Portimão por Luis Pancorbo

Un barco trajo a Portimão los restos del presidente luso Teixeira, cuya vida fue cortés, viajera, sensual, rica y debatida.

Luis Pancorbo

Portimão es como una cataplana, una de esas cacerolas de cobre del Algarve que se cierran durante la cocción como si fuesen grandes bivalvos. Cuando abrimos los ganchos de la cataplana, sale el vaho de una caldereta siempre distinta: hoy por ejemplo es de tamboril (rape) con almejas, patatas, tomate y otras hierbas. La imaginación es libre en la cataplana, y en una ciudad como Portimão, donde el gran río Arade va a desmayarse en un litoral guardado por la fortaleza de Santa Caterina, de tiempos filipinos (1640), y ribeteado por una playa rubia, la de Rocha, donde los bañistas no han logrado ahuyentar a las caballas. No hay más drama que esperar que los cielos se pongan púrpura por las tardes, y que los higos de ese mismo color se hinchen en las ramas.

El centro de Portimão sufrió mucho -y más Lisboa- por el tsunami de 1755, pero conserva una seña de identidad como el Colegio de Jesuitas, un edificio manierista en forma de gigantesco triángulo. Un símbolo, de un gran arquitecto, que recuerda quién mandaba en lo que empezó siendo "una aldea pintoresca, en forma de pirámide, que se llama Ferragudo", como escribió Manuel Teixeira Gomes, un escritor memorable que fue Presidente de la República de Portugal desde 1923 a 1925.

Su casa natal está cerca del palacete Sárrea Garfias (hoy teatro municipal) y al lado del Largo 1º de Dezembro, un parque cuyos bancos tienen unos azulejos que cuentan historias, como la batalla de Aljubarrota, y donde cualquier mañana es un lunes al sol para algún parado. A unos pasos de allí, en la calle Giudice Biker, se encuentra la casa de planta baja, modesta y sólida, donde nació en 1860 Manuel Teixeira Gomes, un hombre a quien los portugueses vuelven a prestar atención. En su honor han organizado una exposición titulada Posta restante (Lista de correos), con sus cartas y recuerdos viajeros, manuscritos y fotos del periodo turbulento que le tocó vivir. A los 150 años de su nacimiento se reconocen los méritos literarios y políticos de Teixeira, el que dimitió diciendo: "Estou farto disto" ("Estoy harto de esto").

Portugal estaba abrasado por la corrupción (el escándalo del Banco de Angola y Metrópole), desgarrado por las camarillas políticas y amodorrado por los viejos fantasmas de la intolerancia. Teixeira era hijo de un exportador de higos y almendras, amaba la música clásica, había sido embajador en Londres y en Madrid y vicepresidente de la Sociedad de Naciones. Aceptó ser presidente de Portugal, pero no que le tiraran todo el tiempo de la levita aquellos políticos que le parecían "intolerables"...

Por eso un día subió a un barco llamado Zeus y, como contó en Miscelánea (1937), "sin un libro, sin un papel, abrí una página perfectamente en blanco...". Su destino fue Orán, "iniciando ahí, pese a la vejez, esta gran primavera de libertad y felicidad que todavía dura hoy", como decía en su carta a António Patrício en 1926. Luego Teixeira se fue a vivir a Bugía (Bejaia), un puerto argelino de un blanco que duele los ojos al mirarlo, frente a un mar de color índigo, su nueva patria. En 1941 murió en la habitación nº 13 del Hotel de l''Étoile y los propietarios del mismo le tuvieron que enterrar en su panteón familiar. Al fin, en 1950 un barco de guerra lusitano trajo los restos de Teixeira a Portimão, donde yacen en una sencilla tumba.

Concluyó así el gran viaje de Manuel Teixeira Gomes, aunque no sus páginas, tan vibrantes como las que dedicó a la isla de Madeira en Cartas sem moral nemhuna (1903), o a la capital británica en su libro póstumo, Londres maravilhosa (1942). Amaba el mundo clásico desde su viaje por Italia en 1926. Y lo carnal tamizado de ironía, como describe en sus Novelas eróticas (1935). Una vida cortés, viajera, sensual, rica y debatida. Y, por fortuna, un exilio ibérico reparado, si es que ese daño se puede reparar.