Las raíces de Isabel Gemio (65 años) están en un pueblo fronterizo con Portugal, con un castillo del siglo XIII: "Esa dureza de Extremadura es la que me ha permitido aguantar todos los golpes"
Antes de convertirse en una de las voces más escuchadas de la radio española, esta comunicadora aprendió en un pueblo fronterizo de Badajoz que si no trabajabas, no comías.

Isabel Gemio encuentra la tranquilidad en el pueblo de Badajoz que la vio crecer. / Istock
Isabel Gemio no ha dejado de trabajar. A sus 65 años presenta Directo al grano en La 1, gana el Celebrity de Bake Off: Famosos al Hornoenero de 2025 y sigue al frente de su podcast El refugio de los salmones, que arrancó en 2023 como una vuelta al oficio que la vio nacer: la radio. Detrás de esa agenda tan activa hay una fundación, la Fundación Isabel Gemio, que lleva desde 2008 investigando las distrofias musculares que padece su hijo Gustavo, y una trayectoria de más de cuatro décadas que va de Radio Extremadura a los micrófonos de media España. Nada en esa biografía parece encajar con un pueblo de 5.000 habitantes pegado a Portugal, y sin embargo es ahí donde ella misma sitúa el origen de todo.

Martín Álvarez
El contraste no es casual, es la explicación que ella misma ofrece cuando le preguntan de dónde saca la resistencia para encajar los golpes de una vida pública larga y expuesta. "A mí nadie me ha regalado nada. En mi infancia aprendí que si no trabajas, no comes. Esa dureza de Extremadura es la que me ha permitido aguantar todos los golpes que me ha dado la vida después", contó en el programa Lazos de Sangre de TVE. Ese pueblo es Alburquerque, al noroeste de la provincia de Badajoz, y quien llega hasta allí entiende enseguida por qué una infancia entre calles de tierra y un castillo que se ve desde kilómetros antes de entrar puede forjar a alguien así.

Barrio Medieval de Alburquerque / Istock / Juan Aunion
El castillo y el barrio que se cuela bajo la piel
El Castillo de Luna corona un risco de piedra desde el que domina todo el pueblo y buena parte de la comarca de Los Baldíos, y verlo aparecer al fondo de la carretera es el primer golpe de efecto de la visita. Sus orígenes documentados se remontan al último cuarto del siglo XIII —la Puerta de la Villa conserva una inscripción en portugués antiguo fechada en 1276—, aunque la imagen que hoy impresiona a cualquiera, con su torre del homenaje de cinco pisos y el puente sobre arco ojival, es en gran parte obra del siglo XV, cuando Álvaro de Luna, Maestre de la Orden de Santiago y Condestable de Castilla, reformó la fortaleza entre 1445 y 1453. Su sucesor, Beltrán de la Cueva, primer duque de Alburquerque, añadió después la Torre de las Cinco Puntas y varias dependencias palaciegas. La visita, guiada y gratuita, recorre las mazmorras, el alojamiento del alcaide y desemboca en el patio de armas, donde se alza la iglesia de Santa María del Castillo, a medio camino entre el románico tardío y el gótico.

Castillo de la Luna o Castillo de Alburquerque / Istock
Bajar del castillo hacia el casco urbano es entrar en otra historia distinta pero igual de intensa: el barrio conocido como Villa Adentro, o popularmente Barrio de la Teta Negra, que fue el hogar de la comunidad judía de Alburquerque hasta la expulsión de 1492. Sus calles estrechas y empedradas, protegidas por una muralla que sigue en pie porque nadie decidió tirarla, conservan puertas con arcos ojivales y dinteles que todavía delatan el origen hebraico de quienes vivieron ahí. Es uno de los conjuntos medievales mejor conservados de toda la provincia de Badajoz, y perderse por él —literalmente, porque el trazado no perdona sentido de la orientación— es la mejor forma de entender por qué Alburquerque figura entre los pueblos con más carga histórica de La Raya.

Festival medieval de Alburquerque / Istock
Más allá de las murallas: la sierra, el río y la frontera
El casco histórico solo es la puerta de entrada a un territorio mucho más amplio. A unos 2,5 kilómetros del pueblo, en los Llanos de San Andrés, tres abrigos rocosos conservan pinturas rupestres esquemáticas de personas y animales, estudiadas desde 1933 y con un panel principal de tres por dos metros que apenas aparece mencionado en las guías turísticas al uso, a pesar de merecer una parada tranquila y sin prisas. Más cerca del terreno cotidiano de cualquier vecino de Alburquerque está El Abuelo, un alcornoque centenario de 15 metros de altura y 26 de copa que se puede visitar en una ruta circular de 14,1 kilómetros entre olivares ecológicos y bosque de eucaliptos, un paseo que resume bien lo que es esta esquina de Extremadura: dehesa, silencio y árboles que llevan siglos ahí antes que cualquier persona.
El río Gévora ofrece otra ruta, esta vez lineal, de 10 kilómetros junto a un cauce salpicado de molinos históricos, y desde la torre del homenaje del castillo, en días claros, se distingue Portugal al otro lado de la Sierra de San Pedro. Esa cercanía con la frontera no es un dato anecdótico: Alburquerque fue durante siglos puerta de entrada a Castilla por el oeste, y esa condición fronteriza —de lealtades cruzadas, de vigilancia constante— es la misma que explica por qué la zona concentra hasta cuatro castillos en pocos kilómetros a la redonda, entre ellos el de Azagala y el de Piedrabuena. Quien visita Alburquerque puede convertirlo fácilmente en base para explorar la Sierra de San Pedro entera, declarada Zona de Especial Protección para Aves, con águilas imperiales, buitres negros y hasta lobos si la suerte acompaña.
Cómo llegar, qué comer y cuándo ir
Alburquerque está a unos 35 minutos de Badajoz por la EX-110, así que la manera más práctica de llegar es volar hasta Badajoz desde Madrid —un trayecto de aproximadamente una hora— y alquilar un coche allí mismo. Para quien prefiera el tren, existe la opción de llegar a Badajoz y completar el trayecto en autobús, aunque conviene tener en cuenta que la frecuencia hacia el pueblo es baja y conviene planificarlo con margen. Por carretera desde Madrid, el trayecto completo ronda las 4 horas combinando la A-5 con la N-521 y la EX-302.

Paisajes de Badajoz / Istock
La gastronomía de la zona no defrauda a nadie que aprecie el cerdo ibérico: chanfaina, migas extremeñas, el revuelto de Alburquerque con criadillas de tierra y espárragos, y dulces tradicionales como las perrunillas o la técula mécula cierran cualquier comida por todo lo alto. Locales como El Fogón de Santa María, a los pies del castillo, o La Ermita, instalada en una antigua ermita del siglo XVII reconvertida en bar con terraza, son buenas referencias, aunque conviene confirmar horarios y disponibilidad antes de la visita. La mejor época para ir es primavera u otoño, cuando las temperaturas son más suaves; agosto conviene evitarlo por el calor extremeño, y quien pueda coincidir con el Festival Medieval de Alburquerque —una de las citas más reconocidas del calendario medieval español, aunque su fecha exacta para 2026 conviene verificar antes de organizar el viaje— encontrará el pueblo entero volcado en recrear su propia historia.
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