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Las raíces de Arturo Pérez-Reverte (74) están en un puerto de más de 2.000 años de historia: "El mar me enseñó que el mundo es grande"

Veintidós siglos de murallas, teatros y galerías subterráneas caben en la bahía donde un chaval de posguerra aprendió a mirar el horizonte. Cartagena sigue ahí, y sigue explicándolo.

El lugar que guarda las raíces de Arturo Pérez-Reverte está en Murcia.

El lugar que guarda las raíces de Arturo Pérez-Reverte está en Murcia. / Istock

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Escribe en Galapagar. Se escapa a Sanlúcar de Barrameda y a La Línea de la Concepción. Ha vendido más de 170 libros traducidos a cuarenta idiomas, ocupa el sillón T de la Real Academia Española desde 2003 y arrastra veintiún años de corresponsalías de guerra, entre 1973 y 1994, que le dejaron una manera de mirar que no se enseña en ninguna facultad. Alatriste, El club Dumas, La reina del Sur: la obra está repartida por medio mundo. El origen, no. El origen tiene coordenadas exactas y son las de una bahía cerrada del sureste español.

Las raíces de Arturo Pérez-Reverte están en Cartagena.

Las raíces de Arturo Pérez-Reverte están en Cartagena. / Istock

Arturo Pérez-Reverte Gutiérrez nació en Cartagena el 25 de noviembre de 1951. Allí creció mirando el agua, y de aquella infancia ha contado que fue la de "un niño libre" en una ciudad que era "un territorio de frontera": un puerto militar, comercial e industrial donde un crío podía desaparecer durante horas sin que nadie se alarmara. De ese aprendizaje quedó una frase que él mismo ha formulado sin adornos: "El mar me enseñó que el mundo es grande y que hay que salir a buscarlo". Salió. Dieciocho conflictos armados después, volvió a contarlo.

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Adriana Fernández

El hilo, además, no se cortó con él. Su hija Carlota, arqueóloga marítima, vive y trabaja hoy en Cartagena: la misma bahía, la misma agua, esta vez mirada desde abajo. Y hay un tercer episodio que cierra el círculo: en 2004 la Universidad Politécnica de Cartagena le nombró doctor honoris causa y él, en lugar de hablar de sí mismo, dedicó el discurso a la historia de la ciudad. Aquella Cartagena de los cincuenta ya no existe. La otra, la de piedra, sigue en pie y se recorre en un fin de semana.

Qart Hadasht, la ciudad que cambió de dueño y de nombre

Hacia el 227-228 a.C., el general cartaginés Asdrúbal el Bello fundó aquí Qart Hadasht —"ciudad nueva"—, la base peninsular desde la que Cartago pensaba sostener su guerra contra Roma. De aquel arranque queda la Muralla Púnica, levantada en ese mismo 227 a.C. y hoy musealizada: el resto cartaginés más antiguo conservado en España. Es un muro, sin más. También es lo único que se puede tocar de una potencia que estuvo a punto de cambiar la historia del Mediterráneo.

Vista aérea de la bahía de Cartagena.

Vista aérea de la bahía de Cartagena. / Istock

Roma ganó, y la ciudad pasó a llamarse Carthago Nova. Bajo Augusto, ya en el siglo I a.C., se construyó el Teatro Romano que hoy es la postal de Cartagena. Conviene no confundir las dos cosas: entre la muralla púnica y las gradas romanas median casi dos siglos y un cambio de imperio. El teatro, además, estuvo enterrado bajo el caserío durante siglos; su recuperación se articuló museísticamente con un recorrido diseñado por el arquitecto Rafael Moneo que baja desde el centro de la ciudad hasta la cávea, como quien desciende por capas de tiempo.

Lo que enhebra esos veintidós siglos es siempre lo mismo: el puerto. Base naval, astillero, salida de mineral, entrada de mundo. Y sin embargo la ciudad vivió mucho tiempo dándole la espalda al agua, una paradoja que el propio escritor ha señalado. En aquel discurso de 2004 ha llegado a decir de Carlos III que fue "el mejor alcalde de Madrid y a mi juicio también de Cartagena", porque su labor hizo que la ciudad "se asomara por primera vez al mar".

Puesta de sol en Cartagena.

Puesta de sol en Cartagena. / Istock / Yury Morozov

Bajar al refugio, subir al castillo

A media tarde la luz entra de lado por la calle Mayor y las fachadas modernistas se ponen color miel. Es el momento de tomar el ascensor panorámico hasta el Castillo de la Concepción, en lo alto del cerro que domina la bahía. Desde allí la ciudad se lee de un vistazo: el puerto militar a un lado, el anfiteatro urbano al otro, el agua cerrada como una bandeja.

Bajo ese mismo cerro está el reverso. El Refugio de la Guerra Civil conserva 1,4 kilómetros de galerías excavadas contra los bombardeos de la aviación italiana y alemana, y llegó a cobijar a 5.500 personas. Es patrimonio del siglo XX, sin ninguna relación cronológica con lo púnico ni con lo romano, y probablemente sea la visita que uno se lleva pegada al cuerpo al salir.

Batería militar de Cartagena.

Batería militar de Cartagena. / Istock / FCA DE LA RUA

El resto del conjunto se reparte en pocos minutos a pie. El Museo del Foro Romano, en el cerro del Molinete, enseña termas, un edificio de banquetes y pinturas murales en su sitio. El ARQuA, Museo Nacional de Arqueología Subacuática, ocupa la primera línea del puerto y exhibe lo que el mar devuelve: cargamentos, ánforas, pecios. No es casualidad que ese sea el terreno profesional de Carlota Pérez-Reverte.

Todo el centro histórico cabe en un radio de quince minutos andando. Para las entradas, Cartagena Puerto de Culturas ofrece abonos combinados: el completo cuesta 32 euros (28 la reducida) e incluye toda la oferta, y hay abonos a la carta de cuatro museos por 16 euros o cinco por 20, según las tarifas oficiales del organismo municipal. El Museo del Teatro Romano se puede visitar suelto por 7 euros —6 la reducida—, con acceso gratuito los martes durante las dos últimas horas de apertura, según el propio museo.

Edificios militares en Cartagena.

Edificios militares en Cartagena. / Istock

Un día completo: llegar, ver y comer

Primer aviso para quien planifique el viaje: la alta velocidad todavía no entra en Cartagena. El AVE llega a Murcia del Carmen y allí hay que enlazar con la línea convencional; los servicios directos desde Madrid rondan las cuatro horas y media o cinco. Desde Alicante el trayecto se va a unas dos horas y media, y desde Murcia se resuelve en algo más de una hora por unos pocos euros. El aeropuerto de referencia es el Región de Murcia (Corvera), a unos 30 kilómetros.

Los Castillitos en Cartagena, Murcia

Los Castillitos en Cartagena, Murcia / Istock

Un día bien organizado se reparte así: la mañana en Muralla Púnica, Teatro Romano y Foro; un mediodía largo, que aquí es obligatorio; y la tarde de castillo, ascensor y refugio, cerrando en el paseo del puerto cuando el sol baja detrás de los montes.

Para comer hay dos velocidades. La alta se llama Magoga, única Estrella Michelin de la ciudad, en la plaza del Doctor Vicente García Marcos. Allí María Gómez cocina el Campo de Cartagena y el Mediterráneo en la misma frase —quisquilla de la costa, arroz de Calasparra, cordero de Calblanque, atún rojo— y Adrián de Marcos dirige sala y bodega, incluido un carro de quesos premiado como el mejor de España. Los menús degustación son Hábitat, a 95 euros, y Ánima, a 120, con maridajes desde 60 y 90 respectivamente; abre de martes a sábado, a mediodía y por la noche, y cierra domingo y lunes, según la carta publicada por el restaurante. Reserva con semanas de antelación, sobre todo si apuntas a un mediodía de fin de semana.

Puerto y teatro romano de Cartagena.

Puerto y teatro romano de Cartagena. / Istock

La otra velocidad es la de toda la vida: marisco de lonja, quisquilla al peso, michirones y una marinera en barra, en el entorno del puerto pesquero y del mercado. Cartagena, que a 1 de enero de 2026 sumaba 222.559 habitantes según los datos del propio Ayuntamiento, sigue siendo una ciudad de tamaño manejable con un pasado desproporcionado. Cabe en un fin de semana y no cabe en ningún resumen.

Y queda el mar, que en esta historia no es paisaje sino maestro. El niño que se movía suelto por los muelles acabó recorriendo el mundo entero para contarlo, y todo empezó mirando esta bahía.