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Las raíces de Pau Cubarsí (19 años) están en un pueblo de Girona de 185 habitantes: "Cuando ves a tus padres trabajar tan duro, eso se convierte en una referencia para ti"

Entre el cartel de entrada y el de salida hay 350 metros y ni una escuela, ni una guardería, ni un campo de fútbol. En ese pueblo de 185 vecinos del Gironès empezó todo.

Un paseo por el pueblo de Pau Cubarsí en Girona.

Un paseo por el pueblo de Pau Cubarsí en Girona. / Istock

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El Barça blindó a su central con una cláusula de 1.000 millones de euros hasta 2029. Esta madrugada, con España a un partido de la final de un Mundial, ese mismo futbolista de 19 años volvía a ser noticia por algo que no tiene precio de mercado: la firmeza con la que ha defendido a la selección en Estados Unidos. El semifinalista Pau Cubarsí es, según los datos del torneo, el futbolista menor de 20 años con más minutos disputados en la historia de los Mundiales, superando incluso a Mbappé en esa marca. Antes del cruce contra Francia no dudó en zanjar la pregunta sobre el miedo escénico ante una de las mayores estrellas del planeta con una respuesta corta y directa.

Iglesia de Estanyol.

Iglesia de Estanyol. / Peremagria | Wikicommons

Nada de eso explica, sin embargo, de dónde sale la calma con la que este chico saca el balón jugado bajo presión. La respuesta no está en La Masía ni en el vestuario de la Roja. Está a 15 kilómetros de Girona capital, en un pueblo tan pequeño que se recorre entero en menos de cinco minutos andando, donde una familia lleva más de un siglo trabajando la madera sin prisa y sin atajos.

El pueblo de Girona que parece sacado de una película de Disney

Redacción Viajar

Estanyol, el pueblo sin campo de fútbol

No hace falta coche para llegar de un extremo a otro de Estanyol: basta con caminar. Entre el rótulo que anuncia la entrada al núcleo y el que despide al visitante hay 350 metros, ni uno más. En ese trozo de Gironès, perteneciente al municipio de Bescanó, viven unos 185 vecinos rodeados de campos de cultivo en la cuenca del río Ter. No hay colegio. No hay guardería. Y desde luego no hay un campo de fútbol donde uno pudiera imaginar que se fabrica un central de selección.

Lo que sí hay, junto a la iglesia del pueblo, es un taller de carpintería que lleva funcionando desde 1905. Lo fundó Joan, el bisabuelo de Pau Cubarsí, que además de trabajar la madera afeitaba a los vecinos, porque en Estanyol tampoco había barbero. El oficio pasó al abuelo y hoy sigue vivo en manos del padre, Robert, y el tío, Jordi. Cuatro generaciones después, la Fusteria Cubarsí sigue siendo, junto al canto de los pájaros y algún coche ocasional, el único ruido que rompe el silencio del pueblo. Los vecinos cuentan, con cariño, que a veces se oye a Robert o a Jordi cantando dentro del taller mientras trabajan la madera. Que canten mal, añaden, es parte del folclore local.

Iglesia parroquial de Estanyol.

Iglesia parroquial de Estanyol. / Josep maria Viñolas | Wikicommons

Ahí, entre virutas y herramientas, se crió el defensa que hoy frena a delanteros de selecciones de todo el mundo. Él mismo lo ha contado sin épica, como quien recuerda una tarde cualquiera de la infancia: algún verano ayudó a su padre en la carpintería, aunque de niño pasaba más tiempo trasteando y molestando que echando una mano de verdad. Es un detalle pequeño, pero encierra una lógica que explica bastante: en un taller donde las cosas se construyen despacio, con las manos y sin prisa, un crío aprende que la solidez no se improvisa. Esa misma solidez es la que hoy sostiene su juego cuando sale con el balón controlado desde atrás.

La cita que abre este texto no habla de Estanyol, ni de carpintería, ni de fútbol. Habla del esfuerzo de unos padres para sacar adelante a una familia. Pero basta cruzarla con lo que se ve al llegar al pueblo —el taller encendido cada mañana, cuatro generaciones de la misma familia sin haberse movido de ahí— para entender que esa frase nació precisamente en este lugar, aunque el jugador no lo dijera con esas palabras.

Vista del pueblo de Estanyol.

Vista del pueblo de Estanyol. / Josep Maria Viñolas | Wikicommons

Junto a la carpintería, el otro punto de encuentro del pueblo es el restaurante ArEst, que llevan desde hace siete años Albert y Judith y que a la hora del almuerzo recibe también visitantes de fuera. Y muy cerca, la iglesia parroquial de Sant Andreu, con el cementerio adosado: el templo actual, de estilo barroco, se construyó entre 1701 y 1704 para sustituir a uno anterior que se había quedado pequeño para la parroquia, obra del mismo maestro, Agustí Soriano, que después firmaría la escalinata y el campanario de la catedral de Girona. Una curiosidad que conecta, sin que nadie lo hubiera buscado, la piedra de este pueblo diminuto con uno de los monumentos más fotografiados de la ciudad.

A cinco kilómetros, en Vilablareix, viven los cuatro abuelos de Cubarsí, maternos y paternos, y ahí dio sus primeras patadas a un balón antes de pasar al Girona FC y, en 2018, a La Masía. Volver a Estanyol y a Vilablareix sigue siendo, cuando el calendario lo permite, su manera de bajar de las nubes.

Vista de Estanyol desde el campanar de San Andreu.

Vista de Estanyol desde el campanar de San Andreu. / Jordi Doménech | Wikicommons

Girona y Banyoles, las dos puertas del Gironès

Quien llegue hasta Estanyol tiene, a apenas veinte minutos, una de las capitales de provincia más completas de España. Girona concentra en su casco antiguo la catedral de Santa María, con la nave gótica más ancha del mundo —23 metros— y una escalinata que es, vista desde la plaza, uno de los encuadres más reconocibles del país. Junto a ella, el call judío, uno de los barrios hebreos medievales mejor conservados de Europa, y el paseo por las murallas romanas, con vistas sobre los tejados y el río. Abajo, las fachadas de colores de las Casas del Onyar completan la imagen que cualquier visitante se lleva de la ciudad.

Casas coloridas a lo largo del río Onyar en Girona

Casas coloridas a lo largo del río Onyar en Girona / Istock / Ioanna_Alexa

La segunda puerta de entrada al territorio es Banyoles, a poco más de veinte kilómetros de Estanyol. Su lago, el mayor natural de Cataluña, fue sede del remo olímpico de Barcelona 92 y hoy sigue siendo un punto de referencia para caminar, remar o simplemente sentarse a mirar el agua. El casco histórico guarda el claustro románico del monasterio de Sant Esteve, de los siglos XI y XII, uno de los rincones con menos ruido turístico de toda la comarca. Entre la catedral gótica de Girona y el románico de Banyoles, el Gironès ofrece un recorrido que va mucho más allá de una mañana de paso.

Cómo organizar una visita

  • Cómo llegar. El aeropuerto de Girona conecta con Madrid en vuelos de poco más de una hora y con frecuencias diarias. En coche, desde Barcelona son aproximadamente 75 minutos por la AP-7. Desde Girona capital, Estanyol queda a unos 15 kilómetros, y desde el propio Bescanó apenas cinco minutos en coche; no existe transporte público directo hasta el pueblo, así que el vehículo propio es la opción más práctica.
  • Qué ver. Estanyol y Girona se pueden combinar en un mismo día sin prisa; Banyoles merece una jornada aparte, sobre todo si se quiere disfrutar del lago con calma.
  • Gastronomía. La cocina gerundense se apoya en platos de cuchara y de fuego lento: el xai a la catalana, el bacalao y la botifarra son habituales en la zona, acompañados de vinos de la DO Empordà. En Estanyol, el restaurante ArEst es la referencia obligada; en Girona y Banyoles, la oferta gastronómica es amplia (NO COMPROBADO: establecimientos concretos recomendados en ambas localidades, pendientes de verificación específica).
  • Mejor época. La primavera y el otoño lucen más en el campo que rodea Estanyol; el verano es la temporada natural para el lago de Banyoles. Quien busque tranquilidad, mejor evitar agosto.