Nuestra querida y bien amada San Petersburgo, por Patricia Almarcegui

"Admirar esos cuerpos y técnica únicos, contemplar sus caídas y errores"

Patricia Almarcegui
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Foto: Raquel Marín

Yo también he corrido por la Avenida Nevski de San Petersburgo, como en el cuento de Nikolai Gogol, y me he encontrado con esos sintagmas maravillosos de sus relatos que tanto gustaron al gran escritor ruso Sergei Dovlatov, herederos ambos de la tradición satírica del país. Por ejemplo, “Ambiente carnavalesco”, “campesinos rusos”, “funcionarios públicos”, “cuellos de batistas” e incluso “mangas de señoras” que se inflan como globos y que son tan fáciles de levantar como “llevarse a los labios una copa de champaña”.

Pero yo quería ir al Mariinsky

Fue en mi primer viaje a la ciudad. Iba por trabajo e intenté poder asistir a un ensayo de posiblemente la mejor compañía de danza del mundo: el Teatro Mariinsky. Hablé con un periodista, un diplomático, un representante de bailarines y un funcionario. La respuesta era siempre parecida: “imposible pero puede ir a ver el Mijailovski” o “¿por qué no quiere ir a ver el Mijailovski?”. Pero yo quería ir al Mariinsky porque la protagonista de la novela que estaba documentando (y que luego fue La memoria del cuerpo) iba a convertirse en primera bailarina de la compañía.

Lo que sí pude hacer fue visitar la Academia Vaganova de Danza. Qué gran visita. Recuerdo un círculo hecho con zapatillas de punta usadas y los nombres de sus propietarias: Plisetskaya, Vaganova… Al salir escuché la música de las clases por la ventana y me quedé casi satisfecha. Fue yendo de arriba a abajo por la Avenida Nevski para ir de mi pensión a visitar una, dos, tres veces el apartamento donde vivió 30 años la poeta Anna Ajmatova, cuando vi un cartel que anunciaba una actividad de danza en el teatro del Hermitage vinculada a la Academia Vaganova. Pregunté por el espectáculo pero nadie sabía nada. Rosa Ferré, quien había comisariado la estupenda exposición La caballería roja. Creación y poder en la Rusia soviética de 1917 a 1945, me había dado el contacto de la directora del museo del teatro. También fui a visitarlo. Estaba en obras y me recibió en su despacho enorme y oscuro. Le pregunté si sabía cómo poder asistir a un ensayo del Mariinsky pero negó con la cabeza. Le comenté que había visto el cartel del teatro del Hermitage, pero que nadie parecía saber nada del espectáculo. “Espere un momento”, me dijo en francés y cogió el teléfono. “Hoy celebran allí el festival de fin de curso de la Academia Vaganova. ¿Quiere verlo?”, me preguntó. Yo asentí y aún hoy me maravilla haber podido ir.

Me ajusté las gafas de sol y corrí, corrí todo lo que pude por la Avenida Nevski

Admirar esos cuerpos y técnica únicos, contemplar sus caídas y errores, y acceder a dos de las salas cerradas del museo que se utilizaban para el entreacto. En fin, la directora colgó, me dijo que me esperaban y que diera mi nombre a la entrada. “Empieza a las 4:30”, terminó. Eran las cuatro y aún estaba en la Plaza Ostrovskogo. Me puse el bolso en bandolera, me ajusté las gafas de sol y corrí, corrí todo lo que pude por la Avenida Nevski. Dejé atrás la imponente catedral de Kazán y el perfil de la Iglesia de la Sangre Derramada, el desvío para el Museo Estatal Ruso y el café Pyshechnaya de la época soviética con las rosquillas abuñueladas y el té con leche dulcísimo que me habían solucionado un par de cenas, y atajé por la última casa de Alexander Pushkin, donde murió a causa de un duelo tras dos días herido. Sí, la Avenida Nevski, como dijo Gogol, “lo es todo”.