La precisa velocidad para dar la vuelta el mundo

En cada estación se producía una leve transformación del mundo. Cambiaban las comidas, los idiomas, los paisajes y los vecinos. 

Mariano López
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Foto: fcdb / ISTOCK

Quién no ha soñado alguna vez con dar la vuelta al mundo? Algunos pensamos que debería ser un viaje obligatorio, algo así como la última asignatura del plan general de estudios. No es una utopía. En Suecia, el Estado provee a los estudiantes de una dotación económica para viajar durante seis meses lejos del país como parte –indispensable– de su formación. Al menos eso es lo que me contaron mis vecinos suecos de compartimento los seis días en los que tuve la sensación de estar viajando a la velocidad adecuada para dar la vuelta al mundo: en el ferrocarril Transmongoliano, ocho mil kilómetros en tren desde Moscú hasta Pekín. 

Cada viaje exige un tiempo mínimo para la estancia y una velocidad precisa para el recorrido. Es un asunto muy, muy importante, sobre el que opinan numerosos estudios que en su mayoría defienden las ventajas de la lentitud y del sosiego a la hora de comer, viajar y practicar otras actividades fundamentales para la vida. Dar la vuelta al mundo también requiere una cierta calma, la necesaria para apreciar cómo cambian las geografías y las gentes en el camino de tu casa hasta las antípodas y viceversa, por el otro lado de la Tierra. Es una grandísima experiencia alejada del súbito salto que supone recorrer diez mil kilómetros en nueve horas, en un asiento de pasillo con vistas a una pantalla de televisión. Para dar la vuelta al mundo hay que olvidarse, en lo posible, de los largos viajes en avión. Mejor un tren. Como el Transmongoliano. 


En cada estación se producía una leve transformación del mundo. Cambiaban las comidas, los idiomas, los paisajes y los vecinos. 


En cada estación, recuerdo, se producía una leve transformación del mundo. Descendían viajeros del Oeste y subían del Este. Cambiaban las comidas, los idiomas, los paisajes y los vecinos, con quienes compartíamos el samovar. ¿Hubiéramos visto transformarse lentamente el mundo si hubiéramos tomado un avión desde España hasta China? Me temo que no. Este año se cumple el 500 aniversario del viaje de Magallanes y Elcano. Es un bello aniversario. Un motivo para soñar con dar la vuelta al mundo. A ser posible, a la velocidad del viejo Transmongoliano.