Mi primera vez en un hotel de la era covid

Contamos, en primera persona, cómo es la experiencia hotelera con las nuevas medidas de seguridad frente al coronavirus. ¿Es posible seguir disfrutando y olvidarnos, aunque sea por unos días, de la dichosa pandemia?

Luis Meyer
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Uno no se da cuenta realmente de la dimensión de todo lo que está pasando hasta que se fija en los pequeños detalles dentro de esta mal llamada “nueva normalidad”. Al desembarcar en el aeropuerto de Tenerife, están de nuevo ahí las caras de ilusión de familias, grupos de amigos y parejas, con esa sensación de contenida euforia que da saber que se tienen por delante días de puro esparcimiento. Pero esas caras de ilusión ahora no se ven, sino que se intuyen tras las mascarillas.

Por megafonía no dicen “bienvenidos a Tenerife, disfruten de su estancia”, sino que repiten una y otra vez las directrices sobre cómo mantener la distancia de seguridad. Y en las máquinas expendedoras, los refrescos coloridos de las dos filas de arriba han dejado su espacio a botes de gel hidroalcohólico de un blanco aséptico. 

La covid-19 lo impregna todo, y no solo por su vertiente contagiosa. Está casi en cada rincón al que miremos, en forma de cartel, de pegatina señalizadora en el suelo, termómetro con puntero láser, de noticias de portada de los periódicos, está en la radio y la televisión a todas horas. También está en nuestras vacaciones. 

Las Islas Canarias reaccionaron a tiempo, y es una de las Comunidades de España donde el virus se ha cebado menos. Pero cuando el taxi me lleva hacia el paseo marítimo por las calles de Adeje, me fijo en algunos hoteles de majestuosas fachadas cerrados a cal y canto, con las cristaleras de sus portalones cubiertas de plástico opaco, como si al edificio le diera vergüenza mostrar su interior vacío. 

Todo (aparentemente) normal

Llegamos al paseo marítimo de Adeje. Aquí la actividad es casi tan frenética como cualquier julio. Los extranjeros se apiñan en las terrazas, en las tiendas de souvenirs, en las tiendas de casi cualquier cosa que riegan la avenida. Pero al llegar a la altura de del Iberostar Selection Anthelia, casi en un extremo de la playa, donde una enorme peñasco se abalanza sobre el mar, parece como si el ritmo de la vida se atenuara, y una sensación de relax lo invade todo. 

El Anthelia es un hotel de cinco estrellas, y a veces cuesta imaginarse cómo se pueden distribuir esas estrellas en semejante inmensidad. Porque, con sus 30.000 metros cuadrados, es más bien una pequeña ciudad con cuatro piscinas, otros tantos restaurantes, spa, gimnasio y edificios de diferentes arquitecturas. Incluso contiene un hotel dentro del hotel, el Grand Salomé, que añade un plus de lujo y al que solo pueden acceder adultos. “Somos un resort con todas las letras, más cercano al concepto de los grandes resorts del Caribe”, me explica su director, David Gómez. Es un tipo joven y extremadamente amable. Y no es de los que se quedan a contemplarlo todo desde la atalaya de su despacho. Es fácil encontrárselo aquí y allá hablando con los huéspedes, como uno más. 

Esa es la actitud de todo el personal del hotel: camareros, mayordomos, recepcionistas… Todos están ahí para atenderte en lo que necesites, sin ser agobiantes en ningún momento, y con una sonrisa sincera… tras las mascarillas. Porque la covid-19, cómo no, también ha cambiado el día a día de este hotel. “Hemos diseñado más de 300 nuevos protocolos. Todos nuestros trabajadores han seguido concienzudos cursos para adaptarse a esta crisis”, explica Gómez. Este hotel parece estar capeándola bastante bien. Por ley, solo pueden alcanzar el 70% de ocupación, y no están muy lejos de esa cifra. 

¿Y el bufé?

Hay pegatinas en el suelo que marcan al huésped el camino a seguir para evitar aglomeraciones. Hay botes de gel hidroalcohólico que se activan sin tocarlos, solo con acercar la mano, casi en cada rincón. Las habitaciones se desinfectan en cada cambio de huéspedes, y para ello se han espaciado más las horas de entrada y de salida. Ahora ya no hay cortesías como poder elegir entre varias almohadas, o disponer de minibar. Aunque si quieres un refresco o una copa de vino a llegar, o en cualquier momento, puede hacerlo a través de la app del hotel. El bufé del desayuno no ha desaparecido. Ahí siguen los panes, la fruta, los embutidos, los huevos revueltos, fritos o escalfados… Pero ahora, el huésped tiene que pedírselos a un camarero. Los tres restaurantes del hotel, incluido el Poseidón (si van, pidan su tartar de bogavante) tienen ahora menos mesas y dos turnos de servicio. 

Los nuevos protocolos buscan minimizar los contactos y, sobre todo, que quienes vayan allí a descansar, a aislarse de todo, se olviden por un momento de que estamos en medio de una pandemia. 

Y hay que decir que, de alguna manera, lo consiguen sin grandes virguerías: David Gómez y su equipo han aplicado un sinfín de cambios sutiles que se notan, pero no se sienten. El director nos revela cuál era su objetivo: “Que todo cambie… para que todo siga igual”.