El refugio de Emilio Aragón (67 años) es un pueblo con 66 Bienes de Interés: un lugar que considera "su particular paraíso" y de origen romano
Pollença, al norte de Mallorca, lleva más de dos décadas siendo el ancla estival del artista hispano-cubano, que ha encontrado en este pueblo de calles empedradas y raíces milenarias el contrapunto perfecto a su agitada vida en Madrid.

Este precioso pueblo de Mallorca es el refugio de Emilio Aragón. / Istock
Hay una Mallorca que los folletos no terminan de explicar bien. No la de los chiringuitos ni los aeropuertos desbordados en agosto, sino la otra: la de los pueblos del interior que huelen a piedra caliente y a higuera, donde la gente sigue haciendo el mercado los domingos por la mañana y el tiempo parece funcionar con otras reglas. Al norte de la isla, donde la Tramuntana se funde con el mar, está Pollença, un pueblo que ha sabido conservar su esencia sin renunciar al encanto cosmopolita que atrae a viajeros de todo el mundo. Es exactamente el tipo de lugar que uno busca cuando lleva demasiados días entre playa y terraza: un sitio con fondo, con capas, con algo que contar más allá del paisaje.

Escaleras del Calvario en la ciudad de Pollença / Istock
Desde principios del siglo XX han pasado por Pollença artistas de todo el mundo, buscando inspiración en un paisaje donde la Serra de Tramuntana se precipita al mar por los acantilados de Formentor. Esa tradición sigue viva. Y entre los nombres que han hecho de este pueblo algo más que un destino de verano está Emilio Aragón —el hijo de Miliki, el Milikito que creció ante las cámaras, el mismo que después fundaría Globomedia, protagonizaría Médico de Familia y dirigiría Pájaros de Papel—, quien lleva más de veinte años estableciendo en Pollença su refugio particular, un enclave privilegiado en la isla balear donde disfruta junto a su familia de un sinfín de actividades estivales.

Adriana Fernández
El pueblo de los Aragón
A pesar del ruido social que puede generar, Pollença se ha convertido en una especie de paraíso para Emilio Aragón y su familia, quienes, cada vez que pueden, se escapan a esta pequeña localidad rodeada de vegetación y frente al mar. Este enclave de la isla le sirve como retiro personal: pasea por el pueblo, navega con su embarcación por la bahía y disfruta las calas cercanas. Es habitual verle por la zona sin ningún protocolo, como un vecino más, recorriendo las mismas calles empedradas y parando en los mismos bares de siempre. Que alguien con su agenda y sus posibilidades lleve más de dos décadas eligiendo el mismo rincón cada verano dice bastante sobre lo que Pollença tiene —y sobre lo que no tiene, que a veces importa más.

Calles del pueblo de Pollença. / Istock
El vínculo ya ha pasado a la siguiente generación. Nacho, su hijo menor, veranea desde hace años con su familia en Pollença, pueblo en el que tienen una casa desde hace dos décadas, y decidió precisamente este lugar para casarse con Bea Gimeno. Pollença no es para los Aragón un capricho de temporada, sino algo parecido a un segundo hogar, con todo lo que eso implica de rutina, de afecto construido despacio y de raíces que ya no se arrancan fácilmente.
Un pueblo con dos mil años encima
Que Pollença acumule 66 Bienes de Interés Cultural no es una casualidad administrativa. Es la consecuencia lógica de un lugar que lleva habitado, en distintas formas, desde antes de que existiera la noción de España. Los primeros asentamientos en la zona datan de la época pretalayótica y talayótica. Los romanos fundaron Pollentia en el 123 a.C., cerca de la actual Alcúdia, aunque algunas casas dispersas de la época romana se encontraban ya donde hoy está Pollença. De hecho, la propia toponimia del pueblo viene directamente del latín: se cree que los habitantes de Pollentia, tras su destrucción, se trasladaron a la zona actual de Pollença, adoptando su nombre.

Plaza del mercado en Pollença. / Istock
Cruzan el torrente de Sant Jordi a las afueras del pueblo por el llamado Puente Romano, el Pont Romà, una estructura de piedra que lleva siglos siendo uno de los símbolos del lugar. Su origen exacto es objeto de debate: pasó a nombrarse Puente Romano en el siglo XIX debido a la similitud de sus formas con las de los viaductos de la antigua Roma, aunque su historia documentada arranca en la Edad Media. Sea como sea, los romanos dejaron una huella imborrable en Pollença: su nombre. Y eso, en materia de herencia histórica, no es poco.

Pollença es uno de los pueblos más bonitos de Mallorca. / Istock
La verdadera fundación de Pollença tal y como la conocemos ocurrió tras la conquista cristiana en 1229, cuando el rey Jaume I repartió las tierras entre templarios, obispos y otros nobles. Bajo el dominio de los templarios, la ciudad prosperó y se construyó una iglesia en la plaza principal, Nostra Senyora dels Àngels. Siglos después, la historia volvería a sacudir el pueblo con uno de sus episodios más recordados: el ataque pirata más célebre ocurrió en 1550, cuando el héroe local Joan Mas lideró a los habitantes para derrotar a los invasores turcos, a pesar de estar escasamente armados. Ese momento se revive cada 2 de agosto con la fiesta de Moros y Cristianos, una de las celebraciones más antiguas y arraigadas de la isla.
El pueblo que uno encuentra hoy conserva toda esa densidad histórica sin necesidad de exhibirla. La parte alta de Pollença se extiende hasta el Calvari en una subida de 365 escalones —tantos como días tiene el año—, flanqueada por cipreses, hasta un oratorio donde se conserva un grupo escultórico del siglo XIV del Cristo crucificado que protagoniza la Procesión de las Antorchas del Viernes Santo. Subir a primera hora, con el pueblo todavía dormido abajo, es una de esas experiencias que justifican el viaje por sí solas.

La escalera de Pollença con 365 escalones en el encantador pueblo en el norte de la isla mediterránea de Mallorca / Istock / Jan van der Wolf
En el corazón del pueblo, el convento de Santo Domingo cierra otro de los grandes círculos culturales de Pollença. El Festival de Pollença inició su recorrido en el año 1962 por iniciativa del distinguido violinista inglés Philip Newman, y se ha mantenido hasta hoy como una de las citas ineludibles del verano mediterráneo. Perteneciente a la Asociación Europea de Festivales y presidido por S.M. la Reina Emérita Doña Sofía, en él se dan cita las mejores orquestas y reconocidos solistas, así como coros y cantantes de ópera. Que todo eso ocurra en el claustro de un convento del siglo XVII, bajo las estrellas mallorquinas de agosto, es uno de esos detalles que Pollença se permite sin aspavientos.
Para los amantes del deporte y la naturaleza, el municipio ofrece rutas de senderismo y ciclismo a través de paisajes de ensueño, con la Serra de Tramuntana —declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco— como telón de fondo permanente. Y para quienes prefieran bajar la intensidad, el mercado dominical, con aproximadamente 300 puestos de venta, permite adquirir desde productos frescos de temporada hasta quesos artesanales de Mallorca y Menorca, aceitunas, salazones y artesanía local. Más al norte, el Cabo de Formentor remata el mapa con uno de los perfiles costeros más reconocibles del Mediterráneo.

Puerto de Pollença. / Istock
A pocos kilómetros del pueblo está el Puerto de Pollença, una zona costera más abierta, con playas de aguas claras, paseo marítimo y ambiente marítimo. Esa doble vida —pueblo tradicional y puerto moderno— le da al municipio una variedad de experiencias difícil de encontrar en un solo destino. Es, en el fondo, lo que hace que gente como Emilio Aragón lleve tanto tiempo volviendo: Pollença tiene la escala justa. Suficiente para descubrir algo nuevo cada verano, suficiente para no cansarse jamás.
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