Las Ramblas, contadas... y dibujadas. Un paseo en el que siempre queda algo por descubrir

El escritor Carlos Zanón y la ilustradora Lara Costafreda retratan la ciudad condal en la bellísima serie editorial Tintablanca que nos transporta por diferentes ciudades del mundo. Este es el capítulo de Las Ramblas de Barcelona. 

 

Carlos Zanón/Lara Costafreda
 | 
Foto: ©Lara Costafreda

Si eres de Barcelona la primera vez que vas a Las Ramblas te llevan de la mano. Lo hace tu padre o tu madre.Tu abuela o tu tío, tus primos o tus hermanos mayores. A medida que crezcas irás muchas otras veces a Las Ramblas agarrado a tus amigos, a tus amores, a cuerpos que deseas, a recién conocidos o del brazo de algún poli.Y claro, también acabarás por ir solo. Buscando algo, al encuentro de algo porque siempre hay algo en Las Ramblas que descubrir, siempre te ofrecen algo que no quieres y a veces algo que, sin saberlo, necesitas. Pero esa primera vez siempre será de la mano. Es un paseo iniciático, tutelado que recordarás siempre porque uno acaba, en cierto modo, perteneciendo al lugar donde estuvo la gente que dio su mano para que no te perdieras.

©Lara Costafreda

Aclaremos algo. Hay quien a Las Ramblas la llama La Rambla. Según el escritor Carandell, todo depende de si uno cree en el monoteísmo o el politeísmo. Las Ramblas, Les Rambles. En casa, al parecer, éramos politeístas. El paseo de trazado irregular al reseguir una muralla está formado por cinco ramblas –Santa Mónica, Caputxins, Sant Josep, Estudis y Canaletes– y dos plazas –Reial y del Teatre–. Las Ramblas eran el último tramo de la riera d’en Malla (que es la que estaría debajo de la cercana calle Balmes). Durante la dominación romana estaríamos fuera de la ciudad y creo que ese estado mental aún permanece de alguna manera en Las Ramblas. La expansión demográfica medieval la convirtió en camino de ronda acabando con los años en frontera entre la vieja y nueva Barcelona, y desde el siglo xv fue lugar ideal para merca- do y paseo. A los barceloneses nos gusta pasear sí, pero a lo largo: pasan los siglos y seguimos sin entender muy bien para qué sirven las plazas. Muchas de ellas a un lado y otra de Las Ramblas –plaça Reial, plaça Duc de Medinaceli– así como otros espacios –mercat de la Boqueria o el Liceu– son resultado de la desamortización de bienes eclesiásticos del siglo xix de Mendizábal y Madoz. Los nombres que aún se conservan de las diferentes ramblas remiten a esos conventos e iglesias.

De la mano ibas esa primera, esas primeras veces para que no te perdieras en la muchedumbre que pisotea esas olas dibujadas en el terrazo gris, semejando una riada de arriba abajo desde plaça Catalunya al mar, toda esa caprichosa chepa. En sentido contrario lo hacen quienes llegan desde el mar, con el monumento a Colón a sus espaldas y las montañas en el horizonte. Los de ya estamos, los que llegan, los que están pero no constan, los que se hacen ver son los menos porque Las Ramblas de después de la guerra ya no contaron con la burguesía y la nobleza sino con los restos del miedo y la supervivencia, trabajadores, delincuentes, buscavidas y restos de lo que fue el Ateneo, el Palau de la Virreina, el Liceu, el Café de l’Òpera, al lado de donde estaba la librería Verdaguer que dicen introdujo el romanticismo en esta ciudad.

©Lara Costafreda

Las Ramblas que yo conocí era la parte canalla de Barcelona que varía por tramos y muta dependiendo de las horas del día. Bastaba dejarte caer por algunas de las arterias que entran y salen de Las Ramblas para comprar discos de primera o segunda mano, libros, ropa, partituras, cuerda de guitarra, droga o sexo. Todo dependía de la necesidad, la oportunidad y la hora del día. Las Ramblas subidas o bajadas, recién regadas de madrugada, ardiendo, a la carrera perseguidos o perseguidores, cruzándolas, a la carrera o al trote, diletante o resuelto. No es necesario todo el recorrido, el primero desde arriba puede entenderse hasta el carrer del Carme, el siguiente dejando a un lado el mercat de la Boqueria, hasta el Liceu, de allí hasta el final, Colón. Son tres o cuatro tramos, tienen su nombre, pero uno acaba escorándose hacia Portaferrisa o Tallers, Nou de la Rambla o plaça Reial. No importa. Desde siempre Las Ramblas era terreno de frontera, de espabilados y pequeños delin- cuentes, comerciantes y paseantes. Las Ramblas de finales del xix y hasta la guerra civil las describe mejor que nadie Xavier Theros en uno de sus libros: “Paseaban juntas las familias de la alta burguesía  y los obreros de las categorías más bajas, donde se tocaba el mundo de la prostitución y del crimen con el universo de las sagas pu- dientes y donde católicos, espiritistas, carlistas, esperantistas, ateos, racionalistas, protestantes, anarquistas, conservadores o catalanistas caminaban mano a mano (...) La Rambla atrae a todos, los mezcla, los confunde, los realza, y se puede decir que la Rambla es de todos y de cada uno (...) porque nunca se hace extraña”.

Las Ramblas son la excusa de la serendipia. No sabes qué buscas hasta que lo encuentras y lo que encuentras era lo que necesitabas: un paraguas, una pulsera, un familiar que no debería estar por ahí o una dosis en mal estado.Y de adolescente bajabas hasta el vicio de Barcelona como lo dibujó el poeta Gil de Biedma, con los ojos como platos y las orejas en forma de radares porque allí sonaba un ruido de fondo persistente y a ratos tumultuoso, un montón de bajeles agujereados en el mar de los Sargazos, restos de serie, risas y ganas de vivir sin sordina ni red, premura, ansiedad, gloria en la derrota y gloria en la gloria.

Ibas a Las Ramblas porque desde tu barrio querías ir a Barce- lona, a despejarte, a distraerte, a confundirte entre los demás. Cuan- do venía gente de fuera, los llevabas a Las Ramblas porque estabas orgulloso de ellas.Y solo es un paseo repleto de gente conscientes de que están en Las Ramblas y eso es lo que hace especial andar por ellas. Es difícil de explicar: Acumulación y tolerancia. Nadie se siente rechazado, nadie es raro, nadie es extranjero en Las Ramblas. Con catorce años iba por Las Ramblas con mi novia y poco dinero. Me atraían los libros y me atraía más la idea de verme compran- do un libro, llevarlo a casa, dejar de leer los que mi tío me dejó al morir. No sabía nada de libros y autores más allá de la escuela. En uno de los quioscos que aquí y allá estaban en Las Ramblas vi dos cuyos títulos me impresionaron.

©Lara Costafreda

Solo tenía dinero para comprar uno y elegí Doce pruebas de la inexistencia de Dios de Sébastien Faure. Supongo que me pareció epatante ese librillo ante los ojos de mi novia a la que su madre aún obligaba a ir a misa cada domingo. Pero fue el título del otro libro el que me atormentó de tal modo que pedí dinero a mi madre y a la semana siguiente acudí al mismo quiosco y me compré Las flores del mal de Charles Baudelaire. Una edición horrorosa que el traductor hacía rimar pero que abrió un mundo desconocido para mí.Años más tarde, después de haber escuchado a Marc Almond decir a Paloma Chamorro  en el programa televisivo La edad de oro que sus discos no eran tristes, que triste era el Berlín de Lou Reed, hizo que buscara en las tiendas de discos de segunda mano del carrer Sant Pau, tocando Ramblas, el disco cuya primera canción estaba rayada, pero me dio igual. En esa misma tienda, vendían libros con letras y me compré el dedicado a Lou Reed con traducciones de Alberto Manzano en el que mezclaba versos del Lorca de Poeta en NuevaYork con los de Reed.Todo encajaba.

En discos Castelló me había comprado mis primeros discos. Uno por la portada simplemente, el This charming man, el maxi de Golpes Bajos y creo que McCartney II.Todo eso en Las Ramblas. Que Dios no existía, el albatros, la carroña, los almohadones voluptuosos, la giganta, Baudelaire, Caroline atravesando con su brazo el cristal a la altura de la muñeca, perdiendo sus hijos, Jim golpeándola, amores de yonquis, amores de extremos doblando los pies al caminar, Lou y Lorca, los cocodrilos de ojos amarillos arrancándoselos de sus cuencas con cucharas donde se hierve la heroína y Brech y Germán Coppini avisando que no miraras a los ojos de la gente...Y esa guitarra que sonaba como un carrusel, ese deslizarse por el cuero del coche y Macca perdido ya para siempre con Lennon muerto. No estaba nada mal el viaje, ese viaje a Las Ramblas del que volvías con botín nuevo e inesperado.

Libros de Viaje

De Nueva York a Barcelona. La colección Libros de Viaje de la editorial Tintablanca recorre diversas ciudades a través de delicados textos e ilustraciones capaces de transportarnos a sus calles, de la mano de diversos autores (entre ellos, Mariano López, director de VIAJAR). Puedes encontrarlos todos aquí.