Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Las raíces de Isabel Rábago (52 años) están en un pueblo de Cantabria junto a Marismas Blancas y Negras: es el refugio de 70 especies de aves migratorias

A los pies de Peña Cabarga, entre rías y humedales recuperados de la industria naval, se esconde uno de los rincones con más vida silvestre de toda la bahía de Santander.

El refugio de Isabel Rábago está en Cantabria.

El refugio de Isabel Rábago está en Cantabria. / Istock

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google

Hay una hora, a media mañana, en que la Marisma Blanca de El Astillero se llena de un ruido que no es de ciudad: el aleteo de las anátidas al levantar el vuelo, el graznido lejano de un aguilucho lagunero patrullando el carrizal. Nada en ese paisaje delata que a apenas siete kilómetros está Santander, ni que un siglo atrás aquello era, en parte, un vertedero de rellenos industriales. Hoy es una reserva ornitológica, y quien camine su senda de dos kilómetros puede cruzarse con porrones moñudos, cigüeñuelas o algún charrán despistado.

Tiene la estación termal más antigua de Cantabria: así es el precioso pueblo del norte de España perfecto para hacer turismo rural

Adriana Fernández

En ese mismo municipio creció, desde muy niña, Isabel Rábago. Nació en Ferrol por accidente familiar, mientras la familia era cántabra de raíz, y fue en El Astillero donde pasó su infancia y adolescencia, antes de que en 1993 se subiera al escenario de Miss España representando a Cantabria como Miss Cantabria. Décadas después, convertida en una de las caras habituales de la crónica social y de corazón en televisión, esa etapa cántabra sigue siendo el origen silencioso de todo lo que vino después: un pueblo pequeño, marcado por sus rías, que ella dejó atrás para hacer carrera en Madrid pero que sigue siendo, en los papeles y en la memoria, su primer domicilio.

Vista de la Ría de Ferrol en Galicia

Vista de la Ría de Ferrol en Galicia / Istock / Sergio Formoso

La península que se hizo astillero

El nombre no es casualidad ni metáfora. El Astillero se llama así porque durante siglos fue, literalmente, un astillero: un lugar donde se construían barcos aprovechando la protección natural de las rías de Solía, Boo y del propio Astillero, que rodean el municipio y le dan su forma casi peninsular. La actividad naval marcó su economía y su paisaje urbano durante generaciones, y todavía hoy el municipio acoge los Campeonatos de España de Remo, un guiño directo a ese pasado de agua y madera.

Lo que era una pequeña aglomeración de canales, muelles y astilleros fue creciendo hasta convertirse en el municipio de 18.453 habitantes que es hoy, según el padrón de 2024, uno de los más poblados de la comarca de la Bahía de Santander pese a ocupar apenas siete kilómetros cuadrados. La proximidad a la capital -7,5 kilómetros- lo convirtió en zona de expansión residencial, pero la memoria industrial sigue viva en el nombre, en el trazado urbano y en el propio Centro de Estudios de los Humedales, instalado junto a las antiguas marismas que hoy protege.

El Astillero, Cantabria

El Astillero, Cantabria / Wikicommons

Un santuario para aves

Pocas transformaciones ecológicas en Cantabria son tan radicales como la de este humedal. Las Marismas Negras fueron durante décadas suelo ganado al mar para uso agrario y, más tarde, escombrera de rellenos industriales; las Marismas Blancas, una laguna de agua dulce contigua, conservaron mejor su carácter natural. El Ayuntamiento de El Astillero y SEO/BirdLife llevan más de veinte años restaurando ambos espacios, un trabajo que culminó con la declaración conjunta como Área Natural de Especial Interés (ANEI) por parte del Gobierno de Cantabria.

Pueblo de El Astillero, Cantabria

Pueblo de El Astillero, Cantabria / Wikicommons

El resultado es un mosaico de carrizales, praderas inundables y bosquecillo que sirve de parada a lo largo de todo el año a numerosas especies migratorias. La Marisma Blanca por sí sola es utilizada por unas 70 especies distintas de aves, según la ficha oficial de Turismo de Cantabria, con predominio de acuáticas; sumando el conjunto de ambas marismas, la cifra detectada por el propio Gobierno regional y SEO/BirdLife supera las 150 especies, entre ellas anátidas, rálidos, ardeidas y una notable presencia invernal de aguilucho lagunero.

Puente de San Salvador, sobre la ría de Solía

Puente de San Salvador, sobre la ría de Solía / Wikicommons

Para quien quiera observarlas, la zona cuenta con cuatro observatorios ornitológicos y más de veinte kilómetros de senderos y carriles bici que conectan ambos espacios. La ruta por la Marisma Blanca es corta, llana y asfaltada en su mayor parte, con bancos y zonas de aparcamiento en la entrada, lo que la hace accesible incluso para quien no suele caminar por el campo. Desde uno de sus extremos se abre una vista privilegiada de la propia bahía, con las aves pescando al fondo. Quien prefiera ganar altura puede subir a Peña Cabarga, el mirador natural que domina todo el municipio y desde el que se divisa la bahía de Santander en su totalidad.

Iglesia de San José, El Astillero, Cantabria.

Iglesia de San José, El Astillero, Cantabria. / Wikicommons

Cómo organizarse: guía práctica

El Astillero se llega en apenas diez minutos por carretera desde el centro de Santander, lo que permite convertirlo en una excursión de medio día sin necesidad de madrugar. La combinación más lógica es empezar por la Marisma Blanca a primera hora, cuando la actividad de las aves es mayor, seguir con la ascensión a Peña Cabarga para las vistas panorámicas, y cerrar la jornada en el Parque de la Naturaleza de Cabárceno, a escasos minutos, si se dispone de tiempo completo.

EL DATO 

Las marismas son gratuitas y accesibles todo el año, aunque el espectáculo de la invernada -entre diciembre y febrero- es el momento que más recompensa a quien se acerque con prismáticos.

Para comer, el municipio ofrece la cocina tradicional cántabra propia de la zona de la bahía, con predominio de pescados y mariscos de temporada en sus bares y restaurantes de toda la vida, aunque conviene consultar antes disponibilidad y horarios, ya que la oferta hostelera de El Astillero responde más al ritmo de un municipio residencial que al de un destino turístico masificado. Es precisamente esa falta de artificio lo que hace que la visita se sienta genuina: se come donde come el vecino, no donde se espera al turista.