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Las raíces de Miguel Rellán (82 años), primer Goya de la historia del cine español, están en la ciudad del Alcázar y la Giralda, donde dejó la medicina por el cine: "Fue una época maravillosa, dura y gloriosa"

Entre su primer Goya y su segunda nominación pasaron 39 años. En medio, una ciudad andaluza que lo convirtió en actor antes de que terminara la carrera de Medicina.

Pese a que su estancia fue limitada, el actor recuerda con cariño sus inicios en el gremio donde esta ciudad, fue parte fundamental.

Pese a que su estancia fue limitada, el actor recuerda con cariño sus inicios en el gremio donde esta ciudad, fue parte fundamental. / Istock

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Miguel Rellán tiene 82 años y acaba de vivir algo que muy pocos actores pueden contar: volver a sonar en la noche de los Goya casi cuatro décadas después de ganar el primero. Fue en la 40ª edición, la de 2026, nominado a Mejor Actor de Reparto por El Cautivo de Alejandro Amenábar. No se llevó la estatuilla —fue para Álvaro Cervantes—, pero la nominación por sí sola cerraba un círculo empezado en 1987, cuando Rellán ganó el primer Goya de reparto de la historiaTata mía. Treinta y nueve años de distancia entre dos noches de gala son, para cualquier carrera, una barbaridad de tiempo.

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Redacción Viajar

Ese tiempo empezó a construirse mucho antes de que existieran los Goya, en una ciudad que Rellán no eligió por vocación sino por herencia: Sevilla, adonde llegó siendo un adolescente flaco y miope para estudiar Medicina porque su padre era médico militar y él, sin darse cuenta, ya sabía de anatomía más que sus compañeros de clase. Lo que no sabía es que aquella ciudad tenía otros planes para él. En primero de carrera alguien le dijo que buscaban gente para el TEU, el teatro universitario, y Rellán dijo que sí sin sospechar que esa decisión iba a durar el resto de su vida.

Plaza de España de Sevilla

Plaza de España de Sevilla / Istock / Paolo Gallo

"Harto de pasarlo mal, aun pasándolo muy bien"

Corrían los años sesenta y Sevilla no se parecía en nada a la ciudad que hoy llenan los cruceristas y las terrazas de Triana. Era una ciudad gris por fuera y en ebullición por dentro, con una Facultad de Medicina donde un chico llegado de Tetuán empezó a compaginar la carrera con los ensayos del TEU casi sin darse cuenta de que la balanza se le estaba yendo hacia un lado. De ahí saltó al teatro de distrito, después a Tabanque, y finalmente, en 1968, fue uno de los fundadores del Esperpento Teatro Independiente, un grupo que hacía del escenario un arma política en pleno franquismo.

Escenas de Sevilla

Escenas de Sevilla / Istock

El Esperpento actuó en ateneos, en parroquias y en barrios obreros como La Macarena, ante públicos que jamás habían pisado un teatro comercial. Rellán lo resumía sin medias tintas en una entrevista para un medio cultural extremeño: "Queríamos, literalmente y llanamente, cambiar el mundo. Hacíamos un teatro de guerrillas, en el final del franquismo, donde el hecho de levantar un telón era un acto político". El régimen no tardó en tomar nota: el grupo fue prohibido en 1972, y aun así siguió girando por Europa para el público emigrante andaluz que llenaba los locales de Alemania y Suiza.

Basílica de la Macarena, Sevilla.

Basílica de la Macarena, Sevilla. / Istock

Durante nueve años Rellán llevó dos vidas a la vez, la de estudiante y la de actor, hasta que terminó la carrera de Medicina sin ninguna intención de ejercerla. En su propia versión de aquellos años, contada mucho después, no hay nostalgia edulcorada: "Fue una época maravillosa, dura y gloriosa". Cuando llegó el momento de marcharse a Madrid, hacia 1974, lo hizo con la furgoneta cargada de decorados y sin un duro en el bolsillo, resumiendo el salto con una frase que años después seguiría defendiendo: "harto de pasarlo mal, aun pasándolo muy bien".

Torre de Oro de Sevilla

Torre de Oro de Sevilla / Istock

La ciudad que quedó atrás

La Sevilla que hoy recibe a quien quiera seguir el rastro de aquellos años universitarios es, en muchos sentidos, otra ciudad, aunque la piedra siga siendo la misma. La Catedral, la más grande del mundo en volumen, se levantó entre 1401 y 1506 sobre lo que fue una mezquita almohade, y su Giralda —antiguo alminar del siglo XII— regala desde su rampa interior una panorámica que compensa cualquier cola de acceso. A pocos metros, el Real Alcázar conserva el título de palacio real en uso continuado más antiguo de Europa, con un origen que se remonta al siglo X y ampliaciones mudéjares del XIV que Pedro I dejó como firma. Sus jardines, más que el propio palacio, son de esas sorpresas que nadie anuncia y todos recuerdan.

Escenas de Sevilla

Escenas de Sevilla / Istock / William Perry

El barrio de Santa Cruz, antigua judería convertida en laberinto de callejuelas y naranjos, sigue siendo la postal más repetida de la ciudad, aunque todavía guarda recodos de silencio si se sabe buscar fuera de las horas punta. Cruzando el río está Triana, un barrio con genética propia: cuna del flamenco sevillano, cerámica de azulejos en cada fachada y un mercado cubierto de hierro decimonónico donde el pescado y las tapas conviven sin turismo de postal. La Plaza de España, construida para la Exposición Iberoamericana de 1929, sigue siendo uno de los rincones más cinematográficos de España, con su semicírculo de ladrillo, su canal y sus azulejos dedicados a cada provincia. Y junto al Guadalquivir, la Torre del Oro, vigía almohade del siglo XIII reconvertida hoy en museo naval, marca el paseo fluvial que separa el casco histórico del Arenal.

Campanario de la iglesia de Santa Ana en Triana, Sevilla

Campanario de la iglesia de Santa Ana en Triana, Sevilla / Istock

Cómo seguir el rastro hoy

Llegar hasta aquí es, hoy, mucho más sencillo que en los tiempos en que Rellán cargaba decorados en una furgoneta. El AVE une Madrid con Sevilla en poco más de dos horas y media, con frecuencias horarias que convierten la ciudad en destino de fin de semana sin apenas planificación. Quien prefiera volar tiene trayectos de aproximadamente una hora y cuarto. Una vez dentro, el centro histórico se recorre a pie o en bicicleta; el coche sobra y, en la práctica, estorba.

Escenas de Sevilla

Escenas de Sevilla / Istock / PEDRO TRIGO

Para comer, las tabernas de Triana y las freidurías del Arenal siguen siendo la apuesta más segura para quien busca pescaíto frito, tapas de cuchara y vermú de mediodía sin artificio. Entre los imprescindibles, subir a la Giralda al atardecer, cuando la luz rasante convierte la ciudad en un plano dorado, o pasear por el mercado de Triana a primera hora de la mañana, antes de que se llene. El Real Alcázar merece visitarse fuera de las horas centrales del día, cuando los jardines respiran mejor. En cuanto a temporada, la primavera anterior a la Semana Santa y los meses de septiembre y octubre ofrecen el mejor equilibrio entre luz y temperatura; agosto, con su calor extremo, es mejor dejarlo para otro viaje.