El refugio de Iker Jiménez (53 años) huele a atún rojo y le ha hecho sentir parte de una familia: "Por vez primera en mi vida estoy abrumado con el cariño y el afecto limpio que yo siento"
Un municipio de la Costa de la Luz que vive del atún de almadraba desde hace tres mil años recibe cada verano a uno de los periodistas más seguidos de España. Aquí no hace falta ser famoso para comer bien; solo hace falta llegar.

Este lugar se ha convertido en todo un hogar para el presentador de televisión. / Istock
Cuando en enero de 2026 Horizonte superó el millón de espectadores en prime time —con cuotas de hasta el 12,5%, compitiendo en esa franja con los programas de mayor share de la televisión generalista—, Iker Jiménez llevaba ya más de dos décadas instalado en la conversación pública española. Cuarto Milenio arrancó en Cuatro en 2005 y hoy navega por su 21ª temporada junto a Carmen Porter. En 2025, la Unión Astronómica Internacional le otorgó un honor que pocos periodistas reciben: el asteroide 375303 lleva desde entonces su nombre. Hay personas cuya presencia en una pantalla acaba pareciendo permanente, inevitable casi.

Redacción Viajar
La costa de Cádiz funciona como correctivo. En el verano de 2022, desde Barbate, Iker Jiménez publicó en su cuenta un tuit que tenía más de confesión que de comunicado: "Ando al sur del sur… y ¡sois increíbles! Gracias por tanto respeto y afecto." Días después grabó un vídeo en el que contaba haberse cruzado de madrugada con dos fans en el paseo —"doblan una esquina y me aparezco casi como una sombra, ¡qué caras!", escribió— antes de añadir algo que sonaba a alivio genuino: "Tendríais que vivir con nosotros la sensación de afecto, sentirte parte de una familia. Por vez primera en mi vida estoy abrumado con el cariño y el afecto limpio que yo siento. Eso sí que es un premio." El periodista que en televisión convoca a más de un millón de espectadores hablaba desde un municipio gaditano de 21.000 habitantes donde la temporada alta gira en torno al atún, no a los famosos. Eso, en la escala de los refugios posibles, no es poco.

Cádiz, Andalucía / Istock / Frank van den Bergh
El rito de la almadraba
El mes de mayo cambia el carácter de Barbate de una forma difícil de describir sin haber estado. El pueblo —encajonado entre el Parque Natural de la Breña y Marismas del Barbate al norte y el Estrecho al sur, a menos de dos horas de Sevilla— vive el resto del año con la cadencia de cualquier ciudad pesquera andaluza de tamaño medio. Pero cuando llega la temporada de almadraba, entre abril y junio, el ritmo cambia. Los barcos salen. El cerco de redes lleva días tendido en el Estrecho. El levante puede retrasar o adelantar la ronquea —el momento del despiece tradicional— y todo el pueblo lo sabe porque todo el pueblo tiene algo que ver con lo que pase.

Almadraba de Barbate / Istock / Marlene Vicente
La almadraba de Barbate es una de las cuatro que siguen activas en el Estrecho, junto a las de Zahara de los Atunes, Conil y Tarifa. La técnica —una red laberíntica anclada al fondo que aprovecha la ruta migratoria del atún rojo desde el Atlántico hacia el Mediterráneo— la introdujeron los fenicios hace más de tres mil años. Que hoy en día se siga practicando exactamente en los mismos puntos del litoral que hace tres milenios no es romanticismo: es que el atún sigue usando el mismo camino, y los barbateños llevan generaciones esperándole.

Almadraba de Barbate / Istock / FCA DE LA RUA
El resultado en el plato es lo que distingue a Barbate de cualquier otro municipio costero de Andalucía. El atún rojo de almadraba no es el mismo producto que llega congelado al resto de los mercados. La ventresca —el corte más graso, extraído del vientre— tiene una untuosidad que no se encuentra en ningún otro pescado del Atlántico sur, y piezas como el morrillo (la parte alta de la cabeza) o el tarantelo (la zona semigrasa entre el lomo y la ventresca) son bocados excepcionales. El lomo es el más versátil y el que aparece en más preparaciones; la mojama —el lomo curado en sal— es el otro gran souvenir comestible de la zona: seca, intensa, cortada fina sobre un buen pan con aceite de Cádiz.

Platillo de mojama / Istock / 5
Acantilados, pinos y la batalla más famosa del Atlántico
El Sendero Torre del Tajo empieza donde terminan las últimas casas de Barbate y no suelta al caminante hasta que ha puesto los pies en el borde de unos acantilados de ochenta metros sobre el Estrecho. Los ocho kilómetros del recorrido atraviesan el Parque Natural de la Breña y Marismas de Barbate —unas cinco mil hectáreas de pinares atlánticos, dunas fijadas por la vegetación y marismas de agua salobre— y terminan en la Torre del Tajo, una atalaya vigía del siglo XVI desde la que, en los días claros, se ve la costa africana. El sendero no tiene dificultad técnica, pero merece salir temprano en verano.

Costa rocosa atlántica cerca de Barbate / Istock
A unos diez kilómetros al norte de Barbate, ya en el término municipal de Conil, el Faro de Trafalgar señala el punto donde en octubre de 1805 se decidió el control de los mares durante el siglo siguiente. La batalla que convirtió a Nelson en mártir de la Marina británica y que dejó a la flota franco-española fuera de combate para siempre está aquí reducida a un faro blanco, una franja de playa salvaje y algunas señales de interpretación. Es uno de esos lugares que impresionan más por lo que no hay que por lo que hay.

Zahara de los Atunes, España / Istock
Hacia el sur está Zahara de los Atunes, pedanía del municipio de Barbate a unos diez kilómetros por la costa. Tiene 1.400 habitantes y una playa de arena fina que se extiende durante kilómetros sin que nadie haya colocado todavía una cadena de hoteles encima. El pueblo tiene origen almadrabero —el conjunto histórico del siglo XVI, con las antiguas instalaciones de pesca y la torre defensiva, fue declarado Bien de Interés Cultural en 2004— y una escala que permite seguir caminando sin mapa. En el Mercado de Abastos local, cuyo techo pintado le ha valido el apelativo de la Capilla Sixtina de los atunes, se puede comprar producto local sin pasar por el intermediario del restaurante.

Patio de la muralla del castillo medieval del Castillo de las Almadrabas en Zahara de los Atunes. / Istock / Galgoczy Gabriel
Zahara ha construido su fama discreta sobre lo que no ofrece: no tiene el ruido de Marbella, no tiene la masificación de Conil en agosto, no tiene la arquitectura de postal de los pueblos blancos del interior. Lo que tiene es una playa de bandera azul, una docena de restaurantes que saben lo que hacen con el atún y la sensación, cada vez más escasa en la costa española, de que el pueblo todavía le pertenece a quien vive en él.

Escenas de Andalucía / Istock
Cómo llegar, cuándo ir y dónde comer atún
El coche es la opción más cómoda para llegar a Barbate, y eso en parte explica el perfil del lugar: no es destino de turismo de masas ni de paso. Desde Sevilla, la distancia ronda los 130 kilómetros, desde Madrid son cerca de 670 kilómetros por la A-4 hasta Sevilla y después hacia el sur, con una duración total de aproximadamente dos horas y media en condiciones normales de tráfico. No existe conexión de tren directo a Barbate: la estación más cercana es la de Jerez de la Frontera o la de Cádiz, desde donde operan autobuses con parada en el municipio.
La mejor época para el atún de almadraba en origen —el producto fresco, recién desembarcado, sin pasos intermedios— son los meses de mayo y junio. Fuera de temporada, los restaurantes trabajan con producto ultracongelado en el momento del despiece, de calidad alta, aunque comer en el pueblo mientras la almadraba está activa tiene una dimensión que va más allá del plato.
Para comer: El Campero, en Barbate, sigue siendo la dirección más recomendada para quien quiera entender el atún de almadraba como propuesta gastronómica elaborada. Con Julio Vázquez en la cocina, su carta organizada por partes del animal sigue siendo una referencia. En Zahara de los Atunes, La Sal y el Restaurante Antonio son las otras dos paradas obligadas del municipio.
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