Pura vida por Luis Pancorbo

Para Colón, el nombre de Costa Rica era justo. Otra cosa es el eslogan de "pura vida" que es tan cansino a veces.

Luis Pancorbo

Por fin Costa Rica se ha alzado con el primer puesto en la clasificación de país más feliz del mundo (lista en la que España ocupa el puesto 76). Según ese HPI (Índice de Felicidad Planetaria), obra de un grupo de expertos de New Economics, se mide el índice de satisfacción personal y la huella ecológica. El segundo país con mejor clasificación es la República Dominicana. Hace años ganó Vanuatu, donde muchos indígenas han preferido regresar a la desnudez de su tradición. Un record que siempre me pareció muy acertado. Pero cualquier pretexto es bueno para volver al país que Colón tuvo el acierto de bautizar como Costa Rica el lunes 18 de septiembre de 1502. La víspera, el domingo 17, ya notó Colón que la isleta Quiribri (La Huerta), y el poblado de Cariarí en tierra firme, abundaban en aires suaves, frutas y peces. La gente rechazaba los abalorios (rescates) y otras cosas regaladas de Castilla, demostrando una falta de avaricia considerable. No sólo: los indios ofrecieron a los españoles de Colón agua potable, collares con águilas de oro y a sus propias mujeres. Para Colón, el nombre de Costa Rica era el justo. Otra cosa es lo del eslogan del país, esa muletilla de pura vida, tan cansina a veces. Otra cosa es la suerte que tengas en los encuentros. No olvido cómo me miraba un oso perezoso mientras descendía boca abajo, a cámara lenta natural, por un árbol en el Parque Nacional Cahuita.

Naturalmente la afabilidad de las personas en Costa Rica es lo primero que ha de tenerse en cuenta, sin pasar por alto el importante uno por ciento de la población que es indígena, bribrís, guaimíes y otros que luchan por mantener lengua y cultura en un mundo donde se manejan los colones (o directamente los dólares). Es gente que montea, o caza, pero que no comercia con los animales: "Para eso Dios nos dejó el chancho y la gallina... Si vendemos la carne del monte, morimos tristes", decía el viejo bribrí Rodolfo Mayorga.

Eso es aún importante para los indígenas, inmersos en su propia visión del mundo, aunque con cambios, por supuesto. Según el cronista Fernández de Oviedo, en templos piramidales llamados orchilobos, los antiguos nicaraguas de la zona de Nicoya, en el Noroeste de Costa Rica, hacían sacrificios humanos. Por unos escaloncillos era por donde subían los sacerdotes del diablo para sacar el corazón de un hombre, una mujer o un muchacho, en presencia del pueblo y en honor del Sol. De forma que lo de pura vida siempre ha de tener alguna precisión temporal. Hace tiempo que Costa Rica, un país que abolió la pena de muerte en 1882 y suprimió el ejército en 1949, tiene motivos para sentirse diverso. Ahí están, además, sus 20 parques nacionales, 27 zonas naturales protegidas, 8 reservas biológicas, 9 reservas forestales y 9 refugios de vida silvestre, por un total del 27 por ciento de la superficie del país. Que haya 838 especies de pájaros y 6.500 especies de mariposas también es apabullante, quizá frío como todo dato. Todo depende de la cara del mono capuchino que venga a por tu toalla al menor descuido en la playa del Parque Manuel Antonio.

Y si me preguntan qué más, yo no diría pura vida para variar, sino volcanes, tal vez el Rincón de la Vieja. Y si va de playas, acaso mencionaría la de Tamarindo, en la provincia de Guanacaste; y si se trata de quetzales, diría los que por poco me impidió ver la niebla. Ahora dicen que los recuerdos no se acumulan en el cerebro, sino que se sintonizan como cuando buscamos canales en las ondas. Si es cuestión de Puerto Viejo de Talamanca, allí desde luego el Caribe reúne todos los clisés a base de sal, ron y son. Pero a poca distancia de la playa los bribrís cortan bananos y cogen piñas de cacao muy seriamente. No quieren que les quiten nada más, ni tierra, ni lengua, ni aliento. Mientras al otro lado del breve e intenso país hay otro mar por donde resopla una amiga. Sucede en el Parque Nacional Marino Ballena, un nombre que parece un poema de Edward Lear. Si no navegamos en un colador, mañana desayunaremos un gallo pinto sin plumas.