Pongamos que yo, también, hablo de Madrid por Carlos Carnicero

Carlos Carnicero

Sólo existe una forma de amar y gozar Madrid: vivir lejos de ella. Muchos domingos simulo que soy forastero en la ciudad y camino desde la Cibeles a Callao, por el capricho de deambular por la Gran Vía, representando que soy un turista despistado en la algarabía de esta vereda, que hoy recupera su pulso después de haber estado sepultada por la moda efímera de la huida a las urbanizaciones de adosados. La década de los 80 constituyeron los años de la gran diáspora, en los que todo miembro de la clase media salía a buscar un casa adosada en una diminuta parcela, con la ensoñación de que los niños se desarrollarían mejor lejos del asfalto y del ruido; apenas les dio tiempo a crecer a los muchachos cuando la sierra ya era un fenómeno invisible, sepultada por toneladas de asfalto, en una ciudad que crecía hacia arriba y hacia lo ancho, en completo desorden, porque nunca ha tenido alcaldes que la quieran.

Madrid hay que observarla con los ojos de un forastero que no tiene vínculos estrictos y permanentes en la vorágine de la capital. Entonces, cuando se es peregrino en la ciudad, se descubren los secretos del triángulo de oro de la mejor pinacoteca del mundo, diseminada entre El Prado, el Reina Sofía y la magnífica colección del Museo Thyssen-Bornemisza. Muchos madrileños desconocen que el mejor espectáculo del mundo está, gratis, al alcance de su mano y que codearse con Goya, con Murillo y con Velázquez es sólo una cuestión de gastarse una punzada del bonobús en el autobús de la línea 27 y bajarse en El Prado para introducirse entre los lienzos más hermosos.

A los madrileños se les ha olvidado que existe la Plaza Mayor y el laberinto del Madrid de los Austrias; allí, en la Cava Baja, desplazándose hacia La Latina, se ubican las mejores tascas y los restaurantes ilustrados de siempre. Pocos madrileños se acercan a tomar el aperitivo en los aledaños de Ópera, porque la calle Arenal, que debiera ser peatonal, se encuentra totalmente ocupada por los aguerridos conductores, que son la especie abominable que se ha apropiado de la capital.

Los teatros de Madrid sólo reciben a los visitantes de provincias, que es la forma despectiva en la que los vecinos de la capital hablan de los orígenes de los forasteros, en una ciudad de la que nadie es oriundo. Pasa lo mismo con el público de las sesiones golfas de los cines de arte y ensayo. Los iniciados, avanzada la madrugada y devorados por el hambre de una película japonesa con subtítulos, se dirigen a derrotar mejillones de roca en Caripén, que es el bistró emblemático de un francés, Daniel, que vino a Benidorm, hace casi treinta años, y el destino le atrapó definitivamente para disponer las cenas de madrugada frente al edificio del Senado, cuando sus señorías duermen y los noctámbulos se desperezan.

Madrid es un universo muy propicio para los desocupados, los estudiantes, los hijos de papá y los becados de algún país extranjero, que no entienden, hasta que se suman, cómo se puede empezar la noche a las tres de la madrugada y detener el amanecer con un chocolate con churros en San Ginés, que es un monumento del pleistoceno madrileño, de los tiempos en que la droga no se había apoderado de los barrios colindantes a la Gran Vía, donde el sexo de pago no estaba manejado por tunantes, chulos y proxenetas rumanos porque entonces el Muro de Berlín impedía la exportación al por mayor de delincuentes organizados.

En aquellos años dorados, cuando la ciudad de Madrid no se había sobredimensionado por la especulación inmobiliaria, Shari Mendoza y Gonzalo Reig mandaban absolutamente en la noche desde su puesto de mando de Tolderías, asomado al precipicio del Viaducto, cuando los suicidas no sufrían ningún tipo de impedimentos en forma de planchas de poliéster para evitar la estética de la tragedia. Tolderías era un refugio obligado, cuando los rojos eran una especie respetable y respetada por todos, menos por la policía política del franquismo, que ahora parece que nunca existió.

Ahora Madrid hay que caminarla mascullando en inglés, calzado con deportivas y con mirada distante de quien no la padece de continuo; entonces, desde esos parámetros del fingimiento, Madrid se expande como un globo de fiesta y te llena los pulmones como un gran orbe que los madrileños no dejan exultar.

Madrid se recupera a lomos de los audaces que no se someten a los dictados de una ciudad que los alcaldes, de todos los partidos, quieren reconducir sólo a museo del automóvil por el simple procedimiento de atascar, a cualquier hora del día, todos los vehículos, independientemente del lugar que ocupen en la metrópoli. Desde esos parámetros de recuperación y supervivencia, los gays han regenerado el barrio de Chueca con suma inteligencia y lucidez; han hecho salir a hurtadillas a los toxicómanos, han abierto tascas, bares, restaurantes y tugurios de diseño en un punto de partida para las personas que han podido comenzar a demostrar su respetable elección lejos ya de los prejuicios ancestrales.

Madrid debiera tener un pase de pernocta sin retorno para todos los que la engullen con sus automóviles cada día, embruteciendo la ciudad, que es bella cuando no se habita y se disfruta en la distancia de un desplazamiento transitorio. La mirada de Madrid, para que sea comprensiva, tiene que estar enfocada desde la periferia, porque al final, aunque en Madrid no haya madrileños, hay algo en la ciudad que contamina demasiado cuando se padece cada día.

La ciudad de Madrid es una verdadera obra de arte, un monumento y un laboratorio de los sentidos para dosis controladas, porque un atracón de Madrid, cada día, sólo impide ver las auténticas señas de identidad de la urbe, que están totalmente escondidas en cada uno de sus atascos cotidianos, que disparan la irritación de los afectados y provocan muchos infartos de miocardio. Madrid recupera su identidad cuando se produce el disparo de salida del puente de la Inmaculada, del de Todos Los Santos, que en realidad es sólo de los Difuntos, y cuando el primero de agosto precipita a todos a descolgarse de la meseta con el comienzo de las vacaciones estivales. Entonces, cuando se han ido los que sobran, Madrid recupera su condición de ciudad bella, emblemática, elegida, una de las más apasionantes del mundo cuando está tranquila, sin la resaca de lo cotidiano.

Si un día quisiera lograr un disparate, formularía mi candidatura para la alcaldía de Madrid, con la sola promesa de desmontarla en sus dos terceras partes, para exportar a la periferia sus empresas, sus servicios y a todos los que se les congestiona la yugular en el primer atasco de la mañana por la estulticia permanente de pensar que montados a lomos de un BMW son algo más que un proyecto de persona respetable.