Pyramiden por Javier Reverte

Pyramiden fue la ciudad ideal del comunismo, la utopía soñada por Marx, planeada por Lenin y administrada por Stalin.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Esta pasada primavera realicé a bordo de un buque oceanográfico noruego, el Jan Mayen, durante una decena de días un viaje que, al paso de las semanas, se me ha ido haciendo inolvidable. En el buque viajábamos científicos noruegos y españoles, algunos periodistas de ambos países, un dibujante y un escritor (su humilde servidor), además de la tripulación noruega. Y la derrota estaba trazada en las aguas y costas de Spitzsbergen, la isla principal del archipiélago de las Svalbard, uno de los territorios insulares más próximos al Polo Norte.

Fue un viaje inolvidable, como ya he dicho, y lo fue por varios aspectos: por la experiencia oceanográfica, por el placer de navegar bajo el sol de mayo los mares boreales, por la soledad disfrutada, por la naturaleza portentosa de aquellos mares, por la camaradería de a bordo y por la sorpresa que me produjo encontrarme con una ciudad abandonada en medio de un mar, el de Barents, donde uno imagina que la vida humana es casi imposible y en donde sientes que la muerte se te puede echar encima de golpe, en forma de ventisca, a causa de un terrible temporal o por el ataque de un feroz oso polar. Porque el norte es inclemente y no perdona la intromisión de los hombres.

El lugar se llamaba Pyramiden y está en el recodo de un glaciar de las Svalbard, a 79º de latitud norte, a algo más de mil kilómetros del Polo Norte -algo así como de Valencia a La Coruña-. Este archipiélago forma parte, en principio, del Estado noruego. Pero solo en teoría, ya que los rusos reclaman la soberanía de algunos de sus territorios, en tanto que otros países, entre ellos España, reclaman derechos históricos de pesca en la región, puesto que allí faenaban balleneros vascos en los siglos XVII y XVIII, antes de que las Svalbard pertenecieran a nadie.

Los rusos se interesaron por las islas sobre todo a causa de sus grandes yacimientos de carbón. Y antes de la Segunda Guerra Mundial compraron a una compañía sueca la propiedad de sus minas carboníferas en Spitzsbergen: una de ellas estaba y sigue estando en Barentsburg, con un consulado ruso y una población de 400 personas entre trabajadores de la mina y funcionarios de Moscú; la otra, la más importante, se encontraba en Pyramiden, situada mucho más al norte. Fue abandonada en 1998, cuando se derrumbó el sistema comunista a causa de la Perestroika de Gorbachov.

Pero Pyramiden fue mucho más que una mina. El Estado soviético quiso construir allí la ciudad ideal, la utopía soñada por Marx, planeada por Lenin y administrada por Stalin. Y en ese año 1948 se puso en marcha la obra y se construyó una ciudad que no hubieran ideado ni siquiera el genio de un Tomás Moro o, más recientemente, de un Orwell, de un Bradbury o de un Huxley. Cuatro mil personas llegaron a vivir allí. Se construyeron edificios de cuatro plantas, guarderías y un hospital que llegó a ser la envidia de toda la Unión Soviética. Y todo era gratis. La gente pagaba con su trabajo el servicio a la patria, y la patria se lo agradecía con creces. El carbón podía ser poco rentable, pero la ciudad ideal del comunismo existía.

Sin embargo, en 1998 nació la Perestroika. Y cayó el comunismo, llegó a Rusia el caballo desbocado del capitalismo y Moscú decidió cerrar Pyramiden. De un día para otro, varios barcos se llevaron a los últimos 800 pobladores apenas con lo puesto. Lo demás era propiedad de un Estado que lo abandonaba todo. Y ahí sigue el sueño imposible: incólume entre los hielos y la nieve, las casas cerradas a cal y canto, las instalaciones mineras clausuradas, una ciudad vacía en mitad de la nada. Da vértigo contemplar aquel mundo que nació como un sueño y terminó en el fracaso. Cuando se recorren sus calles, hay que tener cuidado y procurar que te acompañe un hombre armado porque se corre el riesgo de que de pronto asome un oso polar que se ha refugiado en un soportal a echar una siesta al calorcillo.

En la calle principal de la localidad de Pyramiden, arriba de una cuesta, un busto de granito de Lenin mira hacia el mar helado y vacío.