late el otro corazón del municipio: el puerto pesquero, con su lonja todavía activa, donde cada tarde se subasta el pescado que por la noche acabará en los platos de los restaurantes de la zona. Y por encima de todo, siempre, el Parque Natural del Montgó, un mundo aparte de senderos, pinos carrascos y biodiversidad mediterránea que se puede recorrer a pie y que regala, desde sus miradores y desde el faro del Cabo de la Nao, algunas de las panorámicas más amplias del Mediterráneo. Esa montaña que preside cada verano de Cámara no es solo un telón de fondo bonito: es una invitación a calzarse las botas y subir.

Calles de Jávea.

Calles de Jávea. / Istock / Tono Balaguer

Cómo replicar (un poco) el verano de Cámara

Llegar es más fácil de lo que el aislamiento de la zona sugiere. Desde Valencia o desde Alicante, la AP-7 deja Jávea a poco más de una hora por cualquiera de los dos lados; el aeropuerto de Alicante-Elche queda a unos 80 kilómetros. La parte complicada llega después: el Cabo de la Nao tiene un acceso revirado y una demanda altísima en pleno agosto, así que, si la idea es alojarse cerca y vivir el verano a la manera del actor, conviene reservar con bastante antelación.

La Cala Granadella es uno de sus lugares más bonitos.

La Cala Granadella es uno de sus lugares más bonitos. / Istock

Una vez allí, la agenda se ordena sola. El faro del Cabo de la Nao para el atardecer; la Granadella para el baño; el casco antiguo y San Bartolomé para la mañana de paseo; el puerto para ver volver a las barcas. Y, por supuesto, la mesa. La Marina Alta es tierra de arroces y de pescado de lonja, y en Jávea el plato bandera es el arroz a banda, ese arroz cocinado en caldo de morralla que aquí se sirve con la solemnidad que merece; cae bien rematarlo con la sardina a la brasa que en estas costas se prepara desde siempre. Para probarlo a conciencia, la Carú Arrocería del puerto se ha ganado una reputación notable por sus arroces; muy cerca, casi pegada a la lonja, La Cantina de Jávea sirve pescado fresquísimo sin más ceremonia que la del producto recién descargado. En el casco antiguo, el restaurante Portitxol propone una cocina más cuidada para una cena con calma, y si el plan es bajar a la Granadella, el restaurante Sur trabaja el pescado a la brasa frente a la cala. Conviene confirmar horarios antes de ir, eso sí: la hostelería de temporada cambia de manos con facilidad.

Porque al final eso es Jávea para Javier Cámara, y puede serlo también para quien lea esto: un sitio donde la única obligación es mirar el Montgó desde la piscina y dejar que pasen las horas. Él lo ha resumido mejor que nadie al hablar de esta casa recién pintada y aireada, de respirar al aire junto a los suyos, de una felicidad sencilla. Da igual el currículum: cuando se silencia el teléfono y se deja el guion boca abajo sobre la mesa, todos buscamos lo mismo. A la calma, alma.