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El refugio de Almudena Ariza (62 años) está en la ciudad portuaria de España que le dio su primera oportunidad: "Mis raíces están en esta casa con estos micrófonos"

Entre el Peñón y la costa africana, la corresponsal que hoy informa desde Bogotá encontró antes que ninguna guerra el oficio que la llevaría a recorrer medio mundo.

La periodista dio sus primeros pasos en el gremio desde esta curiosa ciudad.

La periodista dio sus primeros pasos en el gremio desde esta curiosa ciudad. / Istock

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Almudena Ariza (62 años) lleva ya un año largo despachando desde Bogotá la actualidad de media Suramérica -Colombia, Venezuela, Perú, Ecuador y Panamá- después de casi dos años narrando la guerra de Gaza desde Jerusalén. Antes hubo Pekín, dos etapas en Nueva York, París, el terremoto de Haití, la invasión de Ucrania. Pero el primer micrófono que tocó en su vida no fue ninguno de esos: fue el de Radio Algeciras, en la Cadena SER, en agosto de 1980, cuando esta madrileña de familia andaluza tenía diecisiete años y dijo tener dieciocho para que la contrataran.

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Redacción Viajar

Aquel año escaso como locutora en la ciudad del Estrecho fue, según ha reconocido ella misma en una entrevista en La Ventana recogida por El Español, el origen de todo lo que vino después. No nació en Algeciras -vio la luz en Madrid, en 1963- pero fue allí, mirando el Peñón de Gibraltar por un lado y la costa de Marruecos por el otro, donde decidió que quería contar historias en lugar de dedicarse a la guitarra flamenca: había estudiado clásica en el conservatorio y llegó a soñar, brevemente, con ser concertista.

Vista de Gibraltar

Vista de Gibraltar / Istock

Una ciudad que mira a dos continentes desde el siglo XIII

Han pasado ya cuarenta y seis años desde aquella mentira sobre la edad y esa primera guardia de madrugada en la SER. Ariza ha narrado guerras, terremotos y huracanes desde medio planeta, y ahora lo hace desde Bogotá. Pero cuando le preguntan por el origen de todo, no habla de platós ni de premios: habla de Algeciras. "Mis raíces están en esta casa con estos micrófonos", dijo, y ahí sigue esa casa, con el Estrecho al fondo, esperando a que alguien más entienda que a veces el mundo entero cabe en una sola emisora de pueblo.

Vista lejana del Peñón de Gibraltar

Vista lejana del Peñón de Gibraltar / Istock

Algeciras se asienta en la bahía que lleva su nombre, en el punto exacto donde el Mediterráneo se estrecha hasta rozar África. Desde varios de sus miradores se ve, casi a la vez, el Peñón de Gibraltar y la costa marroquí, algo que muy pocas ciudades españolas pueden ofrecer con tanta nitidez.

Los fenicios ya supieron aprovechar ese cruce de aguas, y después llegaron los romanos, pero fue el dominio islámico el que dejó la huella más determinante: la ciudad se llamó Al-Yazira Al-Jadra, la isla verde, y entre 1279 y 1285 el emir meriní levantó el sistema de murallas que hoy se conserva, parcialmente, en el Parque Arqueológico de las Murallas Meriníes. Aquellas fortificaciones aguantaron un asedio castellano de casi dos años, entre 1342 y 1344, antes de rendirse, y acabaron destruidas por el ejército nazarí en 1379.

Parque Centernario

Parque Centernario / @Ayuntamiento de Algeciras

Ocho siglos después, el Estrecho sigue marcando el pulso de la ciudad. Su puerto, el de la Bahía de Algeciras, movió en 2024 más de 104 millones de toneladas de mercancía, la cifra más alta de todo el sistema portuario español, y continúa siendo el paso obligado del tráfico marítimo entre España y Marruecos, con ferris que cruzan a diario hacia Tánger y Ceuta.

Plaza Alta, el jardín francés y el eco andalusí

Quien llega a Algeciras sin prisa suele empezar por la Plaza Alta, el corazón histórico de la ciudad, con el Ayuntamiento, la Capilla de Nuestra Señora de Europa y los bancos de azulejos típicos del sur donde conviene sentarse un rato antes de seguir.

Parque María Cristina,

Parque María Cristina, / Wikicommons

A un paso, por la calle Alfonso XI, se llega al Parque María Cristina, un jardín de estilo francés inaugurado en 1834 que ronda los 20.000 metros cuadrados y sigue siendo, casi dos siglos después, el pulmón verde del centro. Justo enfrente, el Parque Arqueológico de las Murallas Meriníes deja ver los restos de aquel sistema defensivo del siglo XIII, excavado entre 1996 y 1998.

Pegado a las murallas, en el edificio Blas Infante, el Centro de Interpretación de la Cultura Andalusí -dependiente del Museo Municipal- reúne restos arqueológicos y réplicas de la Algeciras medieval: el armamento de los asedios, el gran cementerio que se extendía extramuros de la ciudad, la vida doméstica de aquella época. Es una parada corta que explica bien por qué esta ciudad presume de haber sido, durante siglos, frontera y puente al mismo tiempo.

Gibraltar y Bahía de Algeciras

Gibraltar y Bahía de Algeciras / Istock / M.Torres

Del mercado con cúpula a la freiduría de tres generaciones

Y para comer, el punto de partida casi obligado es el Mercado de Abastos, conocido como Mercado Ingeniero Torroja: un edificio octogonal de 1935, diseñado por el ingeniero Eduardo Torroja, con una cúpula de hormigón de casi 48 metros de diámetro y solo 9 centímetros de espesor que todavía hoy trae a estudiantes de arquitectura de toda España a verla. Declarado Bien de Interés Cultural en 2001, es también donde los vecinos compran el pescado que luego se fríe a pocos metros de allí.

Parque Centenario

Parque Centenario / @Ayuntamiento de Algeciras

Cómo llegar

Llegar a Algeciras es sencillo: Renfe conecta la ciudad con Madrid en un tren directo diario de algo menos de cinco horas, y desde toda Andalucía llegan autobuses y trenes de media distancia.

Para el pescaíto frito, el barrio de San Isidro guarda una dirección con historia propia: el Bar Pepe Troya, que empezó en 1951 como almacén de ultramarinos y hoy va ya por la tercera generación de la misma familia, sirviendo fritura, marisco y chacinas con producto que llega de las costas de Cádiz, Huelva y Marruecos. No hace falta reserva ni ceremonia: solo hambre y ganas de sentarse un rato frente al mismo mar que Ariza aprendió a mirar antes de aprender a contarlo.