El refugio de Enric Mas (31 años) es un pueblo de Mallorca con 180 escalones al cielo donde descansa de la Vuelta a España
Mientras lidera al Movistar en su cuarto intento de podio en la Vuelta 2026, el ciclista mallorquín sigue teniendo un único destino fijo para desconectar: el pueblo donde aprendió a pedalear.

Un precioso pueblo de Mallorca que ya deberías conocer. / Istock
Más de 58.000 metros de desnivel separan Mónaco de la meta final de La Vuelta a España 2026. Enric Mas los afronta como líder del Movistar Team, con tres segundos puestos y un tercero en la carrera a sus espaldas, pero su idea del descanso queda bastante lejos de los hoteles y los focos que acompañan al pelotón. Cuando se libra de la bicicleta, cambia el maillot por el neopreno. Le gusta nadar, bucear y volver al mar que conoce desde niño, el mismo al que regresa cada vez que el calendario le deja unos días libres.

Vista de Artà. / Istock
Mucho antes de ocupar ese lugar dentro de un equipo WorldTour, Mas ya pasaba horas sobre una bicicleta. Tenía doce años cuando empezó en la Escoleta de Ciclisme dirigida por Miquel Alzamora, campeón del mundo de pista y otro nombre estrechamente ligado a su localidad natal. Quienes compartieron aquellos primeros años con él recuerdan una disciplina que encaja bien con el corredor reservado que sigue siendo hoy, poco dado a convertir su vida fuera de la competición en espectáculo. También ahí hay una constante: cuando termina una concentración, una carrera o una temporada, su brújula vuelve a señalar el noreste de Mallorca. El nombre que aparece al final del camino es Artà.

Adriana Fernández
De Ses Païsses a Sant Salvador
Antes de las bicicletas, de los maillots y de cualquier apellido conocido, aquí ya se levantaban enormes bloques de piedra. A las afueras del núcleo urbano se conserva Ses Païsses, un poblado talayótico cuyo origen se sitúa en torno al año 850 antes de Cristo y que mantiene buena parte de su impresionante recinto amurallado. El arqueólogo italiano Giovanni Lilliu trabajó en su excavación durante la década de 1960 y contribuyó a sacar a la luz un conjunto que hoy permite acercarse a una de las etapas más antiguas de la isla entre construcciones ciclópeas y viejos olivos.

Vista de las calles de la histórica ciudad de Arta en Mallorca / Istock
Otro perfil domina Artà desde lo alto. Para alcanzar el recinto de Sant Salvador hay que salvar 180 escalones desde el pueblo, suficientes para recordar que aquí las pendientes tampoco son asunto exclusivo de los ciclistas. El enclave ocupa el espacio de una antigua Almudaina árabe sobre la que posteriormente se desarrolló una fortificación defensiva. Algunas de las fechas clave fue el incendio que destruyó el templo en 1820, cuando se utilizaba como hospital durante una epidemia, y su reconstrucción entre 1825 y 1832. Desde el cerro se entiende además la forma de Artà de un solo vistazo: el caserío de piedra arenisca, las calles apretadas alrededor del centro y, detrás, el relieve de la serra de Llevant antes de encontrarse con el Mediterráneo.

Escalinata del Calvario que conduce a la ermita de Sant Salvador en la localidad mallorquina de Artà / Istock
El pueblo que se guarda para sí mismo: costa, gastronomía y un secreto bajo tierra
A ras de calle, Artà cambia de escala. Las fachadas de piedra arenisca y el trazado del casco antiguo conducen hasta edificios como Na Batlessa, antigua casa señorial convertida en biblioteca municipal, una de esas transformaciones que explican cómo el patrimonio sigue formando parte de la vida cotidiana. Cada martes, el mercado semanal devuelve actividad a la plaza con puestos de artesanía y productos locales. También sobrevive la memoria ferroviaria: la antigua estación recuerda la línea que comunicó Artà con Palma entre 1921 y 1977 y hoy está vinculada a la vía verde que se prolonga hacia Manacor, otra manera de reencontrarse con la bicicleta sin dorsales ni tiempos que perseguir.

Artà y el Santuario de Sant Salvador / Istock
Bajo tierra aparece una de las imágenes más conocidas de esta parte de Mallorca. Las Coves d'Artà conservan grandes salas de estalactitas y estalagmitas, entre ellas la formación bautizada como Reina de las Columnas. El nombre puede llevar a engaño: pese a su denominación popular, las cuevas se encuentran administrativamente dentro del término municipal de Capdepera. Artà no necesita apropiárselas para presumir de costa. Cala Torta, Cala Mitjana, Cala Estreta o Na Clara forman parte de un litoral menos urbanizado que otros puntos de la isla y ayudan a entender por qué Mas, cuando vuelve a casa, busca el agua. Aquí nadar y bucear no son una excursión añadida al viaje, sino parte de la relación que el ciclista mantiene con el lugar en el que creció.

Escalera hasta el calvario de Arta / Istock
La cocina completa ese vínculo sin demasiadas ceremonias. Sobrasada, tumbet, frito mallorquín o porcella forman parte del recetario que se encuentra en Artà y en buena parte de Mallorca, con restaurantes que siguen trabajando desde una lógica familiar y muy pegada al producto local. Dentro del recinto de Sant Salvador, el restaurante del mismo nombre lleva más de dos décadas sirviendo arroces, paellas y platos tradicionales con el pueblo desplegado bajo la terraza. Es otra perspectiva del mismo paisaje que aparece desde las calles, las calas o los caminos de la serra de Llevant: una Mallorca que no necesita apartarse del mapa para conservar un ritmo propio.
Mas tampoco necesita explicarlo demasiado. Cuando le preguntaron qué hacía durante su tiempo libre, eligió una frase que une su presente con el lugar del que salió: "Cuando estoy en Artà siempre me escapo a bucear y a nadar".
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