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El refugio de Isabel Preysler (76) es la ciudad de su infancia, rodeada de una vegetación que nunca pudo olvidar: "No necesito ningún premio para recordar mis raíces"

Manila, capital filipina con más de tres siglos de herencia española, guarda en sus barrios coloniales y en su bahía generosa los mismos paisajes que una socialité madrileña lleva décadas intentando reproducir en su jardín de Puerta de Hierro.

Esta es la ciudad donde se crió Isabel Presley y donde vivió sus primeros años de infacia junto a su entorno más íntimo

Esta es la ciudad donde se crió Isabel Presley y donde vivió sus primeros años de infacia junto a su entorno más íntimo / Istock / Joseph Christopher Oropel

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En octubre de 2025, Isabel Preysler presentó Mi verdadera historia en el Mandarin Oriental Ritz de Madrid. El primer capítulo arranca en Manila. No como un retazo sentimental añadido al principio del libro, sino como el territorio primario al que resulta imposible no volver cuando se hace memoria de quién se era antes de convertirse en quien se es. "He llorado, he reído y he sentido por segunda vez todo lo vivido", declaró durante la presentación. Detrás de esa frase hay una ciudad que lleva su nombre aunque ella lleve más de medio siglo firmando desde la capital española

Vista panorámica del horizonte de Manila con parques y arquitectura moderna

Vista panorámica del horizonte de Manila con parques y arquitectura moderna / Istock / nikada

El año anterior, en octubre de 2024, la Embajada de Filipinas en España le concedió el primer Premio Tanglaw —en filipino, tanglaw significa "luz que guía"— y ella respondió con una frase que funciona también como invitación de viaje: "No necesito ningún premio para recordar mis raíces. Hace 55 años que llevo viviendo en España, donde siempre me llaman 'la filipina'. Pero, cuando voy a mi país, me consideran 'la española'." Esa doble extranjería que la define es también, de algún modo, la paradoja de Manila como destino: una ciudad que los europeos tienden a imaginar remota e inmanejable, pero que lleva siglos hablando con un vocabulario perfectamente legible para cualquier español. Los apellidos compuestos, las iglesias barrocas, las procesiones, los arroces cocinados con vinagre y ajo. "Continuamente, me preguntan si me siento más española o filipina", añadía en ese mismo discurso. "Yo contesto que no hace falta escoger, porque España y Filipinas, a pesar de algún rifirrafe, siempre han estado unidas." En el jardín de su casa madrileña, los bambúes que mantiene con mimo —que, en sus propias palabras, "me recuerdan a mi infancia en Filipinas"— son la versión vegetal de esa misma unión. Manila trasladada a Europa en forma de planta tropical. "En cuanto encuentre un hueco, espero que sea pronto, volveré a Filipinas", anunció. Hay destinos que no se abandonan del todo aunque se lleven décadas lejos de ellos. 

El país más seguro de Europa para viajar sola es también el más barato: joyas medievales y ciudades amuralladas en el "paraíso de las mil islas"

Adriana Fernández

La ciudad dentro de la ciudad

Intramuros no es simplemente el casco histórico de Manila: es una ciudad completa encerrada dentro de otra. Fundada por los españoles en 1571, sus murallas de piedra volcánica conservan un trazado de calles empedradas, iglesias, conventos y plazas que podría confundirse, en determinadas esquinas, con cualquier ciudad colonial latinoamericana. El parecido no es casual; es exactamente lo que fue durante tres siglos. Isabel Preysler creció a pocos kilómetros de este mundo, en San Lorenzo Village, en el actual Makati, y estudió hasta los 18 años en el Colegio de la Asunción, antes de que sus padres la enviaran a Madrid en 1968. Aquella Manila colonial y la Manila de su infancia convivían entonces sin demasiados roces. 

Ciudad de Makati (Manila, Filipinas)

Ciudad de Makati (Manila, Filipinas) / Istock / fazon1

El edificio más antiguo de Filipinas se encuentra dentro de Intramuros. La iglesia de San Agustín, terminada en 1607, es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y alberga en su interior frescos barrocos ejecutados con la técnica del trampantojo, sepulcros de conquistadores españoles y una sacristía que ha sobrevivido terremotos, guerras y dos devastaciones completas de la ciudad. Queda a doscientos metros de donde Isabel Preysler fue bautizada. En el complejo Plaza San Luis, justo enfrente, Barbara's Heritage Restaurant —cocina filipina con herencia española, bufé y espectáculo con música y baile tradicional en las cenas— lleva años siendo la mesa inevitable de Intramuros. El lechón que sirven, recién cortado, merece la parada por sí solo. 

win Lagoon en Coron, Palawan. Filipinas

win Lagoon en Coron, Palawan. Filipinas / Istock / MARY GRACE VARELA

Dos calles más al norte, el Fort Santiago ocupa el extremo de Intramuros que da al río Pasig. Esta fortaleza española fue la última prisión de José Rizal antes de su ejecución en 1896. Hoy es museo y jardín, y sus mazmorras junto al río siguen produciendo el efecto perturbador que no debería perder ningún monumento que cuente una historia tan cargada. Si hay un lugar en Manila donde el peso de la presencia española se vuelve físico, tangible, casi incómodo, es aquí. 

Manila, la capital de Filipinas, vista aérea

Manila, la capital de Filipinas, vista aérea / Istock / Alexpunker

Lo que Binondo guarda

A diez minutos a pie de las murallas de Intramuros, cruzando el Puente de Binondo sobre el río Pasig, empieza el barrio chino más antiguo del mundo. Binondo fue fundado en 1594 por los propios españoles para concentrar en un mismo territorio a los chinos convertidos al catolicismo, los llamados Sangleys. Más de cuatro siglos después, la mezcla que generó ese experimento colonial —cocina cantonesa cocinada en cazuelas filipinas, devociones católicas practicadas con incienso y dragones, apellidos españoles llevados por familias de ojos rasgados— sigue siendo uno de los sabores más originales de toda Asia. 

Mañana en el río Pasig en Metro Manila, Filipinas

Mañana en el río Pasig en Metro Manila, Filipinas / Istock / Marcus Lindstrom

Quien visite Binondo esperando una réplica de cualquier Chinatown oriental se llevará una sorpresa. No hay fachadas lacadas ni linternas en cada esquina. Los tesoros del barrio son culinarios y se esconden en locales sin más rotulación que la que hace falta. La Antigua Pancitería ToHo, en el número 422 de la calle Tomas Pinpin, es una institución con décadas de historia: dumplings cantoneses, pancit y lumpia que llevan generaciones sirviendo igual. El objetivo no es impresionar al visitante; el objetivo es alimentarlo bien, que es un mérito distinto y mayor.

Manila tiene otro ritmo cuando baja el sol sobre la bahía. El Rizal Park, también conocido como Luneta, es el gran pulmón de la ciudad junto al litoral: un parque enorme frente al agua donde Manila sale a respirar cada tarde. Aquí fue ejecutado José Rizal en 1896, un dato que la ciudad lleva con la gravedad justa —hay un monumento, unas placas, un museo— sin convertirlo en espectáculo. Lo que predomina al atardecer no es el recuerdo solemne, sino la normalidad de una ciudad que usa su parque central como debe usarse: para caminar, sentarse, ver pasar el tiempo. La bahía de Manila tiene esos atardeceres de cielo anaranjado que se recuerdan mucho después del viaje, y el Luneta es el mejor punto desde el que verlos. 

Antes de ir

No hay vuelos directos entre Madrid y Manila. Las conexiones más habituales pasan por Doha —la opción más rápida, con Qatar Airways, con escalas de algo más de una hora—, Dubai (Emirates), Estambul (Turkish Airlines) o Abu Dabi (Etihad). El tiempo total de viaje ronda las 17 a 20 horas según la conexión elegida. El Aeropuerto Internacional Ninoy Aquino (MNL) está a unos ocho kilómetros del centro histórico; los taxis y el servicio de rideshare Grab son las opciones más cómodas para el trayecto hasta Intramuros o Makati. 

La perla de Doha en vista aérea de Qatar

La perla de Doha en vista aérea de Qatar / Istock / venuestock

Para alojarse, el viajero con vocación cultural tiene una referencia clara dentro de las propias murallas: The Bayleaf, hotel boutique de cuatro estrellas situado en Intramuros, a un paseo de Fort Santiago y de la Iglesia de San Agustín. Su rooftop con vistas panorámicas —el Skydeck— es uno de los mejores miradores de Manila para el atardecer, y el restaurante 9 Spoons, en el mismo edificio, sirve kare-kare y platos filipinos a precios contenidos con las murallas históricas al fondo. Quien prefiera una base más moderna y conectada al Manila contemporáneo encontrará en Bonifacio Global City (BGC) rascacielos, museos de arte y restaurantes como Locavore, donde la cocina filipina se trabaja con ingredientes de temporada y una mirada más actual sobre el recetario tradicional. 

Vibrante vida callejera en Intramuros, Manila, que muestra vendedores locales y actividad comunitaria

Vibrante vida callejera en Intramuros, Manila, que muestra vendedores locales y actividad comunitaria / Istock / Dave Primov

La gastronomía filipina merece un recorrido propio. El adobo —cerdo o pollo estofado en vinagre y salsa de soja, el plato más representativo del país— se come en cualquier rincón de la ciudad, pero conviene buscarlo en locales de barrio para entender por qué resiste siglos sin necesitar revisión. El sinigang, sopa ácida de tamarindo con cerdo o gambas, es la mejor respuesta al calor húmedo de Manila. El lechón —cochinillo asado a fuego lento, crujiente por fuera y tierno por dentro— es la gran fiesta del cerdo en Filipinas; Manila y Cebu llevan décadas disputando cuál lo hace mejor y la disputa nunca se resuelve, lo que justifica probar en ambas. Para el postre, el halo-halo: hielo raspado con leche condensada, judías, ñame morado, natilla y cuanto ingrediente admita el vaso, un aparente caos perfectamente calculado que alivia cualquier tarde calurosa. Para comer en Intramuros sin salir del ambiente colonial, el restaurante Illustrado, en el número 744 de la calle General Luna, combina la cocina filipina con técnicas de herencia española en un local de techos altos con vistas a las murallas. 

La temporada óptima para viajar es entre noviembre y abril, durante la estación seca. Los meses de junio a octubre coinciden con las lluvias y la posibilidad de tifones. Enero, cuando la ciudad celebra el Santo Niño con procesiones multitudinarias, es uno de los momentos más intensos del calendario cultural. "He tenido una vida fácil, una niñez feliz", declaró Preysler al presentar sus memorias. La ciudad donde transcurrió esa niñez sigue ahí, con sus murallas, su bahía y sus bambúes, esperando ser visitada.