Quién dijo miedo, por Jesús Torbado

El miedo a volar, aun sabiendo que el transporte aéreo es el más seguro, no acaba de desaparecer entre los viajeros.

Jesús Torbado

Aquellos que aman mirar el cielo, sus nubes, sus prodigiosas luces cambiantes, sus imprecisas sombras, extasiarse ente los azules y los grises envolventes desde el asiento de un avión y a través de la siempre incómoda ventanilla (porque no puede abrirse), se habrán dado cuenta de hasta qué punto el tránsito de rapidísimas naves por ese espacio que antes parecía vacío es más abundante cada día y cada noche. Brillan como rayos plateados, dejan a veces una estela blanca, parpadean inquietantes sus luces verdes y rojas, corren en todas direcciones, más arriba, más abajo, enfrentadas, tangenciales... El tránsito no puede compararse todavía al de una autopista terrena, pero resulta evidente que es muy nutrido y cada vez mayor.

Miles de los individuos acomodados en los gigantes cilindros metálicos sienten sin duda, mientras viajan por el aire, un aleteo raro entre las costillas, una laxitud permanente en las piernas, una difusa inquietud que no advierten en cambio cuando viajan en coche, en moto, en autobús, en bicicleta o a caballo. Aun habiéndose comprobado y dicho mil veces que el transporte aéreo, incluso en sus versiones más incómodas y comprimidas como las que han aparecido últimamente, es el más seguro de cuantos se practican, el miedo genérico a volar, sutil, leve, enfermizo o psicópata, es un asunto que no acaba de desaparecer entre los viajeros.

Encuentro ahora en las librerías un simpático libro titulado ¿Quién dijo miedo a volar?, escrito por un viajero de muchísimos trayectos y recursos, muy conocer del paño y bien conocido él mismo, sobre todo por sus largas y exitosas actividades en la radio y la televisión. José María Iñigo en persona. No es desde luego la primera obra sobre el género ni viene apoyada en psicologías o psicoanálisis complejos. Intenta únicamente enseñar a los viajeros volantes a disfrutar de las travesías, a superar angustias y resistirse a los miedos. Sin duda que lo conseguirá para muchos. Fracasará con otros, los irreducibles, pues ya explicó Tito Livio que el miedo está siempre dispuesto a ver las cosas peor de lo que son. Es irracional y, por tanto, indomable. El más ignorante, el más injusto, el más cruel de los compañeros.

Algunas importantes compañías aéreas, Iberia por ejemplo, organizan cursillos para superar el miedo a volar, incluyendo incluso un viaje real y con todo tipo de apoyos. De pago naturalmente, que en aviación han desaparecido regalos y cortesías. Las clases, o el tratamiento, como conseguirá sin duda el libro de Iñigo, han convencido a muchos de lo necio o innecesario de ese miedo, pero otros viajeros continúan cargando a cuestas con él, pese a todas las certezas. Es evidente que siguen ocurriendo accidentes aéreos, de los que siempre se da noticia por su espectacularidad o por simple rutina de los periódicos y las televisiones, pero son progresivamente más escasos cada año, y el número de víctimas es muchísimo menor que el de las que caen en sus coches cada fin de semana.

Esto también se ha dicho mil veces y todo el mundo lo sabe, incluso los más miedosos. Sin embargo, cada día se lee o se escucha a gente famosa y conocida pregonar su espanto, que incluso alardea de su pánico a volar y que no tiene empacho -o no lo manifiesta- en recorrer miles de kilómetros con tal de no trepar por la escalerilla de un aeroplano.

Probablemente será estéril insistir en el gozo de volar en un buen avión, sobre todo si la compañía aérea mantiene los viejos hábitos de generosidad, cortesía y amable trato. Como sucede aún en muchas asiáticas y del Oriente Próximo. Tener a mano la delicada e inagotable sonrisa de una azafata hermosa, saborear una buena comida y después un whisky de malta y otro whisky de malta a continuación; echar un ojo por la ventanilla para atisbar la tierra aburrida y boba allá abajo, los desiertos amarillos, las montañas verdes, ciudades y aldeas blancas, la grieta de los ríos inmóviles; charlar, leer, dormitar arrullado por el ronroneo de los motores y el rasgueo de los vientos limpios, mecerse a voluntad de las llamadas turbulencias, pensando que no hay que tener miedo de nada, porque en realidad todo es temible, como decía Séneca. Y, en cualquier caso, además de inútil, en el avión sería ése un miedo muy placentero.