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El refugio de Ilia Topuria (29 años) es una ciudad mediterránea con un castillo musulmán del siglo IX y la explanada más bonita de España: "Mi casa, mis amigos, todo está ahí"

Antes de pelear delante de Trump en el jardín de la Casa Blanca, Ilia Topuria fue un chico georgiano de 15 años que aprendió español a base de entrenar en un gimnasio de barrio en Alicante. Sigue llamando a esa ciudad su casa.

El refugio de Ilia Topuria es una ciudad mediterránea en la que se convirtió en leyenda.

El refugio de Ilia Topuria es una ciudad mediterránea en la que se convirtió en leyenda. / Istock

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Hasta hace muy poco, decir "Ilia Topuria" en una sobremesa española habría generado más caras de extrañeza que de orgullo. Eso cambió en febrero de 2024, cuando este luchador hispanogeorgiano, nacido en Alemania y criado entre Georgia y Alicante, tumbó a Alexander Volkanovski y se convirtió en el primer español en hacerse con un cinturón mundial de la UFC. Apodado "El Matador" por la contundencia de sus golpes, repitió la hazaña al año siguiente al subir de categoría y noquear a Charles Oliveira para sumar también el título del peso ligero, algo que ningún otro peleador invicto había logrado antes en dos divisiones distintas. De la noche a la mañana, millones de españoles empezaron a trasnochar para verle pelear, y su nombre se coló en las conversaciones de bar, en las quinielas y en los late night.

Esta ciudad alicantina es el refugio de Ilia Topuria.

Esta ciudad alicantina es el refugio de Ilia Topuria. / Istock / Didenko Sergey

La madrugada de este lunes, esa racha se rompió. En el combate estelar de UFC Freedom 250, celebrado en el jardín sur de la Casa Blanca con motivo del 80º cumpleaños de Donald Trump —presente en primera fila—, Topuria perdió por primera vez en su carrera y se dejó el título del peso ligero ante el estadounidense Justin Gaethje. Su esquina, con su hermano Aleksandre al mando, decidió no enviarlo a un quinto asalto: tras un combate durísimo y con el rostro muy deteriorado, la pelea se detuvo por recomendación médica. Su récord queda en 17 victorias y una derrota. Y quizá sea precisamente ahora, después de su primer tropiezo, cuando tenga más sentido que nunca volver al lugar donde todo empezó: una ciudad mediterránea que lo acogió con 15 años y a la que, gane o pierda, sigue llamando casa.

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Adriana Fernández

Garbinet, la patria chica de un campeón

Garbinet no aparece en las postales de Alicante. Es un barrio de bloques de pisos sin pretensiones, alejado del bullicio turístico, donde la vida transcurre entre comercios de toda la vida y parques de vecinos. Aquí, en la calle Burgos, sigue abierto el Climent Club, el gimnasio familiar que regentan los hermanos Jorge y Agustín Climent y que se convirtió en el verdadero hogar de Topuria cuando, con apenas 15 años, llegó a España junto a su hermano Aleksandre huyendo de la inestabilidad que vivía entonces el Cáucaso.

Una de las calles del Garbinet.

Una de las calles del Garbinet. / Foundling - Wikicommons

Los dos hermanos dejaron pronto los estudios para entrenar a tiempo completo, y mientras Ilia daba sus primeros pasos en el jiu-jitsu y las artes marciales mixtas, compaginaba las sesiones con trabajos de vigilante de seguridad y cajero para poder costearse los primeros años de carrera. En el Climent Club no solo aprendió a pelear: también aprendió castellano, hizo amigos y encontró, según ha contado él mismo, una segunda familia. No es casualidad que, ya convertido en campeón del mundo, siga repitiendo en cada entrevista lo mismo: "El nivel de madurez lo adquirí en España, mi profesión la encontré ahí, mi pasión. Mi familia vive en España, mi hijo vive ahí, mi casa, mis amigos, todo está ahí", confesó a ESPN. Unos meses antes, tras coronarse campeón de peso pluma, había sido todavía más directo: "España, mi casa", dijo, para añadir después: "Echo mucho de menos a mi maravillosa España, no sabemos lo afortunados que somos de poder disfrutar del tesoro que nos regaló Dios que es España".

Rotonda en el Gabrinet, Alicante.

Rotonda en el Gabrinet, Alicante. / Zarateman | Wikicommons

Hoy Topuria reparte su vida entre Madrid y los gimnasios de medio mundo, pero Alicante sigue siendo el lugar al que vuelve cuando quiere recordar de dónde viene. Y para quien visite la ciudad, esa historia añade una capa más a un destino que ya tenía sobrados motivos para estar en cualquier ruta por el Mediterráneo español.

Una ciudad para perderse entre el castillo y el mar

Quien sube al castillo de Santa Bárbara entiende de golpe por qué Alicante enamora. La fortaleza corona el monte Benacantil, a 166 metros sobre el mar, y aunque hay restos de ocupación que se remontan a la Edad del Bronce, la construcción que hoy se visita tiene su origen a finales del siglo IX, durante la dominación musulmana. Conquistada por las tropas cristianas el día de Santa Bárbara de 1248 —de ahí su nombre— y ampliada en distintas etapas hasta el siglo XVI, su extensión la convierte en una de las grandes fortalezas medievales del país, y desde sus murallas se domina toda la bahía, el puerto y, en días claros, hasta la isla de Tabarca.

Explanada de Alicante.

Explanada de Alicante. / Istock

Bajar del castillo significa entrar de lleno en el barrio de Santa Cruz, el casco antiguo más fotogénico de la ciudad: calles estrechas, escalinatas y casas encaladas que a principios de mayo se llenan de flores con motivo de las Cruces de Mayo, una fiesta que se remonta a 1837 y que convierte cada rincón del barrio en una pequeña obra efímera. Desde allí, el paseo natural lleva hasta la Explanada de España, el bulevar marítimo de palmeras donde más de seis millones de teselas de mármol —en rojo, crema y negro— forman un mosaico ondulado que imita el movimiento de las olas. Es, sencillamente, una de las explanadas más bonitas de toda España, y recorrerla al atardecer, con el puerto a un lado y las terrazas llenas al otro, resume bien lo que significa estar en Alicante.

El castillo de Santa Bárbara, visto desde la Playa del Postiguet.

El castillo de Santa Bárbara, visto desde la Playa del Postiguet. / Istock

Para completar el plano basta seguir hasta la playa del Postiguet, la arena urbana que se extiende a los pies del propio Benacantil, o acercarse al Mercado Central, un edificio modernista de principios del siglo XX que sigue siendo el corazón comercial de la ciudad. Entre castillo, mar y mercado, Alicante reúne en pocos kilómetros todo lo que se le puede pedir a una gran capital mediterránea.

Arroces, salazones y un vino para recuperar

Ningún viaje a Alicante está completo sin pasar por su arroz. El arroz a banda —cocinado en el caldo de pescado y servido por separado del pescado que le da sabor— convive con el arroz del senyoret, la versión "para señoritos" en la que el marisco ya viene pelado, y con el arroz con costra, típico del interior de la provincia, que se hornea hasta formar una capa dorada de huevo cuajado por encima. Los tres se encuentran tanto en el casco antiguo como en los restaurantes junto al puerto, y cada uno tiene defensores acérrimos entre los propios alicantinos.

Barrio de Santa Cruz, Alicante.

Barrio de Santa Cruz, Alicante. / Istock

Antes del arroz, o como aperitivo aparte, llegan las salazones: mojama de atún curada al sol, hueva prensada y unas lonchas de coca de atún, esa especie de empanada plana que se sirve fría y que combina de maravilla con un vermut. Para el postre apenas hay discusión: el turrón de Xixona, elaborado con almendra molida en el interior de la provincia, es uno de los productos con más identidad de toda la repostería española. Y para acompañar, o simplemente para tomar con calma en una terraza de la Explanada, el Fondillón, un vino dulce y añejo de uva monastrell que durante siglos fue uno de los grandes tesoros vinícolas de Alicante y que hoy, en plena recuperación, merece la pena buscar en cualquier vinoteca o restaurante con buena carta de la zona.

El Mercado Central, con sus puestos de pescado fresco, salazones y producto de la huerta bajo una cúpula modernista, es un buen sitio para empezar. Desde ahí, dejarse llevar por las calles del centro hasta dar con la mesa adecuada es, en Alicante, una de las formas más auténticas de conocer la ciudad.