Placeres prohibidos por la comodidad por Carlos Carnicero

En cualquier viaje los acompañantes son los responsables de un porcentaje muy alto de la satisfacción de la aventura.

Carlos Carnicero
 | 
Foto: Ximena Maier

No es cierto que la edad no importe. Es sustancial para casi todas las cosas de la vida; pero todavía existen mecanismos para esquivar algunas de sus secuelas. Por ejemplo, atreverse a hacer cosas que se hicieron en el pasado y que hoy están descartadas sobre todo por el entorno social y profesional.

Holloway Road, en Londres, no tiene una identidad uniforme. La London Metropolitan University le proporciona una población joven, heterogénea en sus orígenes étnicos y divertida. Su influencia se desliza por los restaurantes, pubs y cafés, de naturaleza esencialmente económica. Existen restaurantes turcos modestos y recomendables donde se puede comer un delicioso plato de cordero con yogur y un refresco por poco más de siete libras esterlinas. Los clientes son normalmente pertenecientes a las minorías que ocupan el barrio y en las que son frecuentes latinoamericanos, turcos, armenios, chipriotas y griegos. De los que conozco, Crystal, de comida turca, y Chompo, restaurante thai, son recomendables desde los parámetros de la más absoluta modestia y sencillez. Probablemente influye en los mecanismos de adaptación estar lejos del entorno natural de cada uno. Es una estupidez de nuestro comportamiento porque, a la postre, en Madrid se pueden visitar por su interés los pequeños restaurantes, bares y cafés de Lavapiés, de Legazpi y de otros muchos entornos alejados del centro.

Pero para todo esto sólo la compañía es fundamental. Ocurre que en los viajes los acompañantes son responsables de un porcentaje muy alto de la satisfacción de la aventura. Sólo se puede viajar a ciertos sitios complicados con todoterrenos, que no son otra cosa que personas dispuestas a conformarse con lo inevitable y a sacar provecho de la adversidad. Yo tengo una experiencia reciente significativa de estos asertos. Vuelta a la isla de Cuba, en plenas navidades, en un coche que no estaba en su mejor momento. La primera noche, apagón de batería a pocos kilómetros de Matanzas. Búsqueda imposible de una grúa que finalmente apareció, pero sin derecho a atendernos porque trabajaba en exclusiva para una rentadora de carros. Nos atendió por la izquierda, que es como se denomina en Cuba a toda operación de mercado negro. La batería recargada y una de repuesto logró que aguantara hasta las estribaciones de la Sierra Maestra, donde se declaró en rebeldía en un hotelito en el que eran absolutamente confortables quienes lo atendían y necesariamente mejorable todo lo demás. Fue entonces cuando las dos Natibeles que me acompañaban demostraron estar en condiciones intelectuales para llegar a Tombuctú en cualquier medio de transporte, incluido el camello. La recarga de la batería aguantó sorprendentemente hasta Santiago de Cuba; y en la puerta del hotel, en zona donde sólo podía aparcar el gerente, el coche reventó en su energía como un hipopótamo herido. No hablemos de este hotel, que volvió a demostrar que éramos sobre todo un equipo. Pero la cosa de la energía ya no daba más de sí y con la ayuda de un taxista avispado localizamos a un electricista de coche que podía encontrar un alternador, que sin tener nada que ver con nuestro vehículo, por lo menos cupiera en un lugar reservado para estos artefactos. Y se produjo el milagro de la energía. Luego de haber pasado por una carretera que sencillamente no existe, desde Manzanillo a Santiago de Cuba por la costa, era la mejor noticia que nos podían dar. Y aquello funcionó hasta nuestro regreso a La Habana cuando faltaban 1.500 kilómetros de recorrido por carreteras cubanas, paisajes maravillosos y momentos memorables en donde la esencia del viaje estaba en la fusión con el paisaje, sus gentes y nuestra propia naturaleza que nos convocaba a no estropear el viaje bajo ningún concepto.

Cada vez estoy más convencido de que viajar bajito, con pequeño presupuesto, conociendo los países acercándose a la forma de vida de sus clases más populares es un enfoque más interesante que el flotar en las grandes comodidades. Hace falta estar dispuesto a no mirar directamente a la cocina, tener unas chancletas preparadas para introducirse en algunas duchas y, sobre todo, una sonrisa ante cualquier contrariedad. Y, en todo caso, la circunstancia de la crisis económica que atravesamos puede convertir en virtud la necesidad de bajar el presupuesto sin renunciar a la aventura. Eso sí, reconforta mucho reencontrarse con el baño de uno cuando vuelves a casa.