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Las raíces compartidas de Estopa (50 y 47 años) están en la ciudad obrera que metieron en todas sus canciones: el bar de sus padres, la fábrica de SEAT y el barrio que les dio el nombre

Entre Cornellà de Llobregat y el barrio de Sant Ildefons, donde crecieron David y José Muñoz, se puede seguir todavía el trazado exacto de una vida antes de la fama: el colegio, la fábrica, la barra de un bar familiar.

Estopa vuelve a los orígenes que bautizaron su música.

Estopa vuelve a los orígenes que bautizaron su música. / wikicommons/gtres

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Estopa celebró en 2024 sus veinticinco años con un disco, "Estopía". Pero antes de esa fecha redonda, mucho antes de que Cornellà les levantara una escultura en la plaza Catalunya, David y José Muñoz eran dos chavales del barrio de Sant Ildefons que hacían turnos en una fábrica de piezas de coche y tocaban los fines de semana en la plaza de al lado de su casa. Esa distancia -entre el grupo que hoy encadena discos de platino en España, México y Chile y los dos hermanos que aprendieron a tocar en la trastienda de un bar de barrio- es la que sostiene esta historia.

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Adriana Fernández

Porque Cornellà no es solo el escenario donde nació Estopa. Es el material del que está hecho buena parte de su repertorio: el acento, las referencias, hasta el nombre del grupo. Y Sant Ildefons, el barrio concreto dentro de esa ciudad del Baix Llobregat, es donde hay que ir a buscar el origen real, más allá del titular que junta ciudad y barrio en una sola frase.

Iglesia de Santa Maria

Iglesia de Santa Maria / Wikicommons / Toni Fontenla

De pueblo agrícola a ciudad de la gran migración: así se hizo Cornellà

Cornellà de Llobregat, hoy con 92.237 habitantes según el último padrón del INE y el municipio más poblado del Baix Llobregat, no siempre tuvo ese tamaño. A apenas diez kilómetros de Barcelona, en la orilla izquierda del meandro que dibuja el río Llobregat, Cornellà era un municipio de vocación agrícola hasta que el siglo XX lo transformó de arriba abajo. Las oleadas migratorias que llegaron desde Andalucía, Extremadura, Galicia y Castilla-La Mancha en busca de trabajo en el cinturón industrial de Barcelona multiplicaron su población y levantaron barrios enteros casi de la nada.

Cornellá de Llobregat

Cornellá de Llobregat / Wikicommons / Zarateman

Uno de ellos fue Sant Ildefons, donde los padres de David y José, llegados de Zarza-Capilla, un pueblo pequeño de la comarca extremeña de La Serena, montaron el bar que acabaría siendo la sede oficiosa de la infancia de sus hijos. En los setenta y los ochenta, el barrio arrastraba los problemas típicos de una periferia levantada demasiado deprisa: descampados, servicios que llegaban tarde, una presencia de la droga que David ha descrito sin rodeos en más de una entrevista. Lo que él mismo subraya, cada vez que le preguntan, no es la dureza sino lo que generó: una comunidad muy unida, vecinos que se conocían de toda la vida y que hoy siguen reconociendo a los hermanos Muñoz por la calle como a uno más.

Ese patrimonio industrial y obrero convive en Cornellà con capas más antiguas. En la entrada del Ayuntamiento se conservan columnas prerrománicas del siglo X, procedentes de una iglesia anterior a la ciudad que conocemos. Y el desarrollo fabril del siglo XX dejó edificios como la fábrica textil Bagaria, construida en 1920 por el arquitecto Modest Feu i Estrada, o la colonia Rosés, un ejemplo casi de manual de arquitectura de ciudad obrera catalana.

Cornellá de Llobregat

Cornellá de Llobregat / Zarateman / Wikicommons

Qué ver en Cornellà y dónde comer donde comían los Estopa

El punto de partida obligado es el Palau Mercader, un edificio de finales del siglo XIX levantado por encargo de Joaquim de Mercader i Belloch sobre una antigua masía, con sus cuatro torres octogonales y sus almenas asomando entre el parque que lo rodea. Fue sede de la Escuela Superior de Agricultura durante la Guerra Civil, pasó a ser municipal en 1975 y, tras varias fases de restauración, abrió como museo en 1995: hoy exhibe más de tres mil piezas de un fondo que supera las treinta mil. En el mismo parque se encuentra el Museu de Matemàtiques de Catalunya, una parada curiosa si se viaja con niños.

Can Mercader, Cornellà de Llobregat

Can Mercader, Cornellà de Llobregat / Wikicommons / Deosringas

Muy cerca, el edificio modernista de Les Aigües alberga el Museu de les Aigües, dentro del conjunto de la Central Cornellà, una de las piezas de patrimonio industrial más cuidadas de la ciudad. Para quien prefiera pasear sin rumbo fijo, la Rambla Anselm Clavé y la calle Ametller conservan casas de los años veinte, y la Casa Camprubí, obra de 1927 de Josep Maria Jujol -colaborador habitual de Gaudí-, es una de esas paradas que sorprenden a quien no la busca expresamente.

Para llegar desde Barcelona no hace falta coche: Cornellà tiene conexión directa por metro (L5 y L8), FGC y Rodalies, y el trayecto apenas supera la media hora. La estación de Cornellà, en la plaza de l'Estació, es de hecho una de las más antiguas de España y testimonio de aquel primer desarrollo industrial de la comarca.

Escultura Espai per a la pau

Escultura Espai per a la pau / Xavier Dengra / Wikicommons

Y luego está la parada que todo seguidor de Estopa acaba haciendo: el Bar La Española, en la avenida de Sant Ildefons, 3, el local que regentaron los padres de David y José durante años y donde ambos aprendieron a llevar bandejas antes de aprender a llevar un escenario. Ya no lo gestiona la familia -pasó primero a manos de un vecino y después a los actuales propietarios-, pero sigue abierto, sigue sirviendo comida de barrio y sigue lleno de fotos del grupo en las paredes. Uno de los comentarios de sus clientes lo resume bien: "comida buenísima, y encima la dependienta Carmen es majísima". No hace falta pedir nada especial: los macarrones de la casa son, según quienes van habitualmente, el plato por el que merece la pena sentarse.

En diciembre de 2024, coincidiendo con el 25º aniversario del grupo, el Ayuntamiento instaló una escultura de homenaje a los hermanos Muñoz en la plaza Catalunya. Los vecinos que pasan por delante todavía se paran a tocarla, como quien roza un amuleto, y no es raro escuchar a alguien contar que los oía ensayar desde la puerta del bar cuando eran unos críos.