"Los primeros flamencos que llegaron a Japón no sabían localizarlo en un mapa"

Entrevistamos a David López Canales sobre su libro 'Un tablao en otro mundo' (Alianza Editorial), en el que cuenta la odisea de cantaores, bailaores y guitarristas desconocidos que se hicieron grandes en el Japón de los años sesenta

Luis Meyer
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Foto: Uxío da Vila

“Se encontraron muchas cosas, pero no nos engañemos: básicamente lo que encontraron fue la pasta”. Así de tajante resume el periodista David López Canales (Madrid, 1980) la diáspora flamenca a Japón en la década de los sesenta que plasma en Un tablao en otro mundo con pluma ágil y profusa, dando voz a muchos de sus protagonistas, 

Aquellos "pequeños artistas de tablao", normalmente circunscritos en España a tugurios de mala muerte, se toparon con dos extrañezas cuando empezaron a viajar a Japón a probar suerte: la primera, el choque cultural con un país que en aquella época no sabían ni localizar en un mapa. La segunda fue mayor aún: el reconocimiento. Esos viajeros inopinados (entre ellos, Chiquito de la Calzada) siguieron la estela de figuras consagradas como Paco de Lucía o Antonio Gades, que ya llevaban algunos años llenando teatros y habían semillado el país nipón de duende, de una pasión por el flamenco inédita en cualquier otra parte del mundo. Ni siquiera en España. 


¿Tuvo que ser Japón el país que dignificara el flamenco?

No, en España el flamenco ya estaba muy bien considerado, pero era un género minoritario, algo que no ha cambiado mucho ahora. Sí hay que decir que en aquella época muchos sentían el flamenco como algo ajeno en España, e incluso para algunos estaba mal visto. En Japón encontraron, básicamente, pasta, pero por otro lado, a mucha distancia de España, encontraron a un público y a otros flamencos que les respetaban muchísimo y que realmente admiraban este arte, mucho más que en nuestro país. 

Y por eso tantos se liaron la manta a la cabeza. 

El mérito es que muchos de los que se fueron para allá no eran grandes figuras como Paco de Lucía, que ya tenía un nombre y llenaba un teatro en Japón, sino que la mayoría eran artistas de tablao desconocidos. 

Japón estaba entonces, en los años sesenta, mucho “más lejos” que ahora.

“Era otro planeta”, es la descripción más habitual de quienes fueron para allá. Había habido algunas actuaciones antes, pero muy anecdóticas. En el 1929 fue el primer baile flamenco en Japón, en los cincuenta llega el primer guitarrista, Carlos Montoya, y el primer cantaor, El Gallina… pero son actuaciones puntuales. A partir de los sesenta se empiezan a abrir los tablaos en Japón, y es cuando empieza a haber un flujo importante de artistas españoles que van ahí a trabajar y quedarse largas temporadas. Eso es lo que hace, ya a finales de la década, que prospere la pasión por el flamenco en Japón. 

Una pasión que ya nos gustaría a nosotros…

Había más afición, más sitios a donde ir a verlo, los artistas españoles les daban clases de baile, de guitarra y de cante, y por eso los japoneses empiezan a aficionarse de verdad a esta música. 

Para ir a un país tan lejano y desconocido entonces hacía falta mucha desesperación pero, sobre todo, mucho arrojo.

Se iban a Japón sin saber siquiera ponerlo en el mapa. Pepe Habichuela fue con su mujer, pero a su familia le dijo que se iban a Bruselas seis meses para que no se asustaran, porque ni sabían dónde estaba Japón. 

¿Qué les chocaba más cuando aterrizaban allí?

Llegaban sin saber nada del país, no se había visto ni en las películas. Lo que más les sorprendía al llegar era Tokio fue ese enjambre de gente, sin nadie con el que poder hablar, o cuando iban al mercado y veían “unos pescaos mu feos” que nunca habían visto en España. Y desde luego el hecho de comerlo crudo, eso les daba asco.

Por no hablar del idioma.

No tenían ni idea de japonés y mucho menos de leerlo, claro. Para saber cuál era su parada en el metro, por ejemplo, tenían que memorizar el anuncio de la estación. Y cuando cambiaban el anuncio, ya no sabían cuál era su parada. También les impresionó el respeto de los japoneses, esas reverencias continuas, “los cabezazos”, como las llamaban los flamencos españoles. O lo silenciosos que son… todo les era extraño, al fin y al cabo. 

Y eso que el Tokio de los sesenta no era ni por asomo el de ahora.

Se estaba reconstruyendo todavía. El barrio de Shinjuku, por ejemplo, se estaba naciendo en esos años, y aún se estaban levantando los rascacielos.

En tu libro hablas de un viaje bidireccional: también hubo japoneses que vinieron a España.

Los que llegaron a España a estudiar flamenco en los años sesenta tampoco sabían nada de nuestro país. Se enamoraron del flamenco en Japón, muchos viendo una gira que hicieron Pilar López y Antonio Gades en el año 60, y a través de su baile descubrieron el flamenco. O del disco de la bailaora Carmen Amaya…. Entonces muchos japoneses dicen que quieren hacerse flamencos y se plantan en una España de la que no saben nada. La primera que llegó, Yasuko Nagamine, aterrizó en Barajas y según salió del avión (que por cierto, estaba sonando un pasodoble en el hilo musical del aeropuerto), ve que todo lo que la rodea es campo. Cuenta que pensó: “Me he dado la vuelta al mundo para acabar en el campo”. Les chocó todo lo que es contrario a su cultura: el ruido, la expresividad…

¿Para bien o para mal?

Te cuento el caso de la bailaora Yoko Komatsubara. Cuando se instaló en Madrid fue una noche a un bar por el centro con otro amigo japonés que llevaba tiempo viviendo en España. Y se encontró un follón de gente hablando mucho y muy alto, tirando las cáscaras de gambas al suelo, bebiendo un vino tras otro… Y dice que ese es el momento que decidió quedarse en España. En Japón era imposible ver algo así. 

Aquellos flamencos también fueron pioneros en Japón por otra cosa: les vendieron los primeros suvenires.

Los japoneses se apasionaban tanto con el flamenco al ver actuar a los artistas españoles que querían sus vestidos, los mantones, las guitarras… Porque ahí no había otra manera de conseguirlos que comprándoselos a los propios artistas. Al principio vendían sus guitarras mucho más caras de lo que las compraron, pero cuando vieron el negocio se venían a España y volvían a Japón con 10 o más guitarras, en general muy baratas que vendían allí como si fueran buenísimas, porque los japoneses al principio pagaban lo que fuera. 

Tengo entendido que la picaresca española fue mucho más allá

Sí, les vendían un pañuelo de lunares diciéndoles que es de Lola Flores, una camisa como si la hubiera llevado puesta Antonio Gades… Todo mentira, claro, pero se las cobraban como si fuera cierto. Llegaron a vender hasta arena en bolsitas con sangre de pollo diciendo que era de la plaza de Maestranza, de justo después de una corrida.  Pero sin duda, fueron pioneros: ellos exportaron a Japón antes que las multinacionales japonesas como Sanyo o Sony exportaran a España.